Paracuellos 7. Hombres del mañana, de Carlos Giménez

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Sorprendentemente, Carlos Giménez, a sus 75 años, no levanta el pie del acelerador y sigue produciendo obra tras obra, aunque con resultados dispares. En 2016, de hecho, publicó dos tebeos; el interesante pero irregular Crisálida y este regreso a Paracuellos, quizá su mejor serie, o al menos su serie bandera. Hombres del mañana es el subtítulo para la que es ya la séptima entrega, publicada por Reservoir Books. Hay sin duda algo significativo en el hecho de que Giménez entregara en Crisálida la primera obra en décadas en la que hablaba de su presente, de un modo, además, bastante oscuro, y acto seguido volviera la mirada al pasado, que al mismo tiempo duro —sus años en los Hogares de Auxilio Social— y brillante —los viejos tiempos del boom del cómic adulto y las revistas, que Giménez añora y reivindica siempre que tiene oportunidad—. Volver a Paracuellos, no obstante, también tiene algo que lo emparenta con Crisálida: la sensación de claudicación, de volver a lo que sabe popular e interesante para sus lectores. Pero, sorprendentemente, este regreso al pasado me ha resultado superior a la mayoría de obras recientes.

La producción contemporánea de Giménez, no obstante, creo que pese a altibajos tiene obras de interés. Malos tiempos: 36-39 es una serie en general tenida por menor dentro de su producción, pero a mí me resultó muy interesante, con alguna historia brillante, aunque su tono apueste por algo no siempre fácil de manejar: lo dramático. Las nuevas entregas de sus tres series fundamentales en los setenta y ochenta, Paracuellos, Barrio y Los profesionales pueden no ser tan sorprendentes o relevantes como las originales, pero, sobre todo las Barrio, me parecen excelentes. Hombres del mañana, de hecho, tiene más en común con aquellos nuevos libros de Paracuellos publicados por Glénat al principio del siglo XXI que con las primeras y duras historias publicadas en los setenta. Como en aquellas nuevas entregas, la séptima es más amable, más centrada en las aventuras de los niños internos y con cierto humor. Es un giro que, en cierta forma, ya se empezó a anunciar en las últimas historias publicadas en los setenta; de hecho, este séptimo libro recupera algunos relatos en prosa que Carlos Giménez escribió para la edición francesa de Paracuellos. Así, junto a historias conocidas, como la compra por correo de la colección completa de El Cachorro —contada desde otro punto de vista, con una anécdota diferente— encontramos otras nuevas, como la búsqueda de un balón colado al otro lado del muro, y conocemos detalles del día a día en un Hogar.

El dibujo de Giménez, ya muy funcional, alejado de experimentos formales como los que aún ejecutaba en su regreso a sus series fundacionales —recordemos Barrio 2, donde prescindía de viñetas—, funciona perfectamente, porque la caricatura que caracteriza al Giménez maduro se ajusta de forma especial a las historias protagonizadas por niños. No hay ya una crítica social o política explícita, aunque el hambre y los modos marciales de monjas e instructor —el siniestro Antonio, aunque aquí muestre su cara amable— están presentes. Se trata, más bien, de mostrar historias emocionantes, recuerdos de infancia propios o ajenos, porque la intención del autor siempre fue mostrar que incluso en la miseria y el terror los niños siempre siguen siendo niños. Ahora, con 75 años, parece que Giménez mira a ese pasado duro con cierta dulzura, y quizá no exactamente, nostalgia, pero sí emoción. La rabia descarnada de aquellas primeras historias fueron fundamentales entonces, en los años setenta, cuando pocas cosas se habían escrito sobre esos Hogares siniestros, y la memoria histórica era un concepto aún por formular en España. Tras esa denuncia, parece que Giménez ya no tiene necesidad de subrayarla en cada nueva visita a ese universo, y prefiere centrarse en lo positivo, que, es a su modo, igualmente reivindicativo: ni el régimen más asfixiante puede nunca impedir que los niños sean niños.

Puede que, efectivamente, no haya nada nuevo en Paracuellos 7. Hombres del mañana, pero me ha resultado una lectura más que agradable. El formato de historia corta siempre ha sido el que mejor ha manejado Giménez, y volver a un terreno conocido y dominado le permite dar lo mejor de sí. Sí, no es original, no reinventa nada, y, por supuesto, no puede ser nunca una obra tan relevante y rupturista como lo fue en su origen, pero me parece el mejor Giménez de los últimos años.

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