Cosmonauta, de Pep Brocal

Cosmonauta es la nueva obra de Pep Brocal, un autor intermitente en el cómic, compañero de fatigas de Padu y Manel Fontdevila en Mr. Brain durante los noventa, y centrado en los últimos tiempos en las obras infantiles y la ilustración. Alter y Walter o la verdad invisible (Entrecomics Comics, 2013) lo puso de nuevo en el mapa; es un libro fascinante, quizá injustamente minusvalorado, que situó a Brocal en el nuevo territorio de la novela gráfica, casi como si fuera una puesta a punto para que el autor reanudara su carrera, esta vez con cómics extensos. El siguiente paso ha tardado en llegar casi cuatro años, pero ha merecido la pena la espera.

Publicado por Astiberri —que continúa aglutinando a autores españoles de diferentes generaciones en su catálogo—, Cosmonauta es una obra engañosamente sencilla. Gráficamente, parece más simple que Alter y Walter, pero en su depurada caricatura ha encontrado Brocal un lenguaje directo, vivo y muy expresivo, con un uso del bitono azul y rojo muy emocional. Es significativo que emplee estas armas para abordar un género tan dado en los últimos tiempos al escrupuloso detallismo gráfico y a la representación de una tecnología plausible. Sin embargo, los maestros del género eran mucho más desvergonzados; ni Kirby ni Moebius se preocuparon nunca de que sus mundos fueran razonables. Tampoco Brocal lo hace: más bien huye deliberadamente de las convenciones del género y adopta elementos de historieta clásica, con referentes claros a Bruguera, por ejemplo, para contar una historia alegórica y, al mismo tiempo, muy real.

La historia arranca con Héctor, un hombre que vaga por el espacio, en una cápsula espacial muy sencilla, acompañado por una inteligencia artificial encargada de velar por él, una especie de Hal 9000 con retranca. El paso del tiempo —y de las páginas— desarrolla tanto la historia de su misión espacial como su historia personal, de modo que Cosmonauta propone un interesante y constante juego entre lo universal y lo íntimo, entre el fracaso de la humanidad que ha provocado su misión y su fracaso vital. Como en su obra anterior, Brocal hace que sus personajes hablen sin parar, siempre en el filo de lo que sería sobreexpositivo, pero sin caer nunca en ello. En este caso, además, tiene sentido que un tipo que está al borde de la locura y sin nada que hacer en su cápsula se dedique a contarle su vida a la única compañía con la que cuenta. Así, sabremos de su historia de amor frustrado, de su accidente, y de su decisión de acogerse al programa Second Chance Project, que tiene un doble significado, en consonancia con la doble dimensión de la obra: segunda oportunidad para gente como Héctor, perdido en la vida y sin nada que perder, y segunda oportunidad para la humanidad, pues la premisa del proyecto es que ciencia y religión han trabajado juntas para demostrar objetivamente la existencia de Dios, de modo que se plantea un viaje espacial de miles de personas en su busca, para pedirle cuentas de su gestión.

Por supuesto, no todo es lo que parece, y tras la ingenuidad de esa idea se esconden varios giros y sorpresas en la trama, que sirven a Brocal para reflexionar sobre la naturaleza del ser humano, la corrupción de la sociedad y la manipulación de masas mediante la religión… pero también mediante argumentos supuestamente más científicos. La desesperación y la falta de objetivos en la vida de una persona abocada a la precariedad en un mundo en el que la voracidad capitalista ha provocado la creación de una ciudad global que abarca toda la superficie terrestre, y una guerra igualmente global, convierten a dicha persona en un blanco fácil para las soluciones demagógicas, los planes mesiánicos y la manipulación más malintencionada.

De todo eso está hablando Brocal, bajo la pátina de ciencia ficción y el humor ligero. Está hablando, como las mejores obras del género, de los problemas de la sociedad actual. Héctor, un pobre diablo, se ve inmerso en un viaje alucinante que, por momentos, recuerda a 2001. Una odisea en el espacio, pero en cuyo tono encontramos posos del Max de Bardín el superrealista o Vapor: reflexiones sin ínfulas, vacile constante, y un persistente cuestionamiento de las normas a todos los niveles. Nada es lo que parece en Cosmonauta, y en su ambigüedad deliberada y su trazas de onirismo en donde Pep Brocal logra llevar su cómic a un terreno superior.

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