Safari Honeymoon, de Jesse Jacobs

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Con Por sus obras le conoceréis Dehavilland dio a conocer al público español la obra de Jesse Jacobs, uno de los autores jóvenes más interesantes de la escena de la small press norteamericana, portador de unos valores estéticos y narrativos que parten de la revolución que supuso Chris Ware y llegan a terrenos argumentales que van más allá del realismo y el costumbrismo manejado por gran parte de la novela gráfica contemporánea. Jacobs, como Johnny Ryan o Michael DeForge, parecen querer volver al terreno del género, de la ciencia ficción y la acción física, pero ya no pueden recuperar la inocencia: han comido de la fruta prohibida de la novela gráfica y ahora, sencillamente, no saben volver a un tiempo en el que el cómic era más ingenuo. Sin embargo, sí que pueden filtrar ciertos tropos a través de la sensibilidad artística del cómic actual, de vocación más artística, para ofrecer obras refinadas que desde la experimentación formal provocan sensaciones básicas equivalentes al fervor infantil que nos despertaban las páginas crudas de los comic-books de antaño.

Por eso pienso que ese grupo de autores, a los que Santiago García bautizó como primitivos cósmicos, son los auténticos herederos de la fuerza atávica de un Jack Kirby que, enmarcado en los códigos de un género comercial e infantil, se esforzó siempre en representar lo abstracto y lo inefable.

Jacobs, como Deforge, es un autor netamente formalista, un perfeccionista de línea pulcra y cerrada, de impecable ejecución, y que incluso cuando estudia la naturaleza huye de la representación naturalista y reinterpreta las formas orgánicas. Esto es, desde luego, lo primero que sorprende y me interesa de Safari Honeymoon, el nuevo cómic del autor publicado por Dehavilland. La obra parte de una premisa más o menos común que Jacobs subvierte: un matrimonio blanco, urbanita y de clase alta se regala un safari con motivo de su luna de miel. El evento se desarrolla en una jungla exuberante y alienígena, un espacio salvaje, vivo, que a veces parece un solo ente orgánico, lleno de extraños animales parásitos. Jacobs se recrea en lo gráfico, en las formas geométricas de la vegetación, en el diseño de los monstruos, o en la comida que el matrimonio devora despreocupado. Pero hay varias cuestiones centrales que el análisis formal no debería esconder.

La primera de ellas es quizá la más obvia: la crítica al colonialismo blanco, encarnado en un matrimonio atontado, infantil e ingenuo, que precisa de un guía que los proteja constantemente y mate a toda criatura que los amenace, amén de procurarles una estancia lo más cómoda posible, sin que echen en falta ninguno de los lujos que disfrutan en la civilización. En la relación entre ser humano y medio está presente siempre una amoralidad absoluta: para el guía es una cuestión de supervivencia; para el matrimonio, un juego.

Pero mientras este aspecto puede resultar un tanto obvio desde el primer momento, no lo es tanto otro más profundo, que tiene que ver con miedos igualmente profundos: el miedo al parásito desconocido, a lo otro, a aquello que no comprendemos y que puede invadirnos. En este caso, la invasión ataca a los cuerpos: toda la jungla está llena de criaturas que pueden introducirse por cualquier orificio y controlar las mentes o alimentarse «del alma». Y es interesante cómo trata Jacobs esto, porque nos transmite ese miedo sin que el matrimonio protagonista nunca sea consciente del peligro realmente: para empezar, porque se exponen a él voluntariamente.

Cuando, por supuesto, el caos se desata, sin embargo, el peligro de los parásitos acaba siendo vencido sin utilizar las técnicas propias de la «civilización», o mediante la violencia constante que aplica el guía contra cualquier criatura que respire a diez metros del campamento, sino gracias a otras criaturas superiores —y no por casualidad son las de apariencia más humana—, que abren la puerta a un conocimiento más profundo y una visión del mundo menos limitada. De este modo, la sentencia que encontramos en las primeras páginas, «Todo, a su debido tiempo, se reduce a su estado más primitivo» adquiere un significado inesperado, y lo que era una naturaleza agresiva y letal se transforma en un espacio de paz espiritual. Pero el cambio se ha operado en la percepción y comprensión de los individuos que eran los verdaderos invasores, no en el medio en sí.

Es destacable también el sentido del humor de Jacobs, que impregna toda su obra y se traduce en un acercamiento lúdico a los temas que trata, en perfecta sintonía con el espíritu de aventura ligera en la que se nos sitúa desde el principio, a pesar de que el sólido estilo del autor —de mis favoritos de su escena— no podría estar más alejado del que acostumbramos a encontrar en los cómics clásicos de aventura. En Safari Honeymoon lo visual es un estado mental, un escenario simbólico en el que incluso el color —sólo se emplean tonos de verde— nos está transmitiendo un extrañamiento que nunca se despega de nosotros: puede pasar cualquier cosa, y en el mero desfile de criaturas —hay páginas enteras, maravillosas, en las que no hay acción; sólo una sucesión de viñetas con fauna y flora— reside un sentido de la maravilla impregnado de cierta sensación malsana muy atractiva.

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