Si Dios existe, de Joann Sfar

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Si Joann Sfar no es el autor de cómic vivo más prolífico, poco le falta. Fue punta de lanza del movimiento de la Nouvelle BD y demostró a varias generaciones de dibujantes que dibujar bien era otra cosa. Que el dibujo expresivo, espontáneo y directo precisa de algo más que una técnica que, por otra parte, a Sfar le sobra. Con el paso de los años se ha ido soltando cada vez más. Aunque en trabajos más comerciales —dentro de su firma autoral, irrenunciable— mantiene un tono gráfico que, si bien puede oscilar en el mismo título entre diferentes grados de figurativismo, nunca rompe definitivamente con unos mínimos realistas. Sin embargo, en trabajos como La Java Bleue (Ponent Mon, 2006) se consagra a la acuarela y la tinta china, y con ellas, a la libertad más absoluta.

Si yo fuera dibujante seguramente lo envidiaría. Su facilidad para el dibujo rápido, para capturar emociones y estados de ánimo con cuatro trazos o unas manchas es única. Da la sensación de que lo hace sin esfuerzo, que podría, de hecho, dibujar aún más cómics. Tal es su voracidad creativa que lleva años trabajando también en los campos del cine y la literatura. Pero siempre vuelve al cómic, aunque hayamos tenido que aprender a vivir con su inconstancia —tantas series sin final, a las que vuelve, de tanto en tanto, a lo largo de los años—, a entender que es parte de su secreto. Si Sfar trabajara más los arcos narrativos, o la estructura de sus álbumes, no sería Sfar. Sería otra cosa, una cosa rara en la que el dibujo iría por un lado y la historia por otro. No quiero saberlo.

Pero, además de sus cómics, sus novelas y sus películas, Sfar aún tiempo tiempo de rellenar cuadernos con dibujos y textos. Se trata de unos carnets que lleva dibujando y publicando desde hace años: la típica obra que, por su naturaleza manuscrita y su difícil ubicación en un género o medio, parecía que jamás íbamos a ver publicada en España. Sin embargo, ha sido una editorial literaria, Confluencias, la que se ha animado a publicar todos sus cuadernos, empezando por el último volumen, el que recopila material publicado en The Huffington Post.

En Si Dios existe Sfar habla principalmente de dos cosas: fundamentalismo religioso y mujeres. A veces, habla de ambos temas a la vez. El libro se inicia en una situación traumática: el atentado yihadista que acabó con la vida de varios dibujantes de Charlie Hebdo el pasado 2015. Sfar trabajó en el semanario satírico y era amigo personal de varios de los asesinados, de modo que su implicación en el asunto es total, y su dolor, expresado apenas sin filtros, genuino. El relato del memorial en honor a los asesinados es dolorosamente sincero, y el dibujante, caracterizado por su optimismo y su forma amable de ver la vida, lejos de venirse abajo, combate el dolor con puro amor: amor a sus semejantes, y amor a la vida.

A partir de ese duelo, un Joann Sfar que lleva año y medio separado del amor de su vida, Sandrina, un tanto deprimido, realiza una encendida defensa del laicismo y la libertad de expresión absoluta. Tanto las partes escritas con las muertes recientes y las emociones a flor de piel como las posteriores, contienen reflexiones lúcidas, que no comparto a l00% pero con las que estoy de acuerdo en lo esencial: «No se mata por unos dibujos» (p. 124). Sfar enarbola la bandera de la república —en su sentido original— y la razón para llamar al diálogo y defender el derecho irrenunciable de reírnos de las ideas: ahí no admite ni un pero. Es muy significativo que Sfar no defienda sólo lo que hace él, en una sociedad en la que solemos tener una vara de medir para nosotros y otra para los demás: muy al contrario, Sfar defiende el humor más bruto sin remilgos, aunque no sea el que él practica: «Si tengo crías que hacer contra la religión, quiero que los religiosos puedan recibirlas. Por eso quizá prefiero utilizar la ironía tierna que la provocación punk. Ese es mi estilo. Pero encuentro vital que exista la provocación punk. Hay que defender sin reservas el derecho a la inconsecuencia, incluso con los temas más graves».

