Klezmer 5: Kishinev de los locos, de Joann Sfar

klezmer-5

Klezmer es una de las series más libres y extrañas de Joann Sfar, un autor que normalmente ya suele tener un claro afán rupturista en sus cómics. Pero en Klezmer la osadía de Sfar para romper con cualquier canon alcanza su cima. Y en este quinto volumen, Kishinev de los locos, que Norma ha publicado dos años más tarde de su fecha original, el autor francés se vuelve más críptico que nunca.

Klezmer comenzó contando las andanzas de un grupo de judíos, músicos ambulantes que se ganan la vida con sus canciones en la Europa de este de un punto indefinido —y deliberadamente ahistórico— entre el siglo XIX y el XX. Había mucha alegría, mucha amistad y mucho sexo en esas páginas de dibujo rápido y ricas acuarelas que remitían al fauvismo y que no tenían igual en el cómic contemporáneo. Frente a otras series donde el contenido filosófico o político parecía más central, como El gato del rabino o El pequeño mosquetero, en Klezmer la sencilla alegría por estar vivo acaparaba toda la atención. Sin embargo, en la quinta entrega la serie se adentra en el terreno de las ideas, con un dibujo en ocasiones mínimo, conceptual, aunque tan vibrante y expresivo como siempre. Pero los personajes parecen, por momentos, existir en un terreno que ya no es material.

Los constantes cambios de tono gráfico, a los que en este volumen se suman los cambios en los materiales de dibujo, potencian la sensación de irrealidad: lo que estamos viendo tiene un anclaje en lo real, en sucesos reales que marcaron un hito en la historia de los judíos europeos, pero la manera en la que se representa afecta a cómo lo percibimos: se menciona al zar, y se entiende la narración en el contexto de los pogromos atroces de la época, pero se tiñen de cierto color mítico.

Una de las cosas más interesantes de Sfar es que no siente ninguna necesidad de mantenerse fiel a ningún canon previo de sus propias creaciones. No son series equiparables a las clásicas francobelgas donde el principal valor era ser fiel a los orígenes, mantener siempre el mismo tono y dar a los lectores una ración más de lo mismo, con apariencia de cambio, quizás, pero al final y al cabo igual en lo esencial. Las series de Sfar son un reflejo deforme de aquel ideal; ni siquiera existe una cohesión gráfica dentro de las páginas del mismo libro, así que es inútil esperarla entre una entrega y otra. Tampoco antepone la coherencia narrativa a sus propios intereses. Cuando precisa volver a una serie siempre es porque quiere contar algo que encaja en ese subuniverso, y no porque sienta la obligación de ofrecer una nueva aventura de unos personajes. Si no siente esa necesidad nunca, simplemente la serie queda en el aire. Admito que como lector esto, a veces, puede ser desesperante, pero, en el fondo, creo que es un error considerar que Sfar está haciendo una serie tal y como se entendía hasta ahora. No importa tanto saber qué pasa con unos personajes concretos, sino conocer qué va a contarnos Sfar a través de ellos.

Todo esto lo digo porque Klezmer, pese a que recupere a los mismos personajes de los libros anteriores y haya cierto vínculo narrativo con ellos, podría leerse de forma independiente, ya que apenas hay referencias a ellos. Tiene mucho más que ver con los intereses de Sfar en los últimos años, en los que ha reflexionado mucho sobre la religión y el fanatismo, desde un punto de vista decididamente humanista y comprometido con el laicismo y la razón como forma de superar los conflictos religiosos. Por ello, la persecución violenta de los judíos del este se sitúa en Kishinev de los locos en un lugar central. Los personajes se mueven rápidamente por escenarios esbozados, y dialogan sobre cómo pueden enfrentarse a una situación límite, cuál es la respuesta. El gitano Tchokola opta por la violencia, pero al mismo tiempo lucha para que un gran poeta presencie el horror —que Sfar dibuja de un modo expresivo—, porque a pesar de su violencia mantiene la ingenuidad de que, de algún modo, si un gran literato narra el horror las gentes comprenderán y dejarán de matarse entre sí. El resto de los personajes intenta sobrevivir y mantener la alegría, mientras viajan en un tren que los lleva a un destino incierto, símbolo de la diáspora. Pero hay algo muy significativo: hay risas, hay amor y hay sexo: pero nunca se toca una sola canción. Y eso no podría ser más significativo en Klezmer.

Este tomo se terminó en febrero de 2014, casi un año antes del ataque terrorista a la redacción de Charlie Hebdo que Sfar trató en profundidad después, en Si Dios existe (Confluencias, 2016). Estas páginas en las que los cosacos quieren matar a los poetas y a los músicos casi parecen estar advirtiendo de qué podía pasar en esta Europa en plena deriva ideológica, en la que el binomio entre razón y fe está viviendo uno de sus momentos más tensos. Para representar todo eso, el Sfar más extraño que recuerdo tiene que reinventarse y convertir su historia en algo diferente, pero igualmente brillante.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s