«Heavy 1986 es ficción, pero las anécdotas que aparecen son mías» Entrevista con Miguel B. Núñez

Hace unas semanas pude entrevistar a Miguel B. Núñez, un autor de dilatada trayectoria, con más de quince cómics a sus espaldas, en ocasiones en estilos muy diferentes. El año pasado publicó uno de sus mejores trabajos, Heavy 1986, de la mano de Sapristi. Ahora que han pasado unos meses desde su salida al mercado, y aprovechando que Miguel ya está trabajando en su segunda parte, conversamos con él sobre cómics, música y el pasado reciente de España.

Creo que empezaste tu carrera publicando en Subterfuge, ¿verdad?

Había hecho dibujos y logotipos en Thrash Metal. Pero antes de Subterfuge yo había publicado historietas en mis fanzines, aunque ya no guardo casi ninguno. Entre el 86 y 88 había publicado también en un fanzine de heavy metal que hacían unos amigos. Ahí se publicaban mis cómics horribles [risas]. El estilo era muy indefinido, intentaba dibujar bien, realista… Cada página iba sobre un grupo, eran una especie de gags. En Subterfuge ya empleaba un estilo más caricaturesco, un poco a lo Gilber Shelton.

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Cubierta de El último hombre, publicado por Doble Dosis

¿Cuál fue tu primer cómic largo publicado por una editorial?

El primero que no era un fanzine fue M, que lo sacó Undercómic, cuando estaban Juan Berrio, Fermín Solís, Sandra Uve… Estaban Miguel Ángel Martín y Javier Olivares, que eran ya más veteranos, tenían un nombre. Recuerdo cuando íbamos al primer salón de fanzines de Terrassa y nos ponían a todos en la calle principal… ¡Una panda de mangurrianes! Las señoras que pasaban se asustaban, porque casi todo lo que publicábamos era muy bestia [risas]. Allí creo que fui con un fanzine que hacía con un amigo, La hierba roja. Uno muy casero, y muy pedante, atormentado…

Era lo que tocaba a esa edad…

Claro, tenía 18 o 19 años. Lo hice, además, con un estilo medio manga, muy raro. Otros dibujos son del estilo de Subterfuge…

Cuando empiezas a publicar cómics largos, ¿ya adoptas el estilo que tienes ahora, más sencillo y minimalista?

Tuve una época muy oscura, dibujando cosas a lo Bernie Wrightson, todo lleno de rayitas y negros… Fue cuando empecé a hacer portadas para discos de Subterfuge. Era un rollo súper siniestro, a plumilla… Y era un dolor. Yo creo que hasta Muertemanía no tuve un estilo que ya sentía como más propio.

¿Recuerdas si fue una decisión consciente por tu parte ese cambio, llegó un día en que dijiste «tengo que dibujar de un modo más sencillo»?

Sí, me di cuenta de que con ese estilo podía hacer un dibujo, pero no podía hacer un cómic. Después de los tres primeros comic-books creo que me solté.

Y luego vas publicando durante los 2000 cómics largos.

Sí, la verdad es que casi tengo un tebeo con cada editorial [risas]. Tengo ya como quince tebeos. Tuve una época en la que hice muchas colaboraciones, también. Hace poco intenté reunirlo todo eso para sacar una recopilación en blanco y negro, pero cada formato es una locura, no sé qué haré.

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Cubierta de El fuego, de ¡Caramba!

Por centrarnos un poco en las cosas que has hecho últimamente, tienes El fuego, con ¡Caramba!, que a mí me encanta.

Me alegro, porque ha quedado un poco en tierra de nadie. Pero me ha pasado con muchos.

Sí, y los cómics mudos siempre son complicados.

Sí, pero, fíjate, al poco salió lo de Joan Cornellà y funcionó muy bien, igual porque era algo muy pictórico.

Sí, y además es humor. El humor mudo creo que sí puede funcionar bien, pero El fuego, aunque tenía humor, era una historia larga…

El fuego era una cosa muy rara [risas].

¿Cómo se pasa de dibujar una historia tan simbólica y mítica como El fuego a dibujar otra tan costumbrista, ambientada en el Madrid de los años 80?

Creo que por cambiar. Además, cuando empecé a dibujar las primeras páginas de Heavy 1986 no sabía si lo iba a publicar, no tenía ni idea de si acabaría siendo un tebeo. Me pasa mucho eso, dibujo un par de páginas por impulso, sin saber si llegará a algo. Creo que el cambio me ha venido bien porque la gente lo ha recibido mejor.

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Cubierta de King Egg, publicado por Una china en el zapato

Es una historia más accesible.

Todo depende de los gustos. En la feria del libro [de Madrid] me encontré a Max, que me decía «qué guay te ha quedado, pero ya sabes que yo prefiero King Egg» [risas]. Pero, claro, llega un momento en el que me planteo cuántos tebeos como King Egg o El fuego puedo hacer. Necesitaba sacar un beneficio, también. Son cómics dificilísimos de vender. Ahora me viene mucha gente que no leía mis tebeos, y te lo dicen: «no te conocía de nada». Eso está guay, porque está bien que te reconozca la gente que le gustan los tebeos, de la profesión, pero que te venga gente nueva, a la que la historia le ha llegado… Me ha venido muy bien. Y lo que pasa también es que dibujar los otros cómics es algo más relajado…

¿El proceso con Heavy 1986 ha sido distinto, ha habido, por ejemplo, un guión más cerrado?

No, no. Lo hice igual que El fuego: voy dibujando lo que va saliendo. Lo que pasa es que la historia no costaba mucho, en realidad, era acordarme de cosas que me habían pasado. Sí hubo un capítulo que empecé y lo quité, una historia con el profesor que sale. No terminaba de encajar, me lié… La idea me gustaba, se iban a la bodega con él, y era el típico de canutos todo el día, les decía: «Estáis todo el día con esa música, ¡lo que tenéis que hacer es escuchar a Nazareth y Led Zeppelin!» [risas]. Todo lo demás lo hice seguido, según salía.

