Disparen al humorista, de Darío Adanti

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Cualquier ensayo gráfico me interesa a priori por el mero hecho de serlo, pero si, además, gira en torno a cuestiones espinosas, mucho mejor. Y creo que el ejercicio del humor hoy lo es. De ahí que haya leído con calma Disparen al humorista, un libro de Dario Adanti que recientemente ha publicado Astiberri. El cómic, organizado en capítulos que Adanti ha ido publicando en diferentes medios, emplea personajes y estilo de dibujo recurrentes en el autor para analizar diferentes aspectos del humor. Adanti lleva años reflexionando y leyendo sobre el tema, de modo que en las páginas de Disparen al humorista puede ofrecer ideas originales sobre los aspectos más afilados del tema que ha escogido estudiar.

La lectura es muy amena y fluida, no sólo porque todo está contando por personajes simpáticos como Palito y Fabricio o Mr. Cabeza de Tostadora, sino porque el texto nunca asfixia, que es uno de los riesgos que siempre tiene hacer un ensayo gráfico. Hay mucho de Max, una influencia declarada de Adanti, y también mucho de la animación clásica, sobre todo en las figuras de los personajes. También es interesante el empleo de diagramas y esquemas, algo que recuerda a una obra con la que ésta guarda no pocos puntos en común, No os indignéis tanto (Astiberri, 2013) de Manel Fontdevila, si bien en este caso no se profundiza tanto en las posibilidades de la diagramática en la comunicación gráfica como en el ensayo de Fontdevila.

Con todos estos elementos, Adanti, historietista con bastante experiencia ya, es capaz de expresar sus propias ideas acerca de la naturaleza del humor, tanto cultural como biológica. Es un punto de partida necesario para afrontar, después, algunos de los problemas más complejos que aborda la disciplina: la censura y la autocensura, los ataques a la libertad de expresión y la corrección política que reduce, poco a poco, los límites de lo parodiable. Aunque el libro luzca en su cubierta la frase «Un ensayo gráfico sobre los límites del humor» y, efectivamente, éstos se rebatan con argumentaciones sólidas, hay mucho más: se trata, en realidad, de un alegato a favor de la libertad de sátira y la ausencia de barreras a la misma. Pero se trata de un tratado que, más que ofrecer un hilo argumentativo coherente, ofrece una ráfaga de ideas y aforismos, quizá por su naturaleza recopilatoria. A veces, como puede suceder en el capítulo que trata de la relación del activismo y el humor, deja la sensación de que el interés del tema daba para más. No importa, porque es efectivo y las consignas de Adanti calan y permiten el debate en torno a cuestiones que van más allá del ejercicio de los humoristas y tienen que ver, también, con el tipo de sociedad que estamos cultivando.

Parte del mérito del dibujante es exponer las contradicciones: lamentar las muertes de los humoristas de Charlie Hebdo pero pedir la retirada inmediata de cualquier chiste sobre la religión católica, por ejemplo. También sus propias contradicciones acaban expuestas: por ejemplo, cuando recuerda, en las páginas finales, que tras esos atentados argumentó que el humor debería convertirse en religión para gozar de la misma protección de las creencias. Más allá de eso, es muy interesante todo lo que tiene que ver con los mecanismos profundos por los cuales funciona un chiste: la frustración de las expectativas, la sorpresa en el relato, o bien la capacidad de la sátira para ayudar a afrontar una catástrofe. El humor es terapéutico, sobre todo por su capacidad de representación simbólica.

Y es que ésta es una de las argumentaciones más sólidas del libro: el humor es representación, y por tanto ficción. No es la cosa en sí, sino que es una representación deformada con fines humorísticos y críticos. Es una historia, dicho de otro modo, y como tal no tiene por qué expresar la opinión del autor, ni, por supuesto, ser apología de nada. La postura de Adanti aquí es radical: nada de censura. Y lo argumenta, en otro de los puntos más interesantes y lúcidos del libro: los límites que queramos ponerle al humor siempre serán subjetivos, porque dependerán de la mirada personal. Si no podemos reírnos de ninguna creencia religiosa, entonces no podemos reírnos de nada que alguien en algún lugar del globo reclame como su creencia religiosa. Y recordemos que existen países donde la religión jedi ha logrado la oficialidad. Lo mismo sucede con cualquier otra cuestión, porque, en realidad, el sentimiento de ofensa es libre. Si eliminamos todo humor que ofenda a alguien, estamos, de facto, eliminando todo humor. Por tanto, no hay ningún motivo para que el mero hecho de que alguien se sienta ofendido tenga que ser causa de censura del chiste.

Es, quizás, un problema de contexto y de difusión. Como el propio Adanti explica, lo que antes se limitaba a  un ámbito privado, o en del contrato entre una publicación y sus lectores, ahora puede volar por todo el mundo a través de las redes sociales. Y lo hace desprovisto de su contexto, de modo que, incluso, podría pasar por opinión real. Lo estamos viendo a diario en internet: bromas de programas de humor atribuidas a políticos reales, parodias de actitudes negativas que la gente toma como apoyo a las mismas… Es sintomático que, en el momento en el que más representaciones consumimos, éstas sean interpretadas con mayor literalidad que nunca. Y todo esto, claro, sin entrar en las diferencias de opiniones y en lo mal que ciertas corrientes de opinión tienden a encajar todo lo que se salga de sus márgenes, a un lado y a otro del espectro ideológico.

La aparición de Disparen al humorista casi coincide en el tiempo con una absurda polémica en torno a un cartel de Carnavales realizado por Guitián, en el que se ve a un hombre disfrazado de Papa con signos de embriaguez. La reacción ante el dibujo, al margen de evidentes intereses partidistas por parte de los denunciantes, demuestra que hay una batalla cultural que se está librando día a día, y que tiene como principal punto de disputa la separación de realidad y representación. La pipa de Magritte es más necesaria que nunca. También lo son libros como éste, que son las mejores armas en una guerra simbólica que, tal vez, pueda aún ganarse.

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