La Visión. Visiones del futuro, de Tom King, Gabriel Hernández Walta y Jordie Bellaire

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Una de las grandes dudas irresueltas de mi vida como lector de cómic es «¿qué narices lloró la Visión cuando lloró?». La escena, que consagró al personaje, cerraba el número 58 de The Avengers, donde lo presentaban Roy Thomas y John Buscema, basándose en un personaje del pasado añejo de la editorial. La Visión, atribulada por sus dudas y recientes descubrimientos, soltaba una poética lágrima de sintozoide. Como tal, su cuerpo androide era sintético, pero replicaba la fisiología humana, de modo que tal vez esa lágrima fuera una lágrima como las nuestras… más o menos.

Con el paso de los meses, la Visión se convirtió en uno de los personajes más interesantes de la serie, en primer lugar porque su aspecto y poderes eran geniales, pero también por esa actitud permanentemente atribulada, y la sensación de que sobre sus hombros siempre cargaba, abrumado, con el peso de una verdad terrible: que jamás sería humano. Al personaje le iba como anillo al dedo la teatralidad de Buscema y Thomas, y sus declamaciones quejosas con las manos elevadas al cielo se hicieron tan características como su gesto torvo y meditabundo mientras se sentaba en un sillón.

Pero lo cierto es que la Visión siempre fue, en realidad, humana. Su comportamiento tenía un patrón humano, —de hecho, se basaban en las pautas cerebrales de Simon Williams—, y más allá de ser analítico —a ratos— y un tanto distante, la manera de manejarse en la vida y en sus relaciones sociales era perfectamente normal, y más aún en el contexto de los Vengadores. Sus reacciones, sentimientos y tendencia a dejarse llevar por pasiones desatadas —normalmente después de quejarse por no ser capaz de tenerlas— lo hacían, paradójicamente, el más humano de los Vengadores. Ésa era la premisa que sus creadores vincularon a su nombre, en realidad.

Sin embargo, en las últimas décadas la sociedad ha cambiado mucho, y la tecnología de la información ha seguido sus pasos. Cuando la Visión apareció por primera vez los ordenadores personales estaban en pañales, y sólo un experto en la materia podía prever una parte de lo que la informática permitiría en cuanto a gestión de información. El término «inteligencia artificial» ya existía, pero era algo perteneciente al campo de la ciencia ficción. Hoy, creo, es más sencillo imaginar cómo sería un ser enteramente artificial con un ordenador por cerebro, y por eso, desde hace al menos una década, los guionistas de Marvel han preferido potenciar lo no humano de la Visión, que ha renunciado varias veces a sus sentimientos borrando su disco duro, incluso a sus recuerdos: gestión de las emociones en grado hardcore.

La Visión se ha convertido en una criatura lógica y fría, conectada a la red y en permanente estado de alerta. No es sólo un androide de increíbles capacidades físicas: en un superordenador antropomórfico. Muerto y enterrado su romance con la Bruja Escarlata, destruido y reconstruido un par de veces desde entonces, la Visión es, prácticamente, un personaje nuevo, libre de las ataduras de un pasado que no almacena en ninguna carpeta.

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En ese punto es donde arranca la nueva serie de La Visión, guionizada por Tom King, dibujada por Gabriel Hernández Walta y coloreada por Jordie Bellaire. El punto de partida no podría ser más interesante: el vengador ha decidido crearse una auténtica familia americana y mudarse a un suburbio de Washington, ciudad en la que trabaja como enlace de su equipo con la Casa Blanca.

La familia Visión es un reflejo ironico de la típica familia americana y blanca de clase media-alta, y el tono del guión de King, que bebe de productos televisivos, incluye los típicos problemas adolescentes en el instituto y  las tribulaciones de un ama de casa que se debate entre sus deberes como compañera de su marido y su propio aburrimiento. La vida de las cuatro visiones, magníficamente retratada por el excelente equipo artístico de la serie, es perfecta y al mismo tiempo, por supuesto, aburridísima. Pero esa cotidianidad superficial es justamente lo que busca la Visión, lo que ha buscado toda su vida y lo que, finalmente, ha creado artificialmente. Todo funciona como debe. Y entonces, claro, todo se va por el desagüe.

La irrupción de un elemento distorsionador en la apacible vida —dentro de su excentricidad— de los Visión llega en forma del Segador, villano cansino por antonomasia, y desencadena una trama mucho más oscura, de nuevo de reminiscencias televisivas recientes: de pronto la historia ya no es sólo la de un hombre artificial que juega a no serlo, sino la de una amante esposa que se ve obligada a guardar un oscuro secreto a toda costa para conservar su vida maravillosamente anodina.

La parodia se vuelve entonces sátira oscura y ácida. King explora el concepto mismo de humanidad y escribe unos diálogos que nos hacen pensar que estamos, sin duda alguna, ante inteligencias humanas pero artificiales. La lógica se convierte en el principal motor del humor, y la trama se va enrevesando, alejada de los grandes combates del género, que aquí sólo vemos de pasada en algunas viñetas de espectacularidad mitigada: Hernández Walta es mucho mejor dibujando costumbrismo posthumano.

Tom King maneja con ingenio algunos elementos narrativos que remiten al pasado del personaje y a códigos ya caducos, como, por ejemplo, el eco shakesperiano, algo que en los viejos tebeos de la era Marvel se movía entre lo sublime y lo ridículo, y que revisado ahora se revela como superficial e infantil en sus pretensiones trascendentes. Sin embargo, King es capaz de tomar ese sabor y darle una vuelta de tuerca, de modo que incluso el sobadísimo monólogo de Shylock —«¿si nos pincháis, no sangramos?»— adquiere nuevos usos y permite inquietantes escenas con los hijos de la Visión. Lo mismo puede decirse de la enumeración de hazañas del personaje, de las veces que ha salvado el mundo, que se hace empleando en muchos casos los nombres de las sagas editoriales, como si el narrador de la historia no estuviera interesado en ocultar que estamos ante un artefacto de ficción sustentado en un entramado de márketing.

Un par de giros de guión más tarde, alguno más previsible que otro, ya no sabemos dónde está la línea que separa la supervivencia de la ética, o lo humano de lo robótico. Al final, se trata de adaptarse, de hacer lo que sea necesario para seguir adelante y conservar lo que uno quiere; si algo nos enseña este cómic es que en nombre del amor se pueden hacer las mayores atrocidades. Y en eso, la Visión puede que siga siendo escalofriantemente humano. El final de este tomo, Visiones del futuro, promete ahondar en esto aún más.


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