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Heavy 1986

¿En principio, entonces, es ficción, aunque esté basado en tu experiencia?

Es todo ficción, lo que pasa es que prácticamente todas las anécdotas que se cuentan son mías. Sólo que no son exactamente como pasaron, siempre hay un pequeño cambio. Y en ocasiones a diferentes personajes les pasan cosas que me pasaron sólo a mí.

¿Hay algún personaje en el que te proyectes especialmente?

Suso. Es el chico más jovencito, es el personaje más yo. Pero, claro, tu vida real es más compleja, te han pasado muchas más cosas. Cuando a Suso le pasa algo, como en la historia vamos pasando de un personaje a otro, no puedes contar todo lo que realmente pasaba. Creo que eso habría resultado un poco aburrido, incluso para mí. Habría perjudicado mucho al ritmo. Y cada uno hace el tebeo que hace; igual que yo me aburría leyendo algunos tebeos de Alan Moore porque pensaba «¡Deja de escribir, esto parece un libro!» [risas], en Heavy 1986 tenía claro que no iba a meter parrafones y parrafones, ni quería meter textos de apoyo, ni voz en off. Metí las fichas un poco por eso, porque no quería que fuera un tebeo de un tío de 46 años hablando de un tío de 16. Quería que fuera una historia directa del chico de 16, no un señor que reflexiona sobre por qué le pasaban esas cosas, o por qué sus padres hacían tal o cual… En las fichas sí tengo un momento de reflexión personal, de cómo es ser adulto y acordarte de cuando no lo eras.

Eso es una de las cosas que más me gustan del cómic: cómo eres capaz de ponerte en la piel de una pandilla de chavales de la época.

Hace poco me vino un chico y me dijo «yo soy mucho más joven, pero me siento identificado». ¡No me lo puedo creer! Es muy raro. Cuando empezaba a hacer el tebeo, me ponía aquellos discos que escuchaba entonces, y veía las películas que me marcaron. Creo que hay algo que no pierdes nunca. A mí me pasan cosas todos los días que me hacen pensar que todavía soy un crío de 16 años que no se entera de la misa la media. Con muchas cosas eres igual de apasionado, hay cosas que no cambian. Treinta años después me sigo emocionando igual… Eso ayuda.

Lo que comentas de ese chaval que se sintió identificado tampoco me extraña, porque yo tengo diez años menos que tú, y también me veo totalmente reconocido. Aunque yo viví en esos ambientes de barrio. El tema de la mili también lo viví, por ejemplo, la perspectiva de tener que ir era un drama para mí.

El tema de los padres, sin embargo, yo creo que sí ha cambiado. A mí me vienen a las firmas muchos padres con sus hijos e hijas. Claro, obviamente, unos lo leen de una manera y otros de otra. Los hijos y las hijas lo leen en plan «ah, estas cosas que os pasaban…». Por ejemplo, el tema de la mili que comentas, muchas veces hay que explicarlo, porque hay gente joven que igual ya no sabe ni lo que es.

Con la música pasa igual… Algún comentario he leído en Facebook criticando a éstos de los ochenta que nos creemos que lo hemos inventado todo… Claro, era un thrashmetalero de los noventa. Cada uno tira por lo suyo, pero yo estoy contando mi vida, no la de otros. Pero es cierto que hay cosas muy coyunturales. En el segundo libro, en el que estoy trabajando ahora, hablo de muchas cosas que la gente más joven quizá no vaya a entender: «¡¿Cómo?! ¿Que había peleas entre bandas? ¿Qué los punkis se pegaban con los rockers?» [risas]. Todas esas cosas les sonarán a chino, pero toda la gente de mi edad, cuando les digo lo que estoy haciendo, me cuentan cosas así.

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Una página de la obra

Yo recuerdo ese tipo de cosas al poco de entrar en el instituto… Hubo una pelea de punkis contra skins muy sonada.

Claro, a principios de los noventa, a mí me atracaron más que nunca. Viví más movidas entre nazis y punkis que nunca. Además, yo estaba en el ambiente de okupación, el ambiente Minuesa, y entonces también lo ves desde más cerca.

En el cómic se ve muy bien que la sociedad española de entonces era muy violenta, a todos los niveles. Los padres pegaban a los hijos con total normalidad, había peleas en la calle…

Yo creo que sí: la policía era violenta, tus padres eran agresivos, o duros. Eso hacía que tú tuvieras que ser duro también. Había esa necesidad. O pegas o te pegan. Yo llegué a llevar navaja durante una época, y soy la cosa más cobarde del mundo. Y me metí en peleas. Pero te das cuenta de que no es lo que quieres, ni lo que te gusta. Y la policía te paraba y era chunga. Ahora es más difícil que sean tan duros con chavales.

Al hilo de eso, también está el tema de las pintas, que reflejas muy bien. La fractura generacional era muy clara: esos padres que no entendían por qué te dejabas el pelo largo.

