Kitaro 4, de Shigeru Mizuki

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La más reciente entrega de Kitaro, de Shigeru Mizuki, es la cuarta. Astiberri sigue editando un libro al año, aproximadamente. Mizuki siempre recurre a su universo, aunque sea en una serie infantil como ésta. Sin embargo, también es cierto que a estas alturas la serie se está resintiendo ya de la necesidad de repetición inherente a cualquier proyecto de naturaleza episódica y abierta. La mayoría de las historias cortas de Kitaro del cementerio responden a la misma mecánica: aparece un yokai molestando a los humanos, que llaman a Kitaro para que solucione el problema. Éste se enfrenta al yokai maligno utilizando alguno de sus poderes o su astucia, y restaura la paz. Divertido —y tan bien dibujado como siempre—, pero formulaico y casi podría decirse que alimenticio.

Pero Mizuki siempre se guarda un as en la manga, y aunque asuma que buena parte del material de una serie como Kitaro tendrá que ser así, también sabe que en algún momento hay que echar el resto y mostrar la carta oculta —a partir de aquí, spoiler total, aviso—. En este caso es con una historia larga, «La gran guerra de los tanukis», un delirio fabuloso en forma de epopeya bélica realizada por alguien que, como sabemos, vivió de primera mano el horror de una guerra real. Los tanukis son una figura mitológica conocida en occidente gracias a la película de animación de los estudios Ghibli Pompoko (Isao Takahata, 1994). Se trata de unos perros mapache que, según la tradición, pueden cambiar de forma y tocan el tambor golpeándose. En la historia de Kitaro, una tribu de tanukis emerge de las profundidades de la tierra para conquistar Japón, aliada con otros monstruos gigantescos y muy poderosos. La trama es un delirio muy propio de la serie, una sucesión de amenazas crecientes y un deus ex machina detrás de otro en forma de nuevos poderos de Kitaro, pensados ad hoc para vencer una amenaza concreta. El héroe pasa por todo tipo de muertes simbólicas y transformaciones en su batalla contra los tanukis, pero lo  más interesante es ver al presidente de Japón, de rasgos sospechosamente realistas comparado con otros personajes, intentando hacer frente a la crisis, deciendo primero el control del país, luego formando un grupo de resistencia del que es único miembro… y finalmente pidiendo ayuda a unos americanos que al principio no quieren intervenir por el riesgo de provocar un incidente internacional. Hablamos, recordemos, del ataque de unos perros mapache. Como el presidente tiene amistades en EE. UU., consigue que ataquen a los yokai con todo el poder de su ejército, que cae derrotado ante el poderoso siluro gigante que los tanuki han despertado.

El final es aún más interesante: es la acción de Kitaro y sus aliados la que termina con la amenaza de los tanuki, pero el gobierno recién restituido no puede admitirlo en público, y atribuye la hazaña al ejército americano, mientras que Kitaro es señalado como un fraude, un inútil que no ha hecho nada. La lectura política y social es jugosísima, y nada clara, al mismo tiempo. Mizuki introduce una sátira política de manera sutil, sin dejar que pase al primer plano en lo que es, para un niño, una historia épica más de su héroe Kitaro, pero llena de dobles significados. Lo mejor de todo, por supuesto, es que la postura del maestro no es inequívoca y obvia, porque hila muy, muy fino.


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