Viajes, de Álvaro Ortiz

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Los libros de viaje son uno de los géneros más antiguos de la historia de la literatura. Desde la antigüedad, el relato de lugares remotos donde la gente se comporta de forma diferente ha fascinado al mundo occidental. Entonces lo hacía desde la certeza por parte del lector de que jamás visitaría esos lugares, que eran, a todos los efectos, sitios maravillosos sobre los que cualquier cosa que se contara era creíble. Pero hoy, cuando tenemos a nuestra disposición toneladas de información textual y gráfica de cualquier rincón del mundo, el género sigue siendo muy popular, aunque se haya trasladado a otros medios. Los programas con el formato de Españoles por el mundo son muy exitosos, aunque sean, básicamente, programas de gente haciendo cosas. Pero las hacen lejos.

El último libro de Álvaro Ortiz, Viajes, incluso menciona dichos programas, que llegan a inspirar uno de los muchos viajes que aparecen en el libro. Ortiz está en un momento de su carrera muy interesante. Después de varios años de carrera, obtuvo un primer éxito con Cenizas (Astiberri, 2012), que luego se prolongó con Murderabilia (Astiberri, 2014). Ambas obras notables, con buenas ideas y una realización a la altura, situaron a Ortiz en la primera línea de la novela gráfica española. Rituales (Astiberri, 2015), sin embargo, es para su mejor obra, por los mismos motivos por los que creo que su acogida ha sido más dispar: es un cómic arriesgado, que abandona los cauces del relato clásico y entra en un territorio nuevo. Su final, que a mí me parece brillante, ha desconcertado a más de uno. Pero Rituales es interesante, más allá de su calidad, porque nos habla de un autor que no quiere encasillarse. Prueba de ello —y de su repercusión en el mercado— es su siguiente obra, que el museo Thyssen-Bornemisza le encargó: un cómic breve sobre Caravaggio y sus seguidores. Dos holandeses en Nápoles (Museo Thyssen Bornemisza / Astiberri, 2016) podría haber sido un cómic didáctico más sobre la vida de un artista de renombre, pero Ortiz supo llevárselo a su terreno y, sin renunciar al valor expositivo, armó una historia de misterio, investigación y… viajes.

Por eso, tal vez, y porque si uno le sigue en redes sociales sabe de su afición por viajar, no sorprende saber que durante años ha ido completando cuadernos que llevaba consigo a todas partes. En el propio libro, se cuenta que el proyecto de recopilar esos cuadernos se había llevado a algunas editoriales, que no terminaban de verlo viable. Sin embargo —y por eso he resumido la carrera del autor—, Ortiz ha llegado a un punto en el que su éxito le permite publicar esta rareza, que en realidad no lo es tanto, como decía al principio: Viajes participa del espíritu del género, del sentido de la aventura —aunque sea una aventura controlada, muy diferente, por supuesto, a las aventuras de los descubridores pasados—, de la curiosidad y del asombro ante lo desconocido o lo que sólo se conoce a través de fotografías o textos.

Ortiz ha recopilado un material ingente en este libro apaisado —de excelente diseño de Manuel Bartual—, para el que ha reducido las páginas y aportado textos que explican los dibujos y la intrahistoria de su realización. Además, añade páginas de cómic que contextualizan cada viaje. El resultado es muy similar a la experiencia de que un amigo que acaba de volver de un viaje te muestre las fotografías que ha hecho mientras te las cuenta de palabra, pero, desde luego, la lectura de Viajes es mucho más entretenida e interesante porque al valor que tiene el relato le suma el interés artístico del dibujo inmediato, dibujado sin red en el momento, no siempre en las mejores condiciones, para dejar un testimonio de lo visto y vivido. El dibujo no tiene la cualidad de la fotografía de actualizar el referente de manera casi literal —aunque de la supuesta objetividad de la fotografía se puedan decir más de una y más de dos cosas—, pero nos aporta algo esencial en un momento en el que, precisamente, fotografías de cualquier lugar no nos faltan: la mirada subjetiva del artista. Un artista no sólo escoge qué representará, sino que escoge un estilo y unas herramientas, y está sujeto a sus circunstancias, cuando, como es el caso, dibuja del natural. El cansancio, la poca luz o la imposibilidad de apoyarse debidamente influyen en unos dibujos que están mostrando su experiencia, que nos hablan de él tanto o más que de los sitios que visita.

