El perdón y la furia, de Antonio Altarriba y Keko

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La relación entre arte y crimen es bien conocida en la historia cultural contemporánea, desde que Thomas de Quincey escribiera Del asesinato como una de las bellas artes; hay algo en la profanación de la carne que trasciende la moral y puede tener una incómoda cualidad estética. Prueba de ello es la frecuencia con la que el tormento, la tortura y el asesinato aparecen en la historia universal del arte, pero también la popularidad de las historias de crímenes, contadas en las obras de masas con todo lujo de detalles: incluso cuando la finalidad es moralista, es el regodeo en la sangre y en la violencia lo que convoca al público, como sucedía en los espectáculos del Grand Guignol, o como sucede hoy con los aficionados al cómic que disfrutamos de los tebeos de Shintaro Kago o Suehiro Maruo.

Preguntarse si hay una estética en el crimen es una cuestión incómoda, porque entonces se plantea un debate que implica la subordinación de los valores morales a los artísticos. Esa pregunta se respondía, aunque fuera de un modo perverso, en la anterior obra de Antonio Altarriba y Keko, Yo, asesino (Norma Editorial, 2014), donde un profesor universitario cometía intrincados asesinatos sin más finalidad que la artística. Hay dos cosas muy incómodas en las acciones del profesor Ramírez Rodríguez: la primera es que no son la obra de un loco o de un psicópata; y la segunda, que no tienen castigo.

En este segundo libro que ha producido el mismo tándem se investiga en una dirección diferente, aunque con no pocos puntos de conexión. Se trata de El perdón y la furia, un cómic más breve que el anterior, encargado por el Museo del Prado, dentro de la línea en la que se publicó, el año pasado, el magnífico Tríptico de los encantados de Max. Si antes hablábamos de la relación entre arte y crimen, podríamos también hablar de la que existe entre crimen y cómic —fue uno de los géneros más populares del comic book americano en los años cuarenta y cincuenta—, y, por supuesto, la que existe entre cómic y pintura. En un principio, este tebeo, como gusta llamarlo Keko, trata sobre la figura de José de Ribera, el Españoleto, pintor al que ahora se dedica una exposición en el Prado. A partir de ahí, Altarriba y Keko tuvieron total libertad para desarrollar la historia dentro del mismo universo fictional en el que sucedía lo contado en Yo, asesino. De hecho, el protagonista, Osvaldo, es el doctorando tutelado por Ramírez Rodríguez de aquella historia, que ahora, convertido en profesor, continúa su investigación sobre la obra de Ribera e intenta contestar a una pregunta clave: ¿fue Ribera un pintor religioso, o un virtuoso interesado en las posibilidades estéticas que le brindaba la representación del dolor?

Para contestarla, Osvaldo se propone convertirse en Ribera, para poder reproducir las Furias, incluyendo las dos que se consideran perdidas. Como si del protagonista del borgiano Pierre Menard, autor del Quijote se tratara, el profesor intenta vivir como el pintor del siglo XVII y usar sus mismas herramientas para meterse en su piel y lograr reproducir su arte. Pero si el personaje de aquel cuento lo hacía desde la resignificación del relato, idéntico al de Cervantes pero con nuevos sentidos motivados por el contexto diferente, Osvaldo pretende encontrar el significado verdadero del arte de Ribera: la magia.

Sigamos desgranando relaciones: la de la magia y el arte es bien conocida, ya que no han sido pocas las veces que se ha comparado con la magia el acto creador del artista, que convoca lo que no existe o proporciona la inmortalidad a un retratado. Más allá de eso, y por seguir rizando el rizo, recordemos cómo el crimen se convertía en un acto de magia transformadora en From Hell (Planeta, 2000-2001) de Alan Moore y Eddie Campbell. El modus operandi de Osvaldo es, no obstante, bastante diferente al de Sir William Gull: mientras el doctor concebía cada asesinato como un sacrificio que, una vez completado el acto mágico, le permitiría acceder a un conocimiento superior, el emulador de Ribera mata mendigos sin demasiadas ceremonias con el único fin de replicar la leyenda que asegura que el Españoleto empleaba sangre de santo para sus pigmentos. El acto de magia es otro muy diferente, y tiene que ver, en realidad, con la composición de las cuatro Furias y la relación entre sí. Pero, sin embargo, el resultado sería, en teoría, similar: la iluminación del autor.

