¿Quién es el 11.º pasajero? de Moto Hagio

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Si la lectura de ¿Quién es el 11.º pasajero? me ha resultado tan interesante no ha sido sólo por el incuestionable gran talento de Moto Hagio, sino también por la importancia de ser de las primeras de la autora en publicarse en castellano. Hagio es una figura destacada del Grupo del 24, un conjunto de autoras que le dieron una vuelta de tuerca al shojo, género de manga orientado a niñas que hasta los setenta se caracterizaba por ofrecer historias bastante cursis, realizadas, en muchos casos, por hombres.

Moto Hagio y sus colegas comenzaron a ofrecer otro tipo de historias, aún con marcas de género claras, pero más variedad temática. Sin ir más lejos, ¿Quién es el 11.º pasajero? es una saga de ciencia ficción especulativa y espacial, muy en la línea del trabajo de Leiji Matsumoto. El dibujo de Hagio bebe de él, pero también de Osamu Tezuka o Ishinomori, lo cual no es extraño: todos los mangakas lo hacían en esa época. Se confiesa, además, influida por la literatura de ciencia ficción popular en los setenta, lo cual es evidente leyendo este libro publicado en España por Tomodomo.

Sin embargo, la obra de Hagio tiene cualidades únicas y extrañas, que me han resultado muy destacables y significativas, y más teniendo en cuenta que las introduce partiendo de postulados bastante clásicos dentro del género de la ciencia ficción. En un futuro en el que la Tierra ha conquistado el espacio y establecido múltiples colonias en las que la humanidad ha evolucionado de formas variadas, una universidad estelar realiza una peculiar prueba de acceso: en grupos de diez, los jóvenes aspirantes son llevados por sorpresa a unas naves donde deben sobrevivir durante cincuenta y tres días. Pero, nada más entrar en la nave, los diez aspirantes del grupo 22 descubren que son, en realidad, once personas. Once chicos, todos ellos afirmando ser realmente estudiantes, sin que nadie confiese ser el infiltrado. Por supuesto, lo que viene a continuación es un thriller con mucho de psicológico, en el que Hagio nos va llevando de sospecha en sospecha, con buen ritmo, y sin trucos baratos. Tampoco es que finalmente importe la resolución del misterio, porque, por el camino, se va centrando cada vez más en las relaciones entre los diferentes personajes. Funciona muy bien, y el maravilloso dibujo de Hagio se recrea en los artefactos futuristas y en los atuendos de los protagonistas —como suele ser habitual en este tipo de mangas—. Y, además, introduce un personaje clave, de análisis imprescindible. Frol es una persona andrógina, un hermafrodita sin sexo definido, hasta que al pasar la adolescencia, según la costumbre de su pueblo, tomará unas hormonas que decidirán su sexo. Según las normas, Frol ha de definirse como mujer, pero su intención es llegar a ser un destacado estudiante en la universidad y así poder escoger, pues, rebelado contra ese mandato social, quiere convertirse en varón. Se trata, en un primer momento, de una trama sorprendentemente queer, donde se está presentando —nada menos— a un personaje que lucha por su derecho a definirse por el género y el sexo que le dé la gana, en el Japón de los años setenta: una de tantas cosas sorprendentes de una sociedad tan cerrada y conservadora para unas cosas y con tanta manga ancha para otras.

Pero Frol comienza a hacerse muy amigo de Tada, un chico con poderes mentales limitados, con una belleza más masculina, aunque siga los cánones del shojo. Al final de la historia original de este tomo, cuando se hace patente la atracción mutua entre ambos y se prometen, Frol cambia de idea… sí, se definirá como mujer, tal y como dicta su sociedad, para poder casarse heteronormativamente con Tada, y formar una pareja tradicional. Es un giro conservador nada sorprendente teniendo en cuenta la época, pero que da pie a que, mientras llegue el momento de la definición sexual de Frol, se comporten como una pareja.

Todo eso se ve, y, de hecho, se adueña del centro del relato, en las siguientes historias incluidas en este volumen, una suerte de secuelas más irregulares y derivativas que narran un conflicto diplomático y bélico entre naciones espaciales. Frol y Tada, es evidente, se convirtieron en los favoritos de las lectoras de la revista Shojo Comic, donde se serializó ¿Quién es el 11.º pasajero?, y las siguientes entregas asumen el fan service. Se cierra el código del shojo y del shone-ai, el subgénero que muestra relaciones amorosas entre chicos sin sexo explícito, y todo se vuelve más convencional, menos mestizo. Hagio se recrea mucho más en el físico de los protagonistas, exagera los ojazo a lo Candy Candy en escenas adornadas con flores y destellos, y ofrece a sus lectoras un par de besos que a buen seguro desataron las hormonas de más de una y más de mil. Aunque la trama de aventuras está ahí, y, desde luego, es importante que esté, y el manga no sea una cursilada detrás de otra sin más, no hay tanta acción directa como parece: los personajes rara vez entran en combate, y se limitan a ir de un planeta a otro, parlamentando y desarrollando su historia de amor. Tiene algo de space opera interesante, y, por supuesto, el dibujo de Hagio es igualmente soberbio, incluso, tics de género al margen, es mejor que en la historia original. Pero ha perdido la cualidad única que tenía aquélla, su contundencia de relato redondo, y la transgresión del personaje de Frol, aunque la conclusión de la historia se encargue de desactivarlo convenientemente.

A juzgar por el buen recibimiento que ha tenido ¿Quién es el 11.º pasajero? no sería sorprendente que en el futuro cercano viéramos más obras de Moto Hagio publicadas en nuestro mercado, que está viviendo una interesante y necesaria recuperación de clásicos japoneses inéditos. Confío en que no tengamos que esperar mucho.

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