Luego lo matizas. Te das cuenta de que para aquellos padres eso era un shock. No entendían por qué. Además, los medios de comunicación, como siempre hacen, alimentaban el miedo. Nuestros padres se acojonaban en cuanto veían que ibas con alguien raro. Yo recuerdo que tenía a un colega de Vallecas, el Cascos, que era un chaval muy barriobajero, muy de buscarse la vida. Y recuerdo que a mi padre le preocupaba mucho que me juntara con él. E incluso con gente de la escuela de arte, que eran chavales que querían estudiar, pero tenían sus pintas. Todo se magnificaba: cuando en el 86 mataron a un chaval en el concierto de Scorpions de Madrid, la noticia involucraba a toda la juventud rockera, no matizaban. Todos nosotros conocíamos esas movidas, pero el público general, los padres, no. Y, de repente, los medios de comunicación lo llenaron todo con este tema. Pero, igual que los medios de comunicación hinchaban la violencia que había a las puertas de la discoteca Barrabás, donde yo he ido mil veces y nunca me ha pasado nada, luego, obviamente, no aplaudían un concierto homenaje a Tierno Galván en el que tocaban Muro, Barricada… En qué quedamos, ¿la juventud rockera mola o no mola? Tampoco se enteraban aún de quiénes eran los mods, quiénes los punks…

Exacto, es una época, a nivel cultural, muy confusa. Tú en Heavy 1986 demuestras que los ochenta también eran otra cosa, que no eran sólo la Movida del Rockola, el Penta, Mecano y Radio Futura, sino que había otra cosa, más de barrio.

Es que a mí, el mundo del Rockola, que aparecerá en el segundo, me pilló muy jovencito. Es verdad que mucha gente me dice que entonces el heavy tenía una cierta proyección mediática. Pero había mogollón de grupos heavys, con esa proyección había pocos… Obús, Barón Rojo. Eso no significa que socialmente se viera bien. Había muchos programas de música y obviamente se ocupaban del heavy porque estaba llenando estadios. Pero es verdad que en ese mismo momento seguía siendo una especie de subcultura marginal. Al margen de los fans, la reacción siempre era negativa: «esos melenudos». Y para contrarrestrar eso existían todos esos grupos que eran cómodos para el estado y los medios. Cuando ganó el PSOE por mayoría dos veces, en mi ambiente yo veía que todo el mundo era pasota, o crítico. Los políticos no tenían nada que ver contigo. Nada. Y todas las canciones de heavy metal que hablaban de política lo hacían para advertir de que no te creyeras sus promesas. Pero la parte más cómoda de la Movida era lo que se potenciaba. Estéticamente, para los padres era menos agresivo ver a Mecano o a Olé Olé que ver a Barón Rojo. Entonces ver a alguien con una muñequera de pinchos era como si estuvieras viendo a un tío con un hacha. Mecano en cambio parecían buena gente [risas].

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El Venom

Claro, y luego estaban las letras de las canciones: no es lo mismo hablar de lo mucho que mola Nueva York o de irte de fiesta a ligar, que hablar de las cosas jodidas de la calle.

Gracias a hacer Heavy he conocido al Chino de Banzai, a través de la librería El Molar. O a Leonor Marchesi: gente a la que yo admiro mucho. Todos tienen un recuerdo de aquella época en la que hacían rock y se podía tener éxito… creo que entonces funcionaba muy bien el boca a boca. Y si alguien escuchaba un disco nuevo en Disco Cross, o en el Pirata, o en el programa de Mariscal, al día siguiente lo sabía todo el mundo. También hay que pensar que cuando eres adolescente, y más en esa época, no hacía falta tener tantos discos. Yo con una veintena de discos tenía de sobra, porque era difícil acceder a más y porque luego tenías la radio. O te grababan las cintas. No necesitas más, escuchabas mucho los mismos discos.

Pero más allá del heavy o de la música, me gusta mucho cómo recreas una época en la que no había redes sociales, no había Whatsapp, ni había móviles…

A veces no había ni teléfonos fijos. Había gente que no tenía, y gente que como si no lo tuviera.

Claro, porque si le llamabas a casa los padres se enfadaban.

Claro. Y si querías llamar a una chica, incluso cuando ya era tu novia, era un espectáculo. Si lo cogía su padre colgabas, llamabas otra vez… Había un problema de incomunicación.

O tocabas al telefonillo para ver si bajaba…

Siempre estabas pendiente de si los padres le iban a dejar. O simplemente ibas al parque, a ver si había alguien, o los buscabas… «Hijos de puta, ¿dónde estáis?» [risas].

Era una manera de relacionarse muy diferente a la actual.

Sí. Y aunque a veces te cabreabas porque no llegaba alguien, obviamente no podías estar todo el día cabreado. Quiero decir que había muchas veces que esperabas y esperabas, o llamabas y llamabas porque tu novia te había dicho que iba a estar en casa a las siete pero no lo cogía, o no había nadie. Gastando dinero en la cabina, que se atascaban, eran una mierda. No sé si era todo más lento.

También sucedía que en general nos movíamos en ámbitos más pequeños. Tú te movías por el barrio, te bajabas al banco del parque, sabías dónde paraba la gente. Y luego el fin de semana te maqueabas y te ibas a la Canciller o a donde fuera, pero la vida diaria se hacía en el barrio.

Y, además, tampoco es que tuvieras mucho tiempo entre diario. Estaba el colegio o el instituto, o incluso el trabajo. Cuando yo empecé a trabajar, con diecisiete años, era la época de los aprendices. Todo el mundo era aprendiz, pero luego no aprendías una mierda [risas].

Ahora se lleva ser becario, pero entonces el equivalente era ser aprendiz.

Cuando oigo a la gente decir que los trabajos de ahora son una mierda, siempre pienso que no hay nada nuevo bajo el sol. Los trabajos que nosotros conseguíamos eran una mierda, nos pagaban una mierda, y había un abuso impresionante. No lo veo hoy ni mejor ni peor.

Era una época muy jodida porque se notaba aún la crisis de los setenta.