La trama de El perdón y la furia es más sencilla que la de su precedesor, quizá por las necesidades que impone la menor extensión. También es más íntimo, porque el protagonista está recluído en una torre y apenas si sale para conseguir la sangre que necesita. Es visitado por una compañera de departamento y por el profeso Quintana, lo cual permite a Altarriba intercalar el monólogo interior de Osvaldo con los diálogos con sus visitantes. Es un elemento importante del ritmo de este cómic, como también lo es la presencia de dos secuencias con un tono gráfico diferente, que remiten a los grabados antiguos y reproducen desde el estatismo dos sucesos de la vida de Ribera, que sirven como una especie de interludios de la trama principal. Hay algún deus ex machina introducido con ingenio y oficio, como la aparición de dos bocetos de Ribera, imprescindibles para que el protagonista pueda culminar su tarea. El final es intencionadamente precipitado y anticlimático, y recuerda, lejanamente, a los finales irónicos de EC Comics.

Todo se debe, en mi opinión, a que el principal interés de Altarriba y Keko es reflejar cómo el arte puede convertirse en una obsesión que lo absorba todo. Ese retrato de la locura artística se ve potenciado por el magnífico trabajo de Keko, que, como de costumbre, emplea las masas negras para construir espacios sin aire, asfixiantes, que multiplican la obsesión de Osvaldo. En esta ocasión, como en Yo, asesino, también introduce toques de un rojo muy puro para representar la sangre y otros elementos, pero, creo, aquí consigue resultados mejores y menos obvios, al menos en páginas como la 22, en la que la sangre se desliza por el lienzo a medias que está pintando el protagonista. Las miradas también son importantes en la obra, porque a través de ellas Keko puede transmitir tanto la locura como la maldad. Me gusta, especialmente, la viñeta en la que Osvaldo pierde la mirada de espaldas a la puerta mientras su compañera de departamento llama con insistencia (p. 14).

Pero hablamos de un cómic que gira en torno a la obra de José de Ribera, y por eso es importante analizar la forma en la que dialoga con ella. Mientras que Max tomaba los temas y personajes del Bosco para crear varias historias relacionadas en El tríptico de los encantados, Keko emplea citas a cuadros del pintor en viñetas que dibuja en su propio estilo, pero cuando tiene que representar los cuadros mismos, Keko opta por el mismo recurso que empleó en Yo, asesino: reproducir el cuadro tal cual. Aunque en El perdón y la furia en lugar de en blanco y negro, aparecen en color, lo que produce un efecto de contraste que en un principio puede parecer chocante, pero que pronto revela su función más importante: ese contraste logra que la obra de Ribera, obsesionado con representar la realidad minuciosamente, parezca mucho más real, porque destaca contra el mundo oscuro y con cierto toque de caricatura de Keko. Y es un efecto que potencia los temas del libro, porque logra que la realidad de los cuadros sea más real y tangible que el mundo real y, de este modo, la obsesión del protagonista cobra una cualidad física.

El perdón y la furia, como el trabajo anterior de Max, es un ejemplo de cómo el cómic puede dialogar con las artes consideradas mayores en otros tiempos sin complejos y sin subordinaciones con vocación didáctica. Altarriba y Keko han hecho una obra profundamente personal, que se inserta con naturalidad en la línea de la anterior y de la que están preparando en estos momentos, Yo, loco, pero al mismo tiempo encaja en el espíritu de esta colección impulsada por una institución que está apostando fuerte por su promoción, lo cual me parece una noticia excelente.

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