Catálogo de bunkers, de Marcos Prior y Jordi Pastor

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Botas semióticas pisoteando mis neuronas (Catálogo de bunkers, p. 90)

Que Marcos Prior es uno de los autores españoles mejores y con más interés en reflejar la sociedad actual es algo que a estas alturas no puede escapársele a nadie. Cada trabajo suyo, en solitario o en colaboración con otro dibujante, añade una capa más a ese gigantesco retrato del hoy que está construyendo. Un retrato, no podía ser de otra manera, sombrío, pesimista a veces, en el que se ofrece un relato de la deriva, económica, política y, finalmente, social que el mundo occidental protagoniza, y en el que, a través de la apropiación e inversión de la retórica neocon y lo transmedia, ofrece su propia versión de la realidad. Fragmentada, por supuesto.

Catálogo de bunkers, realizado junto a Jordi Pastor, es su cómic más reciente, y aparece tan sólo un par de meses más tarde que Gran hotel abismo (Astiberri, 2016), que facturo con David Rubín. Son dos obras que guardan no pocas semejanzas, aunque sean, por puesta en escena e intención, muy diferentes. Pero es cierto que ambas se ambientan en un futuro distópico, aunque mientras que en Gran hotel abismo nos situaba en un futuro imediato, en esta nueva obra todo parece suceder tras una gran catástrofe; cataclismo que, por otro lado, en realidad podría suceder pasado mañana.

Catálogo de bunkers es uno de los relatos más directos de Prior; al contrario que en Gran hotel abismo, hay unos protagonistas claros, algo que no veíamos desde Potlatch (Norma Editorial, 2013), con Danide. Formalmente es sencillo, al menos en apariencia: no vemos aquí la fragmentación típica de obras como El año de los cuatro emperadores (Diábolo, 2012) o Necrópolis (Astiberri, 2015), donde Prior emulaba diferentes medios para configurar su historia; no hay, en Catálogo de bunkers, citas a las redes sociales o al lenguaje publicitario, una de las víctimas favoritas del autor. No las hay, entre otras cosas, porque no queda nada de eso en un mundo desolado que sólo muestra las consecuencias del mundo en el que esos elementos acabaron por llevarnos a un fallo del sistema total.

Eso no significa, por supuesto, que no haya mucho que leer y analizar en este libro, aunque, como sucedía en Gran hotel abismo, exista una densidad textual menor. De hecho, incluso diría que a un nivel general encontramos menos información por página, de un modo que sólo puede valorarse como deliberado, dado que Pastor adopta un estilo ligero, con pocos elementos en cada viñeta, y una atractiva síntesis de las formas que desdibujan ese futuro distante y parece seguir el camino de Bastien Vivès. Sin embargo, hay que prestar atención a ciertos detalles. Está el hecho de que la contraportada contiene un texto que, más que presentar el contenido del cómic, nos aporta una información que jamás leeremos en las páginas interiores: que el adulto protagonista se llama Erik K., que estamos en el mundo superviviente de la conocida como «Segunda Tormenta Perfecta Mundial», y que Erik K. viaja con su hijo Alexander atacando y saqueando todos los búnkeres cuya localización y claves de acceso conoce porque trabajó en la empresa que los fabricaba antes del fin de la civilización.

El juego narrativo es interesantísimo: este texto de la contraportada es el único que encontraremos que da voz a un narrador extradiegético, aparentemente omnisciente, que nos advierte de que todo lo que cuenta Erik K. es un puñado de «fabulaciones delirantes» que cuenta a su hijo con el fin de justificar sus actos brutales —Erik K. se dedica a asesinar a todos los ocupantes de los búnkeres—. Y hay, evidentemente, mucho de fábula en todo lo que un protagonista con un trastorno obvio cuenta a su hijo —los capítulos, de hecho, llevan por título los nombres de típicos personajes de cuento—. Erik K. siempre explica que conoce a sus víctimas, que eran malvadas, que tuvieron la culpa de su caída personal y familiar. Nosotros no tenemos más elementos para saber si el sujeto miente que lo que vemos y escuchamos y ese texto de contraportada del que nos fiamos por nuestros prejuicios adquiridos acerca de cómo leer ficción, pero Prior se mueve siempre en una deliberada ambigüedad: no sabemos nunca qué hay de cierto en sus relatos del mundo anterior a la catástrofe. No sabemos si trabajó en una empresa que fabricaba bromas, Jokers, que decidió reorientar el negocio a la fabricación de búnkeres, Bunkers, ni si efectivamente conocía a todos aquellos que ocupan los búnkeres que asalta. Alguno de ellos, en un momento de descuido, parece negarlo todo y advertir a Alexander de la locura de su padre, pero todo es confuso, y tal vez el personaje miente para intentar salvarse o justificarse ante el chiquillo. Hay, eso sí, una evidente sorpresa en cada uno de los asesinados que hace pensar que, efectivamente, Erik K. miente en lo que respecta a esa parte de sus relatos.