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Sfar, que bien puede ser el humanista más puro del cómic contemporáneo, ofrece empatía y tolerancia, rehuye de las soluciones populistas y simples, pero, al mismo tiempo, plantea las cosas en términos sencillos: «Mi visión del mundo se limita a pensar que hay que evitar exterminar a los judíos, o a los musulmanes, o a los afiladores, o a los animales pequeños» (p. 129). Se asombra cuando alguien le dice que su visión le ayuda, porque lo único que cree aportar son incógnitas. Sin embargo, creo que se equivoca si lo piensa de veras: sus reflexiones sobre la cuestión judía, el fanatismo religioso y la convivencia entre diferentes culturas me parecen informadas e interesantes. Como judío por herencia y ateo por elección, Joann Sfar tiene una visión muy peculiar de la historia y de la persecución que ha sufrido su pueblo —y, de hecho, gran parte de su obra lo ha reflejado—. Todo lo que tiene que ver con ello está teñido de un humor ligeramente más ácido, por ejemplo, cuando se permite bromear con el humor antisemita y realiza un chiste sobre ello como respuesta al concurso que organizó Irán poco después de los atentados de París (p. 132-133). Su inteligente irreverencia, basada en la fe en la cultura y la razón, le sirve para analizar los conflictos religiosos y plantear sus propias dudas, que resuelve, de nuevo, a través de la empatía, como, por ejemplo, cuando se plantea qué signfica para él que mujeres con velo vayan a su casa, o cuando su propio hijo le pide que oculte sus retratos de desnudos femeninos para no incomodar a la chica musulmana que le da clases particulares. En esas situaciones cotidianas se encierra la esencia de un dilema real, de las contradicciones que todos tenemos que enfrentar si asumimos que la vida es mucho más compleja que una conversación de barra de bar —o de Twitter—, por mucho que tengamos claro el norte, como el propio Sfar.

Pero decía que el otro gran tema de Si Dios existe son las mujeres. Más allá de los extraordinarios dibujos o la fascinación de la mirada de Sfar sobre las modelos que tiene que dibujar, me interesa, sobre todo, lo que dice de sí mismo esa fijación. Se expone con sus debilidades y con su actitud anticuada, incluso quizás algo machista, pero siempre la contrapone a unas figuras femeninas mucho más seguras, inteligentes y sabias que él mismo. Sus intentos por ligar son más bien cutres, porque todas lo ven venir. Por eso tal vez inventa figuras femeninas imaginarias, aunque afirme que siempre dibuja a la misma mujer. Pero, por supuesto, lo más interesante de todo es cómo desde lo aparentemente banal nos conduce a una especie de psicoanálisis, en el que admite el impacto que la temprana muerte de su madre tuvo en su yo infantil, y cómo eso ha podido marcar sus relaciones. También lo ha hecho que su primera relación ha sido la única: «Jamás sufrí una ruptura. Jamás me abandonaron. Jamás conocí el temor a vivir solo» (p. 46). Exponerse así, trasladar esos pensamientos de forma tan directa, mediante una caligrafía manual y un dibujo rapídismo pero de profundo calado emocional, es algo que, creo, tiene mucho mérito. Incluso si se protege de alguna manera, incluso si ficcionaliza en algún grado las conversaciones que tiene con sus amigos, porque al final le lleva a una reflexión sobre su propio trabajo, que resume como un relato constante de las heridas de su infancia. Y es algo que nunca se me habría ocurrido expresar en esos términos, pero que tiene mucho sentido. Sin embargo, para el contador de historias nunca hay opción: hay que seguir contándolas. El rabino propietario de su célebre gato lo expresa de un modo sencillo: «No tienes nada mejor que hacer que volverlo a contar. Aunque no cure, al menos tranquiliza» (p. 62). Así de sencillo, así de complicado.

La manera de contar de Joann Sfar siempre ha tenido una cualidad musical, rítmica, que influía directamente en lo gráfico: por eso su trazo siempre es maleable. En Si dios existe demuestra que sus textos son igualmente rítmicos, y que forman un todo indivisible con sus dibujos. En esta improvisación jazzística en la que cabe el monólogo sincero y lúcido, la frivolidad, el amor, el dolor, el humor y la melancolía, se encierra la verdad más profunda de la obra de Sfar: la belleza del arte nos redime.


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