Y luego, en el 86, hubo otra: pasamos un momento de máximo paro en España. En esa época dejé de estudiar y tuve que buscar trabajo. Y los que podías tener sin estudios, siendo un chaval, eran los que yo tuve: un almacén detrás de otro.. Si tenías un poco de suerte podías entrar en una empresa que funcionara bien. Pero yo viví abusos totales, y me rebelaba mucho. Yo tenía que cargar camiones solo, sin un traspalé. Cada vez que ahora me levanto con la espalda jodida me acuerdo de aquello. Lo pongo en el tebeo porque me pasó tal cual, cuando llegaban los camiones quien los cargaba y descargaba era yo. El resto de mis amigos también tenían trabajos parecidos. Hasta el año noventa y pocos, cuando empecé a vivir el ambiente más punk, siempre era igual. Yo no empecé a tratar con gente universitaria hasta entonces, cuando ya salía por Malasaña. La escuela de artes aplicadas y oficios no tenía nada que ver, aquello era una especie de FP. Pagabas veinte duros por el examen que tenías que hacer de ingreso y ya no pagabas más. Y era como Fame: llegabas y había uno tocando los bongos, otro fumándose un canuto… Todo el mundo pasaba de todo. Los profesores también. Ahí viví otro mundo, que es el que cuento en el segundo libro. Pero no quiero alejarme del ambiente heavy mucho.

¿Era el corazón de tu vida, aunque ésta se enriquezca?

Mi vida como tal no la cuento, porque además siempre fui un poquito lobo solitario. Nunca estaba totalmente en un grupo. Cuando empecé a tratar con gente en la escuela de arte que escuchaba otra música, yo ya venía de escucharla, también. Nunca estaba totalmente en ninguna tribu. Y eso no quiero contarlo porque me parece más difícil, me interesa más contar la historia de gente que pertenece a un ambiente concreto. Lo mío fue un poco más disparatado.

La realidad siempre es más compleja.

Sí, y se puede contar, podría hacerlo más autobiográfico, pero creo que sería más difícil que la gente conectara conmigo. Es más fácil con este grupo de heavies que representan una parte de mí.

Hay una cosa que tiene que ver con el éxito del heavy a esas edades, lo dices en uno de los textos: al final, el mensaje es muy sencillo: «sé tú mismo y aguanta». Todos los adolescentes piensan que todo es una mierda y todo el mundo está contra ellos…

Y que ellos son diferentes.

Claro. Y entonces, cuando una música te habla directamente y te dice que tienes que ser un guerrero y enfrentarte a todo…

Hay una cosa del heavy que me sigue interesando: su capacidad de fantasear. No conozco ningún otro género que haga eso… Tal vez el folk y el celta.

O cierto progresivo.

Sí, pero tanto el rock progresivo como la música celta y el folk han hecho crecer el heavy. Hoy tienes el power metal, el folk metal y el metal progresivo. Todo está ahí. Y esa fantasía está guay. Yo era lector de gente como Lovecraft, y al mismo tiempo estaba escuchando canciones parecidas, que te están hablando de mundos fantásticos… Eso me gusta. Veo mucha gente joven fan del heavy, que escucha mucho power metal, el cual que ha tenido muchísimo éxito: Nightwish, Tarja Turunen, Amon Amarth… El rollo vikingo.

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Carátula de Oceanborn, el segundo LP de Nightwish

Yo empecé escuchando rock progresivo, era fan de Mike Oldfield y Jethro Tull…

Bueno, yo soy de Jethro Tull a muerte. Creo que son un grupo sin límites.

Sí, y sin complejos, con mucho humor.

Pues esos grupos entraron muy bien en el heavy. Como Marillion o Nazareth, Jethro Tull estaba en el ambiente heavy. Nadie al escucharlo pensaría que eran heavy, pero estaban dentro.

Sí, eran parte de algo que tenía que ver también con que el heavy ha tenido siempre el concepto de ser buena música, bien tocada.

Siempre ha habido ese punto, a veces contraproducente.

Sí, el punto purista, virtuoso…

Sí, de hecho, lo que me acercó a mí al punk fue que cuando empecé a tocar, era incapaz de hacer heavy. No tengo la capacidad de sentarme un día detrás de otro a aprender. Y cuando descubrí el rock and roll más básico de gente como Desechables, y el punk, la actitud hacia el rock mucho más cutre y gamberra… Fue una salvación para mí. Yo quería hacer rock, y lo que podía tocar era una canción de los Stooges, pero no puedo hacer una de Thin Lizzy. ¡Ojalá pudiera! Pero no me veo capaz ni en cien años. Ni podía cantar como Phil Lynott o Gary Moore. El punto purista del rock duro… eso que decía Steve Harris de que el punk es heavy mal tocado [risas]. Steve Harris no deja de ser un fan de Yes y todo ese rock progresivo. Y creo que ése ha sido el secreto de Iron Maiden para ser eternos: han conseguido hacer un rock progresivo muy directo, siempre con un poso de calidad. Para mí son la banda de las bandas. Y creo que en parte la gente fan del heavy metal que piensa que es música buena tiene razón. No puedes ser mal músico. Pero es verdad que, como todo, luego tienes que aprender a tocar otros estilos que no requieren de tanto nivel técnico. Hace poco vi un documental de la escena proto tecno. Yo soy muy fan de Gary Newman, y me gustan Human League, ese principio del mundo tecno de los ochenta, que luego sería el éxito de Depeche Mode. Y esa gente lo dice: le dabas a un botón y tenías una canción. Eso me llenó mucho, porque el rollo minimalista es algo que no existe en el heavy metal. Puede haber gente de raíz heavy que acabe haciéndolas, como Tom G. Warrior de Celtic Frost. Pero en la época en que G. Warrior estaba siendo influenciado por gente como Christian Death o Bauhaus, yo ya era fan de todo eso. Si hubiera sabido que algunos grupos de heavy estaban girando a eso, no me habría alejado de ellos, porque acabaron influidos por música siniestra y tecno que yo escuchaba en los ochenta.

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To Mega Therion de Celtic Frost

Hay un momento que tú retratas muy bien en el cómic, que es cuando empiezan a petarlo bandas como Metallica.

