Lamia, de Rayco Pulido

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No sé si es intencionado o no que en la cubierta de Lamia (Astiberri), la nueva obra de Rayco Pulido, aparezca un reloj de bolsillo, porque eso es una metáfora perfecta de lo que vamos a encontrar en su interior. Lamia  es un reloj preciso que da siempre la hora con pulcra exactitud. No atrasa ni adelanta jamás. Todo está donde debe en un cómic que es un impresionante edificio formal, con una de las estructuras —argumental y gráfica— más sólidas que se han visto en el cómic reciente. Pulido, que ya demostró que la estructura y la coherencia son preocupaciones centrales en su obra con títulos como Sin título (2008-2011) (De Ponent, 2011) o Nela (Astiberri, 2013), plantea, en sus propias palabras: «mi visión de una historia académica (inicio-nudo-desenlace)». En ese sentido, la historia que se cuenta en sus páginas es cánonica, y tal vez por eso Pulido ha recurrido a un género clásico: el negro.

Su historia está dividida en dieciocho actos, y se define como «farsa», lo cual ya nos indica que vamos a encontrar engaños y equívocos, y no sólo entre los personajes, sino también hacia nosotros como lectores. Como manda el género negro, en Lamia encontraremos sorpresas, giros de guión y situaciones inesperadas, aunque la propia estructura del cómic evita transitar el camino del whodunit. No hay que hacerle ni una sola concesión a la trama, pues está armada tan sólidamente que todo encaja y funciona perfectamente. Cada elemento está en su sitio, de un modo casi matemático. Los elementos clave están debida y sutilmente anticipados, justo cuando se debe, y cuando terminamos de leer todo tiene sentido, sin que eso suponga que la historia sea previsible en ningún momento. Y esto, que es la clave de un buen relato negro de asesinatos e investigaciones, no es nada sencillo de conseguir con naturalidad. Ni siquiera la presencia de cierto elemento pseudoparapsicológico chirría en el conjunto.

Semejante edificio tiene que sustentarse en un dibujo igualmente sólido. Rayco Pulido parece haber completado un viaje de búsqueda con su estilo que culmina en Lamia, una búsqueda consistente en la depuración máxima de la línea y la forma, hasta convertir a los personajes en ideas, cuyas formas tienen una dimensión psicológica. La línea adquiere una cualidad casi robótica, inhumana, que recuerda a las últimas obras de Chester Brown —otro autor que ha buscado intencionadamente la perfección del trazo y la eliminación de cualquier adorno—, aunque en el caso de Pulido su progresión lo a llevado a un estilo donde el uso de la caricatura tiene mucho más peso. Se trata, además, de una caricatura que tiene ecos de dibujantes cómicos clásicos españoles —pero sin imitar ni replicar su estilo; es sólo eso: un eco—, lo cual cuadra a la perfección con la ambientación de la obra, cuya historia sucede en 1943.

Este despliegue impresionante de Rayco Pulido, en el que nada está al azar y la perfección argumental se refleja en la formal, aleja al lector de los personajes en tanto que éstos pierden cierta cualidad humana. Son siempre vistos como criaturas de tinta, dibujos que sirven al propósito de una historia negra. La España de posguerra que recrea el autor es un mundo de líneas rectas. Un mundo casi vectorial, aunque todo sea obra de la mano meticulosa de Pulido: hasta las tramas rayadas son manuales. Este aspecto artesanal es fundamental, porque sirve de contrapeso a la frialdad de la historia. Quizá por eso quepa la sorpresa, la modulación del tono en determinados momentos, de modo que la línea gráfica puede variar de manera puntual, sobre todo con el dibujo de algún personaje. La perfección con la que Pulido tira líneas para componer perspectivas y su uso magistral del blanco y negro, que provoca contrastes radicales, son dos elementos esenciales en su gráfica, que refuerzan la sensación de mundo alienígena.

Es curioso que esto sea así, porque, en realidad, su Barcelona está perfectamente documentada. No se ha obsesionado con los detalles, según él mismo, cuenta, no hace falta que todo sea e-xac-ta-men-te como fue, pero elementos como los cuidadisimos diálogos, los edificios, la decoración de las casas, los peinados o los ropajes son reconocibles como de su época, aunque la habilidad de Pulido para traducir cada objeto real a su idioma es increíble. Poreso una de mis viñetas favoritas es simplemente una pera de ducha (p. 7). Hay algo en lo que hace que sólo puedo definir como magnético, pero el adjetivo que mejor puede definir su grafismo y su mundo es coherente. Es muy complicado convertir cada línea, cada mancha, en un elemento indispensable, en un lenguaje propio con su propia gramática. Da la sensación de que cada cosa que dibuja sólo puede dibujarse de este modo, según las reglas que se autoimpone.

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A través de esta historia de crímenes y un marido desaparecido, no obstante, Rayco Pulido también nos está retratando una época. Lo hace a través de un espejo deformado, pero, en el fondo, de algún modo está continuando lo que ya ejecutó en Nela a través del texto original de Benito Pérez Galdós: una crítica a la moral y costumbres españolas de la época, que constituyen una sociedad hipócrita y asfixiante, donde los guardianes de la moral son seres humanos repugnantes, y en la que las apariencias importan más que cualquier otra cosa. Hay innumerables momentos en los que Laia, la protagonista, sufre la presión de la moral nacionalcatólica. Pero, sobre todo, si algo crítica Lamia es el deporte nacional: el cotilleo. Meterse en la vida de los demás, fisgonear, especular, censurar a los demás mientras nosotros en casa tenemos historias sórdidas para aburrir. En gran medida, esa confusión de lo público y lo privado —que tiene que ver con cómo lo moral se mete en las alcobas de los individuos— se vehicula mediante el trabajo de Laia, que es guionista en un consultorio similar a uno famoso de la época, el de Elena Francis, en el que mujeres de todo el país escribían contando sus problemas de pareja, de modo que los hacían de dominio público. De igual modo, sus compañeras y jefes se meten en la vida de Laia, que se basa en la apariencia, en el hacer creer. Por supuesto, no puede entenderse esta reflexión sin asumirla como una denuncia de la situación de la mujer, privada de su autonomía como ciudadana y subordinada legal y socialmente a su pareja masculino. Sin embargo, no hay moralismo ni moraleja en Lamia, por la propia naturaleza del relato y de la figura de su protagonista.

Es posible, no obstante, que estos temas estén hasta cierto punto eclipsados por el apabullante aparato formal. Uno se pierde en cada viñeta, en cada espacio, se recrea en el dominio del medio de un autor en la cima de su habilidad, se detiene en cada elemento extradiegético que utiliza —onomatopeyas, tipografías…—, con precisión milimétrica. De mismo modo, el lector se deja absorber por la trama negra, y por la manera fluida en la que el puzle se va completando. Mientras que en Nela los temas tratados, por la propia naturaleza de la obra original como novela de tesis, estaban en la superficie, en Lamia tengo la sensación de que quedan en un segundo plano. No sería justo considerar esta obra un mero ejercicio de estilo, ni mucho menos, aunque sí creo que es una donde la forma ya está constituyendo buena parte del discurso, y no de forma inintencionada: nada es casual cuando hablamos de Rayco Pulido. Eso no significa que no estemos ante un tebeo excepcional, de uno de los autores más reflexivos, personales y brillantes que tenemos la suerte de tener trabajando ahora mismo en el cómic español.


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