Still Life, de Luis Bustos

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En una naturaleza muerta, los elementos del cuadro quedan suspendidos en el tiempo, inalterados para siempre al plasmarlos el pintor en el lienzo. Por eso tiene sentido que este cómic experimental de Luis Bustos, publicado por Libros de Autoengaño, se titule Still Life: en él, los elementos de un chiste aparecen, de entrada, inalterados, pues el chiste se cuenta siempre igual, una y otra vez. Es la gracia del chiste. La señora siempre pierda a Mistetas, el policía siempre querría verlas.

En este caso, se trata del clásico del cazador y el oso, que termina con la punch line que todos conocemos: «Me parece que tú a este bosque no has venido a cazar…». Lo que vemos cuando abrimos el cómic es el momento final de ese chiste, con la frase al pie —como en las viñetas clásicas de humor—, repetido una y otra vez, ya que la página 3 está tres veces repetida. Es una especie de loop que representa la repetición del chiste. Pero Bustos juega con la idea de que en toda serie, la iteración puede acabar produciendo fallos, variaciones sutiles que desencadenan el derrumbamiento de toda la estructura, con resultados inesperados. Por eso es tan adecuado que el tebeo esté impreso en risografía, un sistema de impresión que produce pequeñas variaciones en cada uno de los ejemplares resultantes.

En este caso, el fallo en la secuencia provoca no sólo interesantes variaciones gráficas —logradas por medios mecánicos: tramas que se desplazan, contornos de figuras que se repiten, como movidos—, sino también que los dos personajes del chiste, que no lo eran en su sentido moderno en tanto que no tienen verdadera psicología, adquieran conciencia de dónde están. Despiertan, y entonces se encuentran en un entorno desconocido, y no saben qué hacer porque de pronto tienen libre albedrío; ya no son simples mecanismos del humor. «Soy una persona, no un muñeco en manos de quien nos haya colocado aquí», declara el oso que, como los osos no hablan, piensa que tal vez sea una persona disfrazada de oso.

La ruptura de la serie provoca un efecto en cadena que degenera hasta la abstracción gráfica, mientras los dos personajes discuten sus opciones para salir de allí. La resolución, además de desconcertante, es emocionante, porque el mayor logro de Bustos es, precisamente, que en muy pocas páginas los dos estereotipos, dos meros elementos de un gag, se conviertan en humanos y nos importen sus destinos. El giro final, que no voy a desvelar, es sorprendente y brillante.

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