Fue un cambio total.

Sí, pero tengo la sensación de que hay muchos aficionados que se han quedado en ese momento.

Sí, todos los días me viene uno así [risas]. Y lo entiendo, porque yo no puedo decir que escuche mucho heavy posterior al 88. He escuchado discos buenos yendo de la mano de amigos que me los recomendaban. Pero entiendo que, para mucha gente, el año 86, la explosión de Master of Puppets… Los amigos que tengo que hacían el fanzine Thrashshock —que salen al final de Heavy 1986— para mí fueron una bendita suerte. Uno de los Antonios era más del glam rock, y yo conectaba mucho con eso. Y el otro Antonio, con el que he hecho presentaciones, era más extremo, fue de los primeros en introducir eso en España. Él hablaba de Celtic Frost y todo eso cuando aquí aún era novedad hablar de speed metal. Ellos dos reflejan un poco la división que había, y que se notaba en Canciller. Alrededor del año 86 u 87 se pinchaba mucho thrash metal. Pero antes, si pedías a Metallica, te decían que no, porque la gente no lo bailaba. Pero Master of Puppets explotó. Es el típico disco puente del género, que ayuda a que conecte con el público mayoritario. Era un disco accesible, más que Ride the Lightning, que si eras muy tradicional te parecía casi punk. Hay que entender que en esa época lo que lo petaba era Europe.

Pero Europe fue un fenómeno…

Claro, el heavy metal era una subcultura, y de repente lo petan Europe y Metallica: lo más opuesto dentro de esa subcultura. A mí hay gente que me pregunta si no pienso que a partir de 86 todo cambió demasiado y ya no era heavy… No lo sé, no soy un experto. Pero sí cambió.

A mis amigos y a mí, a finales de los noventa, nos paró una vez un tipo de unos cuarenta años por el barrio, y nos dijo: «eh, chavales, ¿vosotros sois heavies?». Mis colegas contestaron que sí, y el tipo les preguntó: «¿Pero heavies de Manowar, o heavies de Baron Rojo? [risas] Había como una clasificación rara.

[Risas] Bueno, es que es verdad que no es lo mismo… A mí entonces Manowar no me gustaban, yo era un heavy de Barón Rojo. Ahora los escucho y me gustan, pero entonces… Manowar estaban introduciendo lo que sería el power. Tuvieron una visión mucha más abierta que el heavy tradicional, que se ancló. En los noventa era más fácil sobrevivir siguiendo el camino de Manowar que el de Barón Rojo. Había muy poco que hacer ya.

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Barón rojo, petándolo antes de que existiera el término petar

Quizá la sociedad española había cambiado mucho, también. Se había cambiado el botellín de cerveza por el mini de calimocho, los recreativos y las navajas por los cómics de superhéroes y los juegos de rol. Eso es lo que yo viví, yo llegué a esos grupos porque jugábamos a Dungeons & Dragons.

Y, de repente, el espacio ya no era el parque: era la okupación.

También, claro.

El cambio que hubo ahí para mí fue radical. Los primeros grupos de grindcore que yo escuché fueron en Minuesa. Se mezcló el mundo del thrash metal con el punk, entró súper bien. Mis amigos metaleros iban con mis amigos punk sin problemas. Si te fijas en los pies, todos llevaban las mismas botas militares [risas]. Sólo cambian un poco los parches. Varios grupos que empezaron haciendo punk acabaron haciendo heavy e incluso glam rock. No están tan lejos. Pero creo que para los grupos clásicos de rock duro, que ni siquiera se llamaban heavies a sí mismos, todo aquello fue una andanada de hostias. Y les costó hacer discos nuevos que tuvieran la frescura de los anteriores. El nuevo heavy metal les comió terreno. Muchos de aquellos grupos llevaban desde los años setenta, también. A mí me costó escuchar discos como Obstinato de Barón Rojo. O los de Ñu, de finales de los ochenta. También estaban algo cansados, las relaciones entre los miembros se desgastaban. Era una época rara, en la que subían los grupos más blandos, Sangre azul, y los más duros, Muro. Por eso pongo en el cómic al Venom, que era el más cañero: los otros escuchaban a Bon Jovi.

Venom es un personaje entrañable: el más puro.

Sí, pero me van a pegar por ahí por la segunda parte. Hay poco Venom. Pero le he comentado al editor la idea de hacer un cómic protagonizado por Venom, un poco más loco, black metalero, rollo satánico, dejándome llevar.

Creo que, como ha pasado ya tiempo desde la publicación del cómic, podemos hablar un poco del final, cuando, después de haber mostrado un ambiente deprimente, en el que hay pocas salidas, muestras un poco de esperanza, con ese momento en el que Venom le para los pies al padre de Suso, y el beso…

Es que yo tuve una experiencia parecida, aunque no fue tan visual, no habría quedado tan bien. Yo quería que no quedara la idea de que Venom era un borracho sin más. Por eso creo que lo redimo un poco, al final. No quería que se juzgara a los personajes. Detrás de ese chaval que la arma hay un problema. Detrás de un chaval que bebe mucho hay un problema, detrás de una chica que quema una silla en clase hay un problema. Pasaban esas cosas y seguirán pasando. Me apetecía dar la idea de que había una salida. De hecho, al personaje más problemático, el Jero, no lo retomo, porque es verdad que había casos perdidos, y me interesan menos.

Jero es de otra generación.

Si, bueno, es de la edad del Pepe y el Venom, 19 o 20 años. Comparados con los 16, hay un abismo, es la gente que folla de verdad, que se droga de verdad, y que se lía a hostias de verdad [risas].

Sí, es tal cual, cuando con 16 años ves a uno de 20, te parece un adulto.

