Lapsos, de Inés Estrada

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Inés Estrada es una dibujante mexicana de línea underground, que ha colaborado con la revista Vice o la editorial Kus!, pero que en España apenas conocemos aún. La única obra que puede encontrarse de esta autora es Traducciones (Ediciones Valientes, 2014), un cómic de cuarenta y ocho páginas en el que practicaba un tono y un tipo de historia que ahora, en Lapsos —de nuevo publicado por Ediciones Valientes—, lleva varios pasos más allá.

Lapsos se centra en dos personajes: Roque, un joven separado que vive con su madre, y Mayra, una chica a la que la madre de Roque alquila una habitación. Pasan sus días en trabajos anodinos, beben y salen a ver a los colegas y a escuchar algún concierto. El tono costumbrista, heredero de cómic alternativo norteamericano —imposible no acordarse de Peter Bagge o Julie Doucet leyendo sus páginas— combina perfectamente con el trazo de Estrada, una dibujante excelente que aquí muestra una mejora con respecto a Traducciones, quizá porque se toma más tiempo, estudia más la página y es más minuciosa en detalles sin perder frescura. Logra buenos resultados con algo siempre complicado: la modulación del nivel de detalle y el grado de caricatura en una misma obra, incluso en una misma página, de modo que puede dibujar a los dos protagonistas con proporciones inexactas, feos, y en otra página ejecutar un estilizado y estético retrato de la madre de Roque. Por no hablar de las abstracciones y onirismos que el argumento del cómic le permite dibujar.

Porque, si en Traducciones encontrábamos una secuencia onírica, en Lapsos Estrada presenta desde el principio elementos no realista: hay algo sucediendo en el interior del cuerpo de Mayra, algo que está relacionado de un modo que ni los protagonistas ni los lectores llegamos a entender completamente con el atropello de un gato de dos cabezas por parte de Roque. En un determinado momento de la trama, Roque y Mayra intercambian sus cuerpos con una criatura polimorfa de otro mundo, en el que irán viajando de una dimensión a otra, guiados por los seres que se van encontrando, con ciertos aires lisérgicos, pero con el suficiente humor para pinchar el globo del autoconocimiento niujero que en ocasiones acompaña a estas historias de viajes interiores.

Pero es gracias a ese viaje como Inés Estrada le da un giro de vuelta a su relato, y se acerca a los primitivos cósmicos estadounidenses, Jesse Jacobs, por ejemplo, con manifestaciones abstractas y geométricas de otros mundos y de fenómenos desconocidos, como posibles portales dimensionales, e incluso añade algún detalle de imaginería underground: su línea nunca es pulcra, sino que se agarra a una irregularidad orgánica. El color, limitado a azul y magenta y empleado solamente en algunas páginas clave, tiene siempre una función emocional y enfática, y añade misterio o evocación allí donde es preciso. Hay ideas brillantes, imágenes y conceptos surrealistas fantásticos: por ejemplo, la criatura zorra que encuentran Roque y Mayra en su viaje, y que arrebata al primero el puñal que lleva tatuado en el brazo (pp. 66 y 67).

Sin embargo, Estrada siempre mantiene uno de los pies del relato en la sucia realidad. Primero, porque el extraño ser que viaja a nuestro mundo tiene su propia trama, llena de momentos geniales motivados porque cree que los seres humanos son dioses. Pero también porque los personajes están hablando todo el tiempo con un lenguaje coloquial y vulgar extraordinariamente vivo y callejero, lo cual le da un punto muy interesante a este cómic. Frente a la tendencia a escribir relatos de género que parecen traducciones del inglés, a deslocalizar lo que sucede para no parecer demasiado provinciano, Inés Estrada abraza lo local y la riqueza de la lengua oral. Tanto, que a veces he tenido que recurrir a la traducción al inglés que se incluye en la obra para entender qué estaban diciendo los personajes. Sus historias son puro México, aunque nos lleven a universos desconocidos. Y esa mezcla maravillosa de lo vivamente real y lo imaginado, que está en la base del realismo mágico que alumbró Latinoamérica, es un componente esencial del trabajo no sólo de Estrada, sino de muchos otros jóvenes creadores que están renovando el panorama historietísticos de sus respectivos países. Lapsos no es todavía una obra madura; le cuesta, a veces, salir o dar alguna clase de giro a tópicos argumentales y gráficos, pero sí es una obra que demuestra una voluntad de llegar a esa renovación, de escapar de caminos trillados y de la obra con mensaje que tantas veces se ha hecho en la ciencia ficción y la fantasía. Si los personajes de Lapsos aprenden algo, desde luego no tiene que ver con cuestiones éticas o morales, sino más bien con sus propias personas.


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