Mundo Plasma, de Calpurnio

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Hace tres décadas nació El bueno de Cuttlas, que además de ser mi western favorito del cómic es una de las obras más veteranas del mercado español. El hecho de que se haya publicado casi siempre en periódicos o suplementos, sumado a la engañosa sencillez del trazo de su creador, puede ser la causa de que rara vez la crítica se haa acordado de ella. Pero Calpurnio es un dibujante brillante, y eso no puede olvidarse. No sólo por la chispa cómica que emana de cualquier página protagonizada por Cuttlas, sino porque no hay fórmula en ellas: con una sencillez desarmante, con cuatro monigotes y tres rayas, Calpurnio ha encontrado siempre la manera de innovar y experimentar.

Y, sin embargo, el formato le constriñe. Uno puede hacer muchas cosas en una sola página, desde luego, pero no todo es posible. El salto a la obra larga, al relato más desarrollado, le ha sentado fantásticamente a Calpurnio, y eso se aprecia en cada viñeta de Mundo Plasma. La edita Reservoir Books y fue ganadora  del Premi Ciutat de Palma de Còmic 2015. Y es, ante todo, una locura. El argumento es lo de menos, pero existe: Mister Plasma y Señora Culoseco se enamoran y van a un hotel, del que descubren que no pueden salir y que está poblado por toda una colección de seres surrealistas. Para añadir caos, nada mejor que tomar uno de los géneros con una estructura más sólida y rígida que existen, el criminal, y hacer saltar sus normas por los aires: Mundo Plasma contiene uno de los whodunnit más desquiciados que he leído nunca.

En el pequeño universo de este cómic la realidad es algo dúctil y maleable, y, por tanto, puede pasar cualquier cosa: el escenario carece de reglas, ni siquiera las más elementales de la física. Todo es azaroso, y, a veces, la realidad se ajusta a lo que los personajes necesitan: otras, la mayoría, parece conspirar contra ellos. El hotel al que llegan Señora Culoseco y Mister Plasma —que pronto tendrán un pequeño vástago— es el clásico espacio infinito, recurrente en la ficción fantástica: sin ir más lejos, recuerda al edificio de Alter y Walter (Pep Brocal, Entrecomics Comics, 2013) o el barrio de Las calles de arena (Paco Roca, Astiberri, 2009), y remite a la literatura clásica, en realidad, porque ¿qué es un laberinto sino un espacio infinito, desde el punto de vista del sujeto encerrado en él?

Sin embargo, hay una novedad en el espacio imaginado por Calpurnio: no sólo el espacio es mutable, sino que también lo son todos los personajes que lo habitan, de un modo u otro. Son representaciones de emociones o valores que pasan sus días entregados al hotel, sabedores de que nunca podrán salir de él. Sólo los dos protagonistas lo intentan, sin éxito. Y si hemos dicho que en ese espacio la realidad se altera constantemente, entonces no hay verdad ni mentira, y por tanto tiene mucho sentido que Calpurnio recurra a elementos del imaginario del misterio: un alien gris, una invocación satánica, o una castiza cara de Bélmez. Otro de los personajes es literalmente un retrato robot, cuyo aspecto «depende de lo que la policía sabe de mí» (p. 43). Todo puede existir y todo puede suceder en este espacio dibujado con las líneas mínimas, donde las distancias y los tamaños carecen de importancia, como sucede igualmente con las normas más básicas del dibujo académico. No puede sorprender en alguien que ha trabajado durante tanto tiempo un maravilloso esquematismo en la serie del vaquero Cuttlas.

El absurdo de las situaciones y los diálogos logra un humor muy particular, que no recurre a gags ni punch lines, sino más bien a una atmósfera que envuelve cada página, y al desarrollo (i)lógico de las diferentes situaciones, especialmente cuando los personajes son conscientes de su situación como tales, y se muestran sabedores de que están en un escenario y en un tebeo, e, incluso, llegan a romper la cuarta pared al interpelarnos. Hay también algo musical en el ritmo y la repetición en Mundo Plasma que me recuerda poderosamente a Krazy Kat, y no se me ocurre mejor pariente para un cómic con vocación poética y/o surrealista.

Ni gráfica ni argumentalmente debería haber límite alguno para lo que podemos encontrar un cómic. Ni en ningún otro medio, en realidad. Pero, quizás, es en la historieta donde esa celebración de la libertad creativa y formal puede llegar más lejos, porque no hace falta un gran presupuesto ni existe ya un entramado industrial que exija a cada obra un rendimiento económico mínimo. Calpurnio, un clásico moderno, se ha reivindicado como parte de la vanguardia más iconoclasta.

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