Claro, y las chicas igual. Yo tenía en el colegio a una chica, en la que medio me baso para Adela… No creo que tuviera más de dos años más que yo, pero era la mujer más mujer que había visto en mi vida. Y era heavy hasta los huesos. ¿Cómo iba a hablar yo con ella?

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Una de las fichas en las que Núñez reflexiona desde el presente

Cambiando de tema, ¿cómo han ido las ventas del tebeo? Me decías que ha sido de los más vendidos tuyos.

Podría decir que ha sido el único vendido [risas]. Mis tebeos nunca han vendido mucho. Cuando me pasaban las cifras de venta, era como con los discos de Humbert Humbert. Tocábamos en todos los lados, sonábamos en las radios, fuimos a la tele… Pero las ventas siempre eran cuatrocientos y algo. Con mis tebeos, igual: cuatrocientos y algo. Muchas veces no he llegado a cobrar por ventas, no se cubría el adelanto. Pero Heavy 1986 ha funcionado. La tirada inicial de dos mil ejemplares está distribuida, se ha vendido prácticamente todo y ha salido la segunda edición. Cuando salga el segundo cómic, no sé si se venderá tan bien, pero arrastrará al primero. Es mi tebeo bien vendido, pero estamos hablando de unas cifras que están lejos aún de que permitan ganar mucho. Tal vez con el segundo…

Claro, si haces el segundo, luego la historia de Venom… ¿Te planteas crear una especie de universo en el que puedas ir generando historias?

Yo soy muy dado a cambiar constantemente de registro, así que eso me costaría mucho.

De hecho, lo que estás haciendo en La resistencia no tiene nada que ver.

Eso lo he tenido que parar, no tengo tiempo. Saldrá la cuarta entrega y ahí terminará. La segunda parte de Heavy la tengo que entregar en marzo. Como nunca he dibujado de forma muy elaborada se puede hacer rápido, pero tienes bloqueos, y no estoy acostumbrado a tener fecha de entrega… Pero sí que me planteo que cuando termine el segundo intentaré ponerme con el de Venom. Si puedo hacer cada tantos meses uno… pero necesito otras cosas también, claro.

Y cuesta mucho generar un volumen de ventas sostenible.

Para mí es un misterio por qué unos tebeos llegan a vender tanto.

Para mí también [risas].

No digo que sean malos, yo creo que si un tebeo vende mucho es por algo, aunque a mí no me gusten. Si algo llega a mucha gente es por algo. Con Sapristi, que forma parte de Roca, ha habido una distribución muy buena. Y además ellos han hecho mucha publicidad, funcionan como una editorial de libros. No me imaginaba que un tebeo mío iba a estar al lado de Peridis, o en la hora punta de la Ser. Es un tebeo, y es mío: ¿por qué le interesa a tanta gente? [risas]. Pero aunque haya funcionado bien no sé hasta qué punto puede ir a más. Yo lo he hablado con el editor y creo que hay mercado fuera. Lo bueno del fan del heavy es que es el más bestial que existe. No piratea tanto, es coleccionista por naturaleza, compra mogollón de merchandising. Salva Rubio, autor de Metal Extremo, me decía que es verdad que cuando uno dibuja un tebeo no tiene ni idea de si va a funcionar. Además, en mi caso, las editoriales a las que se lo ofrecía no lo querían. Estaba convencido de que estaba haciendo un tebeo que no iba a ir a ningún sitio.

¿Pensabas en autoeditarte?

No, no, desde el año 90 me niego [risas]. Pero, como me decía Rubio, hay muy poco escrito sobre heavy. Hay películas de coña, eso sí, pero hay pocas que visualicen el heavy. El mundo del heavy metal está muy estereotipado y la mayoría de la gente lo desconoce por completo.

Además, se ha impuesto la visión del heavy cazurro, que rompe puertas con la cabeza.

Es como todo, si algo no te gusta… sólo verás sus defectos. Con el heavy, existieron unos defectos de base, y todavía te encuentras gente que habla de ellos, pero ahora mismo esos defectos son un porcentaje mínimo. Cuando alguien quiere menospreciar el heavy te sigue hablando de machismo, de cazurrismo… No quieren escuchar las cosas buenas del heavy, la cantidad de bandas femeninas que hay, la cantidad de buenas letras, los buenos músicos, la cultura que hay detrás. Todo lo que no les gusta lo ridiculizan. Se hace con Operación Triunfo y se hace con el heavy. Están cayendo en algo que no les gustaría que hicieran con su música. Es acoso en toda regla.

Sobre todo cuando hablamos a veces de fans muy jóvenes que tienen derecho a tener su propia música. Todos hemos escuchado mierdas y horteradas cuando éramos jóvenes, pero es un derecho que da ser joven.

E incluso cuando eres mayor [risas].

¡Claro!

Todo es muy raro. A mí me gustan muchísimo algunos discos de música mainstream con un toque levemente rock y un matiz muy sentimental. Como Fearless de Taylor Swift. Me parece un discazo. Yo lo transformaría en un disco de AOR, pero tiene el estilo de Taylor Swift, que en ese momento tenía un punto ligero de country y de pop rock. Estos discos están bien tocados, bien interpretados… No pretendo que sean el mejor disco del mundo. Creo que a veces se nos pasa por alto mucha música porque nos quedamos con el cliché.

También hay tendencias, modas… De repente ahora está de moda reírse de Queen o Dire Straits, pero hace no tanto tiempo, para la mayoría de la gente eran la leche…

Claro, eran los grupos más exitosos que había. Yo noto algo que a mí no me interesa nada, y que me ha hecho alejarme de las redes sociales, que es una epidemia de cinismo puro.

Sí, totalmente.