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Esta ambigüedad entre lo que es realidad y ficción, y los efectos que ambas tienen en Alexander, son, en mi opinión, las cuestiones clave de Catálogo de bunkers. Porque en este cómic no importa si lo que se cuenta es cierto o no, sino el hecho de que justifica una serie de actos. O, dicho de otro modo, que apoya y legitima una determinada visión del mundo. En los relatos incoherentes de Erik K. se entreveen los coletazos del mundo de las start ups y la política económica y laboral neoliberal, pero incluso aunque hubiera parte de verdad en ellos, eso carecería de importancia. Como explicaba en la presentación de la obra en Barcelona el propio guionista, de algún modo, Erik K. representa a los autores, y el niño podría ser el lector, al que le cuentan historias que no puede saber si son ciertas o no. Si nos parecen mentiras es porque reflejan un mundo que rechazamos y justifican actos execrables. Pero, desde luego, hay a quien le podrían parecer ciertas. Es irrelevante, como decía, y lo es más si llevamos la analogía un paso más allá: Erik K. bien podría ser una metáfora de los medios de comunicación, que cuentan aquello que es necesario para legitimar una ideología concreta, o una figura política en particular. Si eso que se ha dado en llamar postverdad es algo, es esto: un estado de las cosas en el que es irrelevante que una verdad lo sea. No hace mucho, Donald Trump aludió a un supuesto ataque en Suecia que jamás se había producido. Al día siguiente se justificó diciendo que lo había visto en televisión, pero la semilla ya se había sembrado: el argumento era válido para sus fieles porque ese ataque, aunque fuera falso, reforzaba la idea de que hay que cerrar las fronteras a los migrantes de países árabes. Y sí, por supuesto, a todos nos parece fatal que el presidente de los EE. UU. utilice de ese modo una información falsa, y no es la primera vez que lo hace. Pero no hace nada que no haga muchísima gente que admite y difunde hoaxes por redes sociales; historias y testimonios que no ha comprobado, pero que asume como ciertos sin ningún tipo de juicio crítico… porque se ajustan a su sistema de creencias. Y, del mismo modo, estamos siempre dispuestos a creer que nuestros adversarios políticos pueden decir y hacer las mayores barbaridades. Eso y no otra cosa es lo que hace Erik K.: contar todo lo que sea necesario para convencer a un niño de diez años de que él es bueno y los demás son malos, y que todo lo que hace es no sólo necesario, sino imprescindible para garantizar la supervivencia de su hijo.

Catálogo de bunkers puede leerse, claro, como una especie de versión politizada y pasada de vueltas de La carretera de Cormac MacCarthy o Lobo solitario y su cachorro, de Koike y Kojima, pero para mí es, ante todo, un tratado práctico sobre cómo funciona la información en el mundo actual, y cómo la diferencia entre verdad y mentira —o realidad y ficción— está ya más allá de los hechos y se ha instalado en el terreno de la ideología. De hecho, esto me parece así incluso en el final del cómic, que puede desorientar al lector —como casi todas las conclusiones de los tebeos de Prior, parece ofrecer una cosa pero, en realidad, está ofreciendo otras— debido a la elipsis abrupta que nos presenta a Alexander ya sin su padre, viajando junto a un grupo que parece haber vuelto a un sistema de creencias precapitalista, animista, en el que tienen que pasar un rito de paso simbólico en una cueva prehistórica, con el fin de dejar atrás sus yoes pasados y convertirse en nuevas personas. Ha dejado atrás ese mundo posapocalíptico en el que los seres humanos se habían aislado unos de otros en búnkeres blindados donde sólo se hacían acompañar por las cosas que les gustaban en el mundo anterior: la literatura escrita por mujeres o las figuras de Warhammer, según el caso. El Catálogo de bunkers parece un final feliz, parece que Alexander, pese a la programación ideológica de su padre, ha conseguido ser una buena persona, gracias a esa comunidad que le ha ofrecido valores mejores… pero la dura verdad, para mí, es otra: toda la historia del rito de paso es otra ficción, otro conjunto de mentiras como el que le transmitía Erik K., sólo que en esta ocasión apoya un sistema de creencia que a nosotros, los lectores, nos parece más bondadoso. Pero todo es mentira. Y todo es verdad. «Botas semióticas pisoteando mis neuronas».

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