El arte. Conversaciones imaginarias con mi madre, de Juanjo Sáez

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Cuando construimos la genealogía de la novela gráfica en España, solemos remontarnos al año 2007, en el que se publicaron Arrugas (Astiberri, 2007) de Paco Roca y María y yo (Astiberri, 2007) de Miguel Gallardo, pero a menudo olvidamos —yo el primero— que sólo un año antes Random House había publicado El arte. Conversaciones imaginarias con mi madre. No fue el primer libro de Juanjo Sáez que publicaba la editorial, pero sí el que más éxito obtuvo, y eso que Viviendo del cuento (2004) ya vendió bastante bien. Diez años después de su publicación original, El arte se reedita con algún material extra y en el seno de Astiberri, nueva «casa» de Sáez.

Ese cambio, de un enorme conglomerado editorial a una editorial media en crecimiento, es bastante significativo, y dice mucho tanto del camino que quiere seguir Sáez como de la posición de Astiberri y Random House en el mercado del cómic. Pero no es mi intención analizar esa jugada —porque, además, me faltan datos para ello—, sino hablar de lo que supone leer El arte una década después. En realidad, no recuerdo cuándo lo leí, pero estoy bastante seguro de que fue unos años después de 2006; no muchos. Entonces, me pareció algo extraño, un cómic que no era exactamente un cómic, algo de difícil clasificación dentro de lo que entonces se estaba publicando, y que se encontró, supongo que lógicamente, con la resistencia y el rechazo de muchos aficionados. No es que fuera el primero en dibujar un cómic sin dibujar bien; ahí estaban, desde los años noventa, muchos de los autores de la Nouvelle BD. Pero en todos ellos —salvo el primer Trondheim, quizá— se adivinaba detrás de su estilo suelto y deliberadamente imperfecto un adiestramiento, una pericia con el dibujo a la que renunciaban como parte de su estrategia artística. En el caso de Sáez, a pesar de que existe ese entrenamiento académico, ha conseguido eliminarlo o, por lo menos, ocultarlo con total eficacia. Es su propia estrategia, que incluye, como acertadamente destaca Pepo Pérez en su prólogo para este libro, los tachones, las huellas del proceso.

No sé si hoy el trabajo de Sáez ha obtenido ya la aceptación de los aficionados al cómic. Es verdad que hoy parece tener más compañeros de viaje; hemos tenido el Pulir (Fulgencio Pimentel, 2013) de Nacho García, o Spain for the Foreigners (Morsa, 2009) de Javier Cejas. En su momento estaba más solo, y sus libros eran objetos extraños tanto en las librerías generales como en las especializadas en cómic. No voy a utilizar el tópico de que «se adelantó a su tiempo» porque no creo en él y porque, además, el hecho de que obtuviera tanto éxito comercial demostró que, en todo caso, su figura llegó cuando tenía que llegar. En cualquier caso, si algo ha cambiado desde 2006, es que el debate sobre la legitimidad de su trabajo está totalmente superado, más allá de opiniones reaccionarias, cada vez más aisladas.

Pero ¿qué hay del contenido en sí de El arte? Diría que se mantiene totalmente vigente, y las ideas que Sáez expone siguen siendo igual de válidas y sugerentes. Como es sabido, el libro se articula en una doble dimensión. Por un lado, es un regalo para su madre, una obra de amor en la que Sáez imagina conversaciones con ella y recupera recuerdos familiares, con gotas de autobiografía. Por otro, es un ensayo —aunque sea sui generis— en el que el autor expone sus ideas sobre el arte contemporáneo, su sentido y su relación con el público.

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Sus ideas no son novedosas —tampoco lo pretenden—, pero la manera en la que están expuestas es tan fresca que las recibimos como si fueran nuevas. Alejado de cualquier academicismo, utiliza un lenguaje totalmente directo, sencillo pero vivo, sin tratar con condescendencia al lector —pues, al final, dentro de la lógica de la obra, está hablando con su madre en primer lugar—. La caligrafía manual, tan naif como el dibujo, es perfecta para transmitir la misma cercanía de éste.

El arte explica así el último siglo del arte occidental, dominado por la caída de los cánones y la revolución de las vanguardias: una vez que existe la fotografía, ¿tiene sentido limitar la pintura o la escultura a la reproducción de una realidad que puede ser capturada mediante un proceso que dura menos de un segundo? Es a partir de ese momento cuando diversos artistas comienzan a intentar pintar lo que no es obvio, aquello que no perciben los sentidos, aquello que nadie había mostrado antes. «El arte es mucho más que un sistema de representación de nuestro entorno, el arte es tan infinito y mútiple como personas hay en este mundo», escribe Sáez (p. 57). Para llevar a cabo ese cambio, hace falta un lenguaje nuevo, pero también romper con la academia, que no podía validar según que atrevimientos. El arte deja así de ser algo estrictamente relacionado con la técnica y pasa a estar vinculado, más bien, con la intención. Los capítulos dedicados a Tàpies y Duchamp profundizan en esa idea: hasta la basura puede ser arte.