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Solo o acompañado, Álvaro Ortiz visita EE. UU., Noruega, Suecia, México, Italia, Kenia, Marruecos… Retrata museos y monumentos, conciertos —la música es importantísima en muchos viajes—, plazas y parajes naturales —algunas de mis páginas favoritas están dedicadas a éstos—, pero también a la gente. Mucha gente, en las calles, en los restaurantes y bares, en los aeropuertos… Son dibujos rápidos, espontáneos, a Pentel o rotulador, llenos de energía y de la fuerza del momento que capturan. Esa cualidad trasciende la calidad de algunos dibujos, no siempre inspirados: cuando te lanzas, no siempre puedes aterrizar de pie. Sin embargo, Ortiz ha descartado muy pocos dibujos, sólo aquellos que fueron descartados en su momento, mientras los hacía, porque entiende, acertadamente, que el valor documental de sus cuadernos es más importante. No obstante, también es cierto que hay en Viajes dibujos excelentes, muy diferentes a las novelas gráficas del autor. Dibujos sintéticos pero más realistas, en los que exhibe un buen dominio de las masas de negro y el trazo rápido, orgánico, y sin los matices que permiten herramientas más precisas. Recuerda en parte a Joann Sfar, quizá el mejor dibujante rápido del mundo, pero también al entintado y la forma de representar la naturaleza de Craig Thompson quien, por cierto, también dibujó un cuaderno de viaje—. Sí tengo que decir, aunque sea un detalle menor, que no he terminado de el sentido de añadir tramas mecánicas a bastantes dibujos: es cierto que sirven para diferenciar planos, y que sin ellos algún dibujo podría ser confuso, pero también restan algo de esa espontaneidad.

Los textos que acompañan no sólo sirven para contextualizar, sino que son amenos y divertidos, y construyen una suerte de relato que incluso vincula unos viajes con otros, al recordarnos —mencionando incluso la página donde aparecen— a personas que han aparecido o aparecerán. A veces los emplea para señalar malos dibujos, anticipándose al juicio del lector (p. 60, p. 139). Con frecuencia, los pequeños dibujos van acompañados de textos asépticos y flechas, que simplemente definen: «Chicos leyendo al sol» (p. 138), «Calculadora» (p. 224), «Chiringuito» (p. 293). Ortiz tiene un ojo especial para los detalles más extraños, como cuando se da cuenta de que una lámpara del techo está fabricada con un escurridor (p. 180).

Viajes, por supuesto, también puede interpretarse como una autobiografía parcial; de hecho, muchos de esos viajes están motivados por el trabajo de Ortiz, ya que se deben a las concesiones de becas —como la beca Alhóndiga que le permitió tener una estancia en la Maison des Auteurs de Angoulême—  o a encargos como el reportaje que realizó en Marrucos junto a Isabel Cebrián para Oxfam Intermón. De este modo, se puede ir siguiendo la carrera del autor, la publicación y promoción de sus diferentes títulos, y las anécdotas que éstas proporcionan.

Pero siempre prevalece la mirada curiosa, la mirada extranjera sobre realidades maravillosas, sin prejuicios, sin juzgar, con el impulso de quien disfruta saliendo de su zona de confort. Sea para trabajar o para disfrutar de unas vacaciones, Álvaro Ortiz disfruta de sus viajes con una ilusión que está presente incluso en el dibujo más pequeño o más aparentemente banal. Todo lo que pasa por sus herramientas de dibujo se convierte en algo digno de ser recordado.


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