Es algo que ensucia todo. Incluso aunque opines igual, ensucia. Es una opinión personal, pero creo que ahora hay una tendencia a meternos con todo. ¿El amor romántico? Basura. ¿Taylor Swift? Es una pedorra. De repente somos súper exigentes. Todo lo que escuches tiene que ser serio y trascendente. ¿Pero tú te crees que Taylor Swift no se toma en serio su música? Tanto como Leonard Cohen. Pero está hablando a gente joven que tiene problemas emocionales. Cohen habla a gente mayor… que tiene problemas emocionales [risas]. ¡Es la misma mierda! Es así de claro. Y si no te gusta la música sentimental y de llorera, escucha otra, así de sencillo. Hace ya bastante tiempo puse un vídeo de Faster Pussycat en Facebook. Un vídeo con tías tetonas, que era como debían ser los vídeos de glam, rollo L.A. Yo nunca me he sentido identificado con Faster Pussycat ni con el rollo de Mötley Crüe, pero me molaban esas bandas. No me sentía identificado, no iba conmigo. No era como escuchar una canción de Rosendo, evidentemente. Pero ¿y qué? Era su mundo. Y cuando puse un vídeo una chica me escribió: «¿de verdad te gusta esto?». El problema que yo veo es que a través de las redes sociales todos somos jueces. Hemos llegado a un punto en el que incluso aquellos a los que admiramos son súper criticables. Tú estás delante del ordenador y vas a cortar todas las cabezas que puedas, incluso de gente a la que admiras y te ha dado placer. ¿Qué importa si yo pongo un vídeo en el que salen chicas con las tetas operadas? ¿A quién le puede molestar? ¿Qué sabes de mí por hacer eso? No sabes nada.

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Mötley Crüe

Además creo que sucede una cosa: si examinas productos culturales del pasado bajo parámetros actuales, todo te va a parecer clasista, o machista, de mal gusto…

Y van a seguir pasando los años, y todo lo que ahora parece adelantado y moderno quedará desfasado, no va a llegar a ser a lo que vamos a aspirar en el futuro, a la perfección. A mí hace tiempo que me la suda la perfección. Cuando alguien viene y me dice «es que Alice Cooper es cristiano». Me la suda. ¡Johnny Cash era cristiano! Y Beck es cienciólogo. Qué más da. Yo no puedo ir con una lupa moral todo el rato. Obviamente, tú puedes escuchar una canción de Obús o grupos así, y lo que antes te parecía normal, ahora te parece raro. Pero ¿has tenido la vida de esas personas, sabes lo que sienten? A lo mejor están interpretando, jugando a ser macarras, exagerando las cosas.

¿Por qué no se entiende que una canción puede ser ficción?

Porque a veces son tan parecidas a la realidad, que piensas que si un tío con pinta de chungo canta una canción chunga, tiene que ser chungo. Y no estoy tan seguro: Marilyn Manson tenía pintas chungas, cantaba canciones chungas y cuando descubres su vida ves que era el tío que se sentaba atrás, el que se llevaba las collejas, y está haciendo arte. ¿Vamos a volver a la polémica de si la canción aquella de Slayer implica que son nazis porque habla de un campo de concentración? Yo me topo con mucha gente que ve reaccionario el heavy metal. Pero ¿qué heavy metal? ¿El de las canciones de Barricada, cantando sobre mujeres maltratadas antes de que nadie hiciera ni caso al tema del maltrato? ¿Obús hablando de mujeres con problemas de drogas y prostitución? El heavy se ha ocupado de esos problemas mucho antes que cualquier gurú indie. Las heavies de mi edad que me encuentro están encantadas de estar en el mundo del heavy metal, están encantadas de pertenecer a él, son tías con una actitud muy parecida a la del heavy. Hoy he leído el titular de una entrevista a Doro Pesch, de Warlock, una de mis ídolos desde que era joven, y decía que la música va más allá del género o de si ella es mujer. Tere de Desechables no se preocupaba tampoco de eso, simplemente estaba ahí, como dice en el documental El Peor Dios. Las diosas del metal tampoco dan explicaciones.

En el tebeo las dos chicas son muy independientes, van solas a todas partes…

Claro, es que era así. Y había violencia para chicos y chicas. A mí me han atracado un montón de veces, y de la misma manera habrá chicas que hayan tenido situaciones violentas. Cada persona tiene su propia experiencia. Generalizar es un problema, tener tan claro donde está el problema de las cosas… El heavy siempre ha sido un mundo paradójico. ¿Qué hacíamos todos los chavales siguiendo a un montón de tíos en mallas? ¿Era un mundo totalmente heterosexual? No lo creo. Y cuando despegaron grupos como Bon Jovi, Europe o Mötley Crüe aquello se llenó de chicas, y obviamente algunas tuvieron interés por tocar. Yo no critico lo que no me interesa. Por ver un par de vídeos de reaggeton no soy un experto. Es un mundo desconocido para mí, no sé qué piensan, qué quieren… Por eso no entiendo que gente a la que no le interesa el heavy metal lo critique de esa forma.

El otro día leí una entrevista a Dee Snider [de Twisted Sister] en Mariskal Rock. Otro de mis ídolos. Y resulta que es amigo de Donald Trump. Snider defendió en los ochenta delante de la mujer de Gore que él tenía toda la libertad del mundo para cantar lo que quisiera, porque era ficción, cuando hubo mucha polémica con el rock duro; aquello fue una cruzada que, básicamente, era censura. Y Dee Snider explicó que cuando Trump le pidió usar We’re not gonna take it en campaña le dijo que sí, pero luego empezó a ver que decía cosas racistas, contra los mexicanos y demás, le llamó y le pidió que dejara de usarla. Y esa misma noche dejó de utilizarla. El entrevistador insistía: «pero es tú amigo». Y el contestaba que representaba algo que le parecía feo, pero con él no hablaba de política. Yo a veces desconfío un poco de la gente que tiene amigos que se parecen demasiado a ellos. Era el talón de Aquiles del mundo de las tribus urbanas. Cuando yo entré en la escuela de arte y mis compañeros eran un skin, un rockabilly, una siniestra… eso enriqueció mi mundo. Obviamente cuando yo iba con gente más heavy cada persona era diferente, e incluso escuchaba una cosa diferente. Esa idea de ser todos iguales mató a las tribus urbanas.

