La chica de los cigarrillos, de Masahiko Matsumoto

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Es un tópico, pero siempre resulta llamativo comprobar la cantidad de autores importantes del cómic japonés que no conocemos en España. Tiene que ver con la escasa —hasta fechas recientes— voluntad de recuperación de clásicos anteriores a los ochenta, pero también con la especialización en las licencias de géneros muy concretos, dirigidos al nutrido fandom del manga shonen y shojo que se configuró aquí a partir de los noventa. En la última década hemos visto proliferar el manga más adulto, principalmente el de terror, con los Hino, Maruo e Ito, pero también han ido apareciendo títulos rescatados del pasado, gracias a lo cual estamos descubriendo un mundo de sensibilidades diferentes, que adelantó al mercado europeo y al estadounidense en la producción de obras personales dirigidas a lectores adultos y alejadas de los géneros tradicionales.

Masahiko Matsumoto, el autor del ejemplo más reciente de esta tendencia recuperadora, La chica de los cigarrillos (Gallo Nero), fue miembro de la corriente de cómic autoral denominada como gekiga, que aquí conocemos, sobre todo, por la figura de Yoshihiro Tatsumi. La historia es conocida: a finales de los años cincuenta, él y otro puñado de autores comienzan a producir obra más personal, con vocación de alternativa al potente mercado editorial orientado al público infantil y juvenil. El término escogido alude al dramatismo que querían imprimir en lo que hacían: historias breves, de suspense, género negro, policíaco… pero también costumbrista. La preocupación por representar la realidad cotidiana del momento y reflexionar sobre ella es algo muy presente en estos autores, que capturaron perfectamente las tensiones sociales de un país aún en trauma por la herida de la segunda guerra mundial, lleno de contradicciones morales, en un cruce de caminos entre la tradición nacional y los nuevos aires de cambio, no siempre bien asimilados.

Ése es el sabor que percibo en La chica de los cigarrillos, una recopilación de historias más o menos breves publicadas originalmente en los años setenta, es decir, cuando Matsumoto ya había desarrollado cierta carrera —nació en 1934 y produjo bastante en los cincuenta, según leo, antes de empezar a desarrollar una obra adulta más personal—. Y la maestría narrativa se aprecia desde la primera página: se trata de historias íntimas, pequeñas, centradas en personajes anónimos y comunes, donde la poética de lo cotidiano se manifiesta en pequeños detalles, sin énfasis gráficos. El tono de la narración es muy mesurado, con viñetas pequeñas, y planos centrados en los personajes, caricaturas muy parecidas entre sí, como si Matsumoto quisiera incidir en lo que nos une, en lo que todas las personas tienen en común. Llama también la atención su capacidad para elidir situaciones y diálogos mediante el uso de los silencios y un manejo del ritmo del relato muy sofisticado, sobre todo porque renuncia a casi todos los clichés estilísticos que normalmente asociamos con el manga.

Con ese tono íntimo, las historias de Matsumoto nos ganan por su humanidad y por la naturalidad de unas situaciones que son locales, sí, pero que a poco que hagamos un pequeño esfuerzo podemos extrapolar a una experiencia más global. Los personajes del autor, hombres y mujeres corrientes, pequeños y apocados, a veces superados por las circunstancias, se ven presas de una moral pública que reprime los apetitos sexuales y penaliza a la mujer mayor que no ha encontrado marido, pero, al mismo tiempo ofrece en los ambientes urbanos una gran variedad de distracciones para los varones. «El novio de Naruko Tsurumaki», «Shinjuku en flor» o «El sabor del café» exploran las relaciones de pareja, los noviazgos reprimidos y las implicaciones sociales que tiene la elección de futuro cónyuge. En la historia más larga del tomo, «Señorita Felicidad», Matsumoto aborda cuestiones como los matrimonios concertados, las citas entre hombres que buscan esposa y jóvenes casamenteras, pero también presenta a una protagonista femenina que busca su independencia, que tiene que aprender a fraguarse su propio porvenir. Y lo hace, y no por casualidad, vendiendo preservativos de puerta en puerta: vendiendo, en el fondo, modernidad, al tiempo que la va asumiendo en carne propia.

El Japón de la época y su represión sexual quedan así plasmados de una forma preclara —por ejemplo, ese hombre que se pone rojo cuando la mujer que le gusta le toma la mano—, pero, al mismo tiempo, no es tan complicado pensar en nuestro propio pasado: muchas de las cuestiones tratadas en este libro también estaban presentes en la España de la transición, contemporánea de las historias de La chica de los cigarrillos. Los anticonceptivos ni siquiera eran legales, y la autonomía de las mujeres todavía estaba severamente restringida por la legislación y, sobre todo, por la presión social.

Pero, por supuesto, cualquier proyección que hagamos de nuestra propia realidad hacia la mostrada en la obra de Matsumoto aparece a posteriori. Es bastante improbable que estuviera en su ánimo ser tan universal, en un mercado tan cerrado como el del manga. Sin embargo, es su capacidad para capturar la esencia de las relaciones sociales la que le permite ser comprendido por todo el mundo: en el fondo, no somos tan distintos unos de otros. Matsumoto refleja un momento y un lugar, pero habla de cosas que los trascienden. En sus pequeñas historias de finales abiertos, a veces desconcertantes, hay además una sutil crítica social, especialmente en lo que respecta al rol de las mujeres en la sociedad japonesa, que no puede despreciarse, y que enriquece esta lectura aún más.


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