Nubes de talco, de Amanda Baeza

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Amanda Baeza es una chilena de veintiséis años afincada en Lisboa, representante de una vanguardia personal e inserta en una tradición que en principio podría parecerle ajena a esta tendencia basada en la experimentación gráfica: la autobiografía.

Baeza, que gracias a Fulgencio Pimentel ha publicado su primer libro en castellano al tiempo que visitaba el GRAF e impartía un taller de dibujo, ofrece en Nubes de talco muchas cosas interesantes. La primera es, sin duda, un estilo definido, una voz pura y original pero ya plenamente hecha y al mismo tiempo en evolución. Pero —lo estamos aprendiendo aún— tener un «estilo definido» en el cómic contemporáneo no significa dibujar siempre igual. Muy al contrario, Baeza muta constantemente en función de la pieza y sus necesidades específicas, y el «estilo» hay que encontrarlo en cuestiones enos obvias: la cualidad moldeable de las formas, muchas veces masas de color puro sin delimitar por líneas, los rostros esquemáticos, la ruptura de la representación naturalista del espacio… Pero ese lenguaje se plasma con gramáticas diferentes, con técnicas diferentes.

Siempre se mantiene una constante en su narración, que es igualmente antinaturalista. Es decir, lo que se cuenta no es una reconstrucción de su recuerdo como si la estuviera reproduciendo de un modo objetivo, desde fuera, siguiendo un modelo de narración neutro y cinematográfico. Las escenas no responden a una lógica, porque Baeza parte de una certeza que muchos otros autores autobiográficos soslayan: los hechos tal y como sucedieron se han perdido para siempre y son irrecuperables. ¿Qué queda, entonces? Las emociones, las imágenes deformadas tras años de anidar en nuestro cerebro, a veces algo inconexas. Baeza no reconstruye lo que pasó, sino la impronta que dejó en ella. Es una autobiografía emocional, por inventar algún palabro que alcance a explicar un poco su trabajo.

¿Y cómo se hace una autobiografía emocional? Se podría recurrir a herramientas convencionales que hemos asociado siempre al cómic más intimista: diálogos reconstruidos, cartuchos de texto que cobijen a un narrador subjetivo en primera persona que nos vaya relatando cómo se sentía la protagonista en aquellas situaciones que la marcaron en el pasado. Las herramientas también son conocidas en estos casos: se tiende a un dibujo sintético, un grado de caricatura que potencie la empatía, porque se trata de conmover a los lectores para que sientan lo mismo que la protagonista, el uso de primeros planos de rostros… Baeza escoge otro camino, porque parte de otro mundo, de otro bagaje como autora, más cercano a las bellas artes y a las últimas corrientes de vanguardia. Y en ese camino la empatía no se va a lograr mediante fórmulas explicativas o textos emotivos. La transmisión de ideas y sensaciones se consigue, por el contrario, a través de elementos gráficos que logran una impronta en nosotros que va más allá de lo que podemos verbalizar, aunque también haya palabras en el trabajo de Baeza, sobre todo en las primeras páginas.

Así, en «Los niños desvelan lo que los adultos esconden» los textos son aún convencionales, en cierta medida, y Baeza narra la marginación que sufrió cuando su familia se trasladó de Chile a Portugal, de un modo que se asemeja a las narraciones de trauma de otras autoras de autobiografía. Sin embargo, ya comenzamos a apreciar rasgos significativos: personajes deformes, maleables, un uso del color innovador y una representación gráfica de la xenofobia abstracta, pequeñas rayas negras que salen de la boca de alguien y se esparcen por el aire hasta impregnar a la pequeña Amanda. En «Bombas» continúan los textos más o menos realistas, pero la representación gráfica se vuelve más extravagante y simbólica, aunque adopte una forma en blanco y negro en la que se adivina la influencia de Michael Deforge, uno de los faros de la generación de Baeza. A partir de ahí, la autora se va desatando. En realidad, ignoro si las historias han sido ordenadas siguiendo un orden cronólogico, pero en todo caso hay una progresión en el grado de abstracción narrativa y en el espíritu libre y onírico de Baeza, que va extrañando cada vez más los diálogos, desprovistos de la lógica de las dos primeras piezas, y se sumerge en lo inconsciente y emocional sin cortapisas. «Clavo oxidado» es fantástico, y las dos partes de «Hueco» se sumergen en sus recuerdos de la escuela de arte y la figura de un profesor de escultura para subvertir los discursos dominantes y enfrentar sus dudas como joven artista de un modo nada obvio, lleno de símbolos.

«Vértices y aristas» explota la cuestión del arte desde un cromatismo abrumador, que contrasta con la oscuridad de dos figuras. Se habla de arte, pero también de ideas y de relaciones personales: todas estas cosas pueden modelarse. Ese mismo uso del color, tan osado, aparece en «Mi cara adentro» y «Mi cara afuera», piezas de raíz autobiográfica, tal vez, pero desarrollo delirante, con los colores y las formas reformulando rostros y alterando la percepción de la realidad. Son, en mi opinión, dos de las historias más logradas, aquellas en las que Baeza consigue transmitir mejor a través de lo visual una serie de sensaciones, en el caso de la primera, y una historia aparentemente real de una mujer llamada Cova en la segunda. «Una caja» es también un derroche de color en una recreación cromática e irreal de un suceso en el que igualmente puede intuirse la inspiración real, que Baeza eleva al terreno de lo surrealista y lo simbólico.

Cuando se ha llegado a ese punto en el que lo que menos importa de una historia es si sucedió como se cuenta —porque lo gráfico ha desbordado lo argumental—, sabemos que hemos llegado a un estado de ánimo distinto, una alteración de la manera en la que consumimos historias, de modo que lo importante ya no es comprenderla sino sentirlas. «Un rostro escuchando a fuller», la última de las piezas del libro, resume tal vez mejor que otras —otras incluso mejores— ese ideal en el que el texto altera tanto nuestra percepción como las imágenes, y supone también un broche a una colección de talento impresionante. Amanda Baeza presenta sus credenciales en Nubes de talco de la mejor manera posible, dejando que su trabajo hable por sí solo.

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