Pero hay, por supuesto, mucho más en este libro. Hay una reflexión sorprendentemente lúcida y sencilla sobre la naturaleza profunda del arte, que es algo íntimo, que surge de nuestra propia condición de seres humanos, y que tiene más que ver con ella que con la técnica: «… la técnica, es necesaria, pero por sí sola no vale un PIMIENTO, cualquier obra que se haya creado sin creatividad, sensibilidad  ni intuición NO ES NADA. Es un ejercicio de VIRTUOSISMO VACÍO» (p. 109). En el momento en el que aceptamos que el arte no tiene una relación sine qua non con la técnica, y que todo el mundo puede hacerlo, las barreras que se hayan podido levantar entre el arte y la gente caen por su propio peso. Y ésta es una de las tesis principales de El arte: las personas sin formación, como la madre de Sáez, no están menos dotadas para disfrutar el arte. La abstracción o la experimentación no es per se más exclusiva o elitista que el figurativismo. La madre de Sáez insiste en que ella «no entiende», pero sí sabe cuando algo le gusta o no le gusta. Sáez postula que no hay nada que entender, en realidad. Sin despreciar el estudio del arte en ningún momento, defiende la experiencia estética, y vincula el arte con lo religioso y lo místico. No anda muy lejos de las tesis de Walter Benjamin y su idea de aura.

El arte es, pues, algo estudiable, desde luego, pero es ante todo, para Sáez, una experiencia inefable, algo que provoca a la persona una sensación sublime, que está por encima: «… lo que siento cuando veo una obra de CHILLIDA o un móvil de CALDER es superior a todos los conocimientos que pueda tener. Y eso no me lo puede discutir nadie» (p. 84).  El arte sería entonces algo personal, una relación sin intermediario entre la obra —y el artista— y el espectador. Por verlo como algo personal es por lo que Sáez puede entrelazar lo íntimo con lo público: sus reflexiones sobre el arte son también reflexiones sobre su vida, su carrera y su familia. De repente, encontramos desarmantes conversaciones entre su madre y él, o una mirada tierna a su abuela enferma. Si el arte es algo vital, entonces la vida es arte y lo explica: Sáez no puede hablar de qué es el arte para él ni explicárselo a su madre sin aludir a su experiencia.

Pero hay otra cuestión más, otro nivel en el que funciona este cómic y que también tiene que ver con lo personal. Hablo de la forma en que Sáez, al explicar el cambio de paradigma y el fin de los cánones, en realidad está explicando su propio trabajo. Pepo Pérez también alude a ello en el prólogo: «Aunque completó estudios artísticos y sabe dibujar bastante mejor de lo que a veces se piensa […] optó por el camino inverso, el de deconstruir deliberadamente su dibujo y hacerlo mal adrede» (p. 18). Cuando Sáez habla del arte naif y de artistas como Henri Rosseau explica que, aunque uno lo pretenda, no se puede dibujar como un niño, y que los artistas naif no los imitan, sino que dibujan como lo hacen porque no pueden dibujar mejor. De hecho, hoy en día es imposible esa pureza —yo me pregunto si alguna vez lo fue—. Cuando hablamos de gente que han cursado estudios, que sanbe dibujar bien, como el propio Sáez, ¿por qué escogen dibujar de un modo que podemos identificar con lo infantil? Pensemos en Anabel Colazo, Arnau Sanz o el antes citado Nacho García. Sáez lo explica de un modo diáfano: «… para llegar  un buen trabajo artístico, más que aprender hay que desaprender y liberar esa parte innata y salvaje del hombre» (p. 143).

Volver a esa espontaneidad, dejar de preocuparse por convenciones técnicas, perspectivas, composición y demás, permite descubrir aspectos inmediatos y sensaciones que a menudo quedan ocultas bajo la técnica. ¿Cuántos dibujantes de cómic, pulcros imitadores —a menudo incluso mejores— de Bourgeon o Jim Lee, por decir dos, transmiten sólo una muerta profesionalidad con su trabajo? Bonito, desde el luego, como dice el propio Sáez, «puede resultar asombroso» (p. 109), pero falta ese algo más que distinguirá a un buen técnico de un artista relevante. En un mundo globalizado, en el que simplemente echando un vistazo en la red podemos encontrar centenares de dibujantes con una técnica asombrosa, es más importante que nunca ofrecer algo personal, algo propio que trascienda el virtuosismo. El cómic es mucho más que eso.

También El arte es mucho más de lo que he escrito en este texto, que es, simplemente, lo que a mí me ha interesado más de esta relectura. Pero hay interesantes y certeras apreciaciones sobre el trabajo de Chillida, Warhol, Dalí o Picasso, al hilo del cual realiza una defensa hermosísima de lo feo: «Atreveos a decir que PICASSO os parece HORROROSO, pero entended que el arte algunas veces, si quiere avanzar, tiene que serlo» (p. 121).

Y, por supuesto, hay un retrato tierno de la madre, cuya imagen, junto a la del autor, aparece en una fotografía con la que cierra el libro. O lo cerraba, porque en esta edición conmemorativa se han añadido varias páginas desplegables, que insisten en la importancia de la figura de la madre, no ya la madre concreta del autor, sino la madre como concepto universal, como grito primigenio que nos queda ante el horror absoluto: el Guernica es la última de las imágenes que encontramos, con todos sus personajes llamando a su mamá.

La reedición de El arte. Conversaciones imaginarias con mi madre lo confirma como uno de los libros más importantes de la última década para el cómic español. No sólo conserva su valor y su capacidad de provocar reflexión y conmover por igual, sino que, a la luz de la carrera del propio Juanjo Sáez y las últimas tendencias del cómic contemporáneo, casi se revela como una hoja de ruta, como un vistazo al futuro inmediato al que, quizás, no prestamos toda la atención que debimos.


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