Stuck Rubber Baby, de Howard Cruse

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Cuando uno empieza a leer Stuck Rubber Baby de Howard Cruse encuentra muchos de los rasgos que asociamos al cómic autobiográfico más convencional. Hay un narrador en primera persona que nos habla desde lo que interpretamos como nuestro presente,  y que recuerda hechos importantes de su juventud. En ocasiones elude detalles o conversaciones porque afirma no acordarse bien, lo que añade veracidad a su historia, pues parece una decisión honrada no inventarse lo que no se recuerda. Hay diferentes puntos de vista sobre un mismo acontecimiento, y cosas que nunca llegamos a saber porque el narrador y protagonista nunca llegó a enterarse. Sin embargo, todo esto se derrumba cuando descubrimos que Stuck Rubber Baby en realidad no es una obra autobiográfica, y que las diferencias entre Cruse y Toland, el protagonista, van más allá del cambio de nombre; recurso que, por otro lado, es habitual en los cómics autobiográficos. Tampoco existe la ciudad donde se desarrollan los hechos, ni ninguno de los personajes que aparecen. Formalmente todo nos indica que estamos ante una historia real, pero sin embargo, estamos ante una ficción.

O no del todo, claro. El propio autor confiesa en su epílogo que no es una historia autobiográfica, pero admite que sí ha incluido varias anécdotas de su propia vida, y otras que le han contado. También señala Cruse que «como toda obra personal, es una mezcla». Recuerda en parte a La vida es buena si no te rindes de Seth, que estaba serializándose al mismo tiempo que Stuck Rubber Baby, y en la que el autor canadiense contaba una búsqueda absolutamente ficticia de un antiguo e inexistente dibujante de The New Yorker… Una búsqueda que, sin embargo, Seth entrelazaba con recuerdos y opiniones reales.

Pero hay una diferencia sustancial entre ambas obras. Mientras que Seth miraba hacia dentro de sí en un ejercicio de introspección íntima, Howard Cruse también realiza ese ejercicio al narrar a través de Toland el descubrimiento y asimilación de su orientación sexual, pero lo imbrica en una mirada social y política que intenta explicar un periodo oscuro de la historia reciente de Estados Unidos. En sus páginas se cruzan de un modo muy inteligente y bien hilvanado el racismo del Sur, donde la segregación aún era una realidad, y la discriminación de la población homosexual.

La temática histórica y social lo acerca a Maus, el gran referente de la época de Stuck Rubber Baby: el propio Cruse manifiesta en el prólogo que le gustaría dirigirse al mismo público que lee la obra de Art Spiegelman. Pero sus referentes también hay que buscarlos en el comix underground, donde encontramos a los primeros autores que trataron la temática gay y los derechos civiles. La cuestión racial, protagonista central en el cómic de Cruse, estuvo muy presente en toda la rama reivindicativa y seria del underground, movimiento del que Cruse llegó a formar parte. Y la influencia de Robert Crumb puede rastrearse en las abigarradas viñetas de Cruse y su entintado grueso y cerrado, que llena de tramas y texturas las figuras, aunque el dibujo carezca de la cualidad elástica y dúctil del trazo de Crumb. Es imposible no pensar también en Joe Sacco, aunque cuando se serializó Stuck Rubber Baby éste aún no había publicado sus obras periodísticas más conocidas. La labor de documentación no es para Cruse tan importante como lo habría sido si hubiera reconstruido unos hechos totalmente reales, pero, aun así, se aprecia un cuidado por los ambientes, los vehículos, el mobiliario, la ropa, etc. Que no puede responder sólo a su memoria. Con el uso que hace de canciones populares en la época refuerza esa reconstrucción y transmite un sabor de autenticidad que contribuye definitivamente a que leamos esta historia con la implicación que nos exige cualquier historia autobiográfica. Los personajes, incluso los más secundarios, tienen matices suficientes para ser verosímiles, y muchos son carismáticos y se ganan nuestra empatía de inmediato, como el amigo gay de Toland, Sammy, o Les, el hijo del predicador, o esas dos adorables y guerreras ancianas propietarias de un club nocturno, que ya luchaban por sus derechos en los cuarenta. Aunque Toland sea el centro y nuestra ventana a todo lo que sucede, en tanto que narrador subjetivo, en muchas ocasiones tenemos la sensación de estar ante un protagonismo coral, y el rico crisol que forman las historias personales que vamos conociendo resulta clave para entender la obra, y la aleja de la mirada excesivamente egocéntrica; de hecho, a Toland más de una vez le recriminan que sólo piense en él en un contexto en el que la comunidad y lo colectivo son esenciales.

A través de las páginas de Stuck Rubber Baby conocemos una época y una región en la que el Ku Klux Klan todavía actuaba, en la que un negro y un blanco debían de andarse con cuidado se viajan juntos en coche porque alguien podía lanzar una piedra u hostigarlos con su propio vehículo. La religión tiene un papel clave, tanto en la lucha por los derechos de la población negra —muchos reverendos eran conocidos activistas— como en el inmovilismo de la población blanca puritana y conservadora, que aún hace ondear la bandera sudista. Los años del presidente Kennedy en los que se ambienta la historia estuvieron dominados por el miedo al comunismo, que se usaba constantemente para desacreditar los movimientos antisegregacionistas: el razonamiento era que los negros sólo protestaban porque «agentes extranjeros» estaban infiltrados en la sociedad y los azuzaban contra los blancos. Cruse reproduce muy bien las tensiones de la época y la complejidad de una situación en la que la violencia contra gays y negros era tolerada no sólo socialmente, sino también por una policía autoritaria y filofascista.

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Howard Cruse, nacido en Alabama, conoce aquel ambiente opresivo y la resistencia subterránea que generó, aunque él directamente se involucrara menos que su alter ego Toland en la lucha por los derechos civiles. Su historia de autodescubrimiento es necesaria para equilibrar la narración y dotar de una dimensión personal a lo social, aunque, por supuesto, ambas estén estrechamente unidas: sin las vivencias del protagonista en el activismo, nunca habría sido capaz de asumir su homosexualidad y aceptarla sin miedo. En este sentido, la relación de Toland con Ginger es interesantísima: la manera en la que él intenta convencerse de que la ama de un modo hetero, la mezcla de sentimientos —porque, desde luego, hay amor entre ellos, y no es nada sorprendente—, la incomodidad de Toland cuando algún amigo gay le insinúa algo… Y, finalmente, la aceptación y primeras experiencias con chicos.

Salvo algún problema de ritmo muy puntual, que atribuyo a la publicación seriada y cierta densidad textual que puede resultar anticuada hasta que se entra en la obra, Stuck Rubber Baby ha soportado el paso del tiempo fantásticamente, como una obra única y apasionante, con una sensibilidad cercana a la novela gráfica y el cómic adulto pero publicada dentro de un sello de DC Comics, nada menos. Cuando se publicó como un libro en 1995, cumplió el objetivo de Cruse de convertirse en un cómic accesible e interesante para el público general, que estaba apenas descubriendo que el medio era válido para tratar de un modo complejo y maduro temáticas políticas y sociales. En ese sentido, más allá de su calidad y atractivo —en mi caso, tengo que decir que la segunda mitad del libro la devoré de un tirón porque estaba realmente enganchado—, tiene un indudable valor histórico añadido, y es una excelente noticia que Astiberri la haya reeditado, ya que la anterior edición, a cargo de Dolmen, era ya inencontrable. Su edición en tapa dura es excelente, y la traducción de Diego García merece también una mención positiva, porque no debió de ser nada sencilla.


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