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Dee Snider, de Twisted Sister

Claro, la endogamia. Es que hay un momento en la vida en la que puedes vivir en esa burbuja, pero llega un momento en el que tienes que ir a estudiar o a trabajar y chocas con la realidad de que la gente que no es de tu tribu también son personas y te pueden aportar cosas.

La mayoría de la gente, aunque siga siendo parte de una tribu, a partir de cierta edad, ya se permiten escuchar otras cosas. Ya no tiene nada que ver.

Es que esa actitud es insostenible.

La idea de tribu tiene mucho que ver con la época, con la llegada de ciertas estéticas llamativas para los adolescentes, con la necesidad de tener una familia propia, porque la de verdad fallaba estrepitosamente.

Necesitabas juntarte con gente que te comprendiera.

Ahora entiendo que la gente joven no tenga la necesidad de unirse a una tribu urbana. Porque tienen una madre y un padre con el que pueden escuchar la misma música, ir al mismo concierto, o hablar de un problema sexual. Eso no lo teníamos entonces. Tu reducto de amigos era la familia. Y era más fácil escuchar lo mismo y vestir igual. Además es que hay poca gente que no haya tenido algún grado de identificación con un grupo, al menos en mi época.

Lo curioso es cómo relativizas todo cuando te das cuenta de que si tus circunstancias hubieran sido otras, a lo mejor en lugar de ser el más heavy habrías sido el más rapero. Y no pasa nada.

Depende del ambiente. Cuando yo entré en el instituto, mi amigo Antonio me hizo más heavy que el viento, pero teníamos un amigo, Willy, que era un breaker. Y otro amigo que hacia surf y cuyo mundo eran los Rolling Stones y Rod Stewart. Lo que estaba guay era saber con quién podías contar. Pero sí creo que hay ciertos gustos que tienen que ver con las actitudes… Si disfrutas de los mismos temas de Ozzy Osbourne es más fácil que tengas una actitud similar. El heavy es una música muy pasional. De hecho la falta de pasión fue lo que en determinado momento me alejó del punk. Me interesa cómo se toca punk, pero no compartía su actitud.

Al final uno puede escuchar cosas que quizá no sean lo mejor del mundo, pero conectas con ello.

Claro, cuando yo digo que yo puedo disfrutar de Fearless no es porque me parezca el mejor disco del mundo, pero lo escucho y siento cosas. Esa parte mía que creo que no va a cambiar nunca, que a veces soy como una niña fan de diez años de Taylor Swift. Esa parte también me hace disfrutar de cosas como Survivor. Quizá por eso también me cuesta disfrutar de cierta música pop, como Cher o Madonna, que tiraron al baile. Pero los dos o tres primeros discos de Madonna me gustan mucho. Con cada música te puedes identificar con una cosa. Yo conecto con la parte emocional del heavy, y por eso el thrash siempre me costó más, era más broncas, yo no encontraba respiro [risas]. Tampoco me gusta que algo sea tan bruto como para que me acelere. Yo soy de las personas que, para bien o para mal, si estoy melancólico me pongo música melancólica. Yo me pongo Misplaced Childhood de Marillion, que es uno de mis discos favoritos, no tiene un momento malo, y que me pilló en un momento hiperemocional. O mucha música country. Si estás cabreado, te pones música de cabreo, black metal y cosas así. De esta forma siento más las emociones. Con lo que nunca he conectado mucho es con la velocidad de Ride the Lightning y cosas así. Y mira que ahora parecen lentos.

Hay determinados tipos de música que te tocan la fibra sensible, como cuando estás viendo una película de Spielberg y de repente te echas a llorar porque te han puesto un violín. Aunque también reconozco los momentos sensibles de verdad, por cosas serias.

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Carátula de Ride the Lighting, de Metallica

Es una reacción química, los sonidos graves y agudos nos afectan de formas diferentes.

Sí, claro. Hay un documental en el que aparece una neuróloga que explica que cuando te ponen música clásica no se activan las mismas zonas del cerebro que se activan con el heavy o el metal extremo. En ese caso se ponen en marcha los mismos mecanismos que cuando hay violencia. Eso no significa que tú seas violento, sino que esa música sirve para activar la zona de un modo controlado, como cuando alguien está boxeando. No has perdido el control. Cuando alguien está bailando y gritando, alabando a Satanás en un concierto… no estás matando a nadie.

Es ficción.

Claro, es como cuando ves una película de terror y pasas miedo, aunque sepas que es ficción. La primera vez que yo vi La matanza de Texas sentí pánico real. Y si se activan las mismas partes del cerebro cuando estás escuchando la misma canción, supongo que puede crearse cierta hermandad, una unión. Es lo que decía Bruce Dickinson: que él estaba cantando para la última fila. Ésa es una buena actitud, no hacer las cosas sólo para uno mismo. Por eso creo que los tebeos y los libros que tienen éxito lo tienen porque están hablando a los demás.

¿Que se hacen pensando en la gente que los va a leer?

No, no es tanto eso como que, por el motivo que sea, conectan con la gente. Incluso leyendo un cómic como María y yo, aunque Gallardo haya hecho un tebeo sobre su experiencia y esté hablando de él, básicamente, yo creo que el tema llega a mucha gente. No creo que nadie dibuje con la idea de que le guste al público solamente, pero a veces conecta, te das cuenta de que le está llegando a la gente. Y eso es algo en lo que el heavy puede dar sopas con onda a muchos otros géneros.


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