Don’t Come in Here, de Patrick Kyle

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No conocía el trabajo de Patrick Kyle hasta que hace unas semanas comencé a ver por la red —creo que el primer sitio fue el blog de Pepo Pérez— muestras de Don’t Come in Here, su libro más reciente. Lo que vi me gustó tanto que no me lo pensé demasiado y me hice con él.  Mis expectativas se han visto superadas: no esperaba un trabajo de tanto calado y con tanta riqueza visual y narrativa.

Simplemente echando un vistazo a las páginas de este libro editado por Koyama Press puede verse que el estilo de Kyle es plenamente vanguardista, y también muy personal. Puede ser geométrico y casi inhumano en la representación de los objetos con tiralíneas, o puede manchar la página con formas irregulares. Se trata de un trabajo que asume que el dibujo puede ser más que la representación de la realidad física, y que, de hecho al asumir eso se descubre toda una gama de posibilidades gráficas. No nay necesidad de respetar cánones ni rácord, y la tinta puede fluir sobre el papel porque no tienen que rendir cuentas a ninguna física.

El argumento parece de raíz kafkiana: un personaje sin nombre, un apocado trabajador temeroso de todo, ocupa un apartamento enorme, de dimensiones desconocidas, que no parece responder a las leyes físicas de nuestro mundo, cosa que sorprende al protagonista en algunos momentos —es decir, que quizá no sea común en el universo en el que sucede la obra, pero no llegamos a saberlo nunca porque no salimos del apartamento—, por ejemplo en una secuencia magnífica, en la que intenta ir a la puerta para abrir a alguien que está llamando, de forma que en cada viñeta el personaje adopta una forma, pero no consigue moverse del sitio en el que está. Esta secuencia no es la única con un aire tan pesadillesco: ya he dicho que veo mucho Kafka en este trabajo. El personajillo, de carácter débil, está en el apartamento únicamente para trabajar, no sabemos en qué. Lo hace empleando un ordenador inteligente, lo cual sugiere algún tipo de futuro —no necesariamente lejano, desde luego—, pero todo es demasiado alienígena como para poder aventurar algo así. No, da lo mismo si éste es o no nuestro mundo, porque es, en cualquier, un mundo gráfico, de líneas y manchas, y la lógica del dibujo es la que manda.

Al personaje le van sucediendo cosas en el apartamento, que le impiden realizar su trabajo con normalidad: primero al ordenador le falta por instalar una pieza, después descubre un agujero en la pared —una vía de entrada o de salida a un mundo vegetal exuberante—, después un bicho deforme trepa por la cañería de su fregadero, lo que hace que se niegue a entrar en la cocina. Cada incidente desata consecuencias gráficas, porque todo se muestra de modo simbólico y, a veces, incluso abstracto. Por ejemplo, cuando descubra que todo está lleno de polvo y se empeñe en despejarlo, se desatará una tormenta de tinta. Cuando la estancia está a oscuras, Kyle dibuja con líneas blancas sobre fondo negro. Si se queda mirando un cuadro abstracto, sus formas cobrarán vida. Un personajillo le avisa desde el agujero de la pared de que no vaya al otro lado —el Don’t Come in Here del título, por supuesto— y el inquilino pasa la mano por el tabique esparciendo como si fuera tinta a personajillo y agujero por igual.

La sensación de extrañamiento nunca desaparece, porque Kyle no tiene un tono gráfico medio al que vuelva para tanto el personaje como nosotros nos sintamos seguros. No para quieto: cuando menos nos lo esperamos, nos vemos inmersos en un sueño sobre Los Simpsons en el que Mr. Burns es un hombre bondadoso odiado por ua familia de parásitos sociales. El ordenador es uno de los principales elementos de inestabilidad: las formas abstractas que arroja desde su pantalla —con algún mensaje de texto ocasional— a veces parecen desbordarla y llenan la estancia. El pobre protagonista nunca es capaz de imponer su débil voluntad a las circunstancias; ni siquiera cuando el casero lo echa de su cama en mitad de la noche.

El ambiente hostil se materializa en lo gráfico y acosa a un pobre personaje que va perdiendo las pocas seguridades que tenía en su vida. No puede confiar en su apartamento, tampoco en su ordenador. Sólo le queda soñar, en el capítulo final, con lo que podría haber sido, con lo que tenía en mente cuando se mudó a ese apartamento, que no deja de ser el sueño de una vida perfectamente gris, lo cual, por supuesto, redondea la oscuridad y el pesimismo del relato.

Comentaba Pablo Ríos en su cuenta de Twitter que «hay una tendencia a la tristeza en los tebeos de los nuevos autores», y lo vinculaba con los tiempos que vivimos. Y me dejó pensando varios días, buscando ejemplos, reflexionando sobre los motivos. Y creo que tiene bastante razón. Abundan, incluso en los cómics que no son eminentes narrativos, una oscuridad, un pesimismo, que no puede leerse sino como fruto del carácter de esta época chunga que nos ha tocado. Los universos de muchos de estos autores de vanguardia, si bien no reproducen exactamente el real, reflejan y aumentan sus peores cualidades, y muestran un mundo deprimente, lleno de soledad y alienación, sin esperanza, más allá del refugio en la ficción escapista, las drogas o el propio mundo interior. Creo que este Don’t Come in Here tiene todos esos elementos. Que la experimentación y la ruptura gráfica estén en primer plano no significa, como muchos críticos contra la vanguardia aseguran, que la obra esté vacía de mensajes; sólo que están codificados de una forma no textual, menos obvia e inequívoca, por tanto, y que exige del lector —y del crítico— una lectura diferente.


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