Febrero para galgos, de Peter Jojaio

Hay cómics que pueden salvarte la vida. De éstos hay muchos. Pero también hay cómics que pueden joderte la vida. De éstos otros no hay tantos, porque en el arte, para hacer el mal, hace falta ser mejor. Cualquiera —es un decir— puede conmover al lector con una historia bonita, pero pocos son capaces de lograr que terminemos un cómic aunque nos esté haciendo daño.

Estoy exagerando. Un poco, al menos. No es que Febrero para galgos nos vaya a destrozar para siempre, pero, desde luego, es una de las lecturas más perturbadoras que han caído en mis manos en los últimos años. Se trata de una obra oscura, llena de escenas turbias, cuando no directamente asquerosas. Peter Jojaio ha logrado algo muy complicado, y lo ha hecho sin un excesivo bagaje previo: algunas historias autoeditadas, alguna colaboración en fanzines o en Terry (Fulgencio Pimentel, 2014), y el cómic grapado Picnic saturnal (Apa Apa, 2016), título en el que se apuntaba en parte el tono de Febrero para galgos. Pero ésta ha sido, sin duda, su obra más completa y avanzada: un libro de 176 páginas publicado por Entrecomics Comics que se clava en la mente con saña y una belleza perversa y pervertida.

Gráficamente, el resultado es soberbio. Por eso el contenido de sus páginas resulta aún más negro: del mal esperamos que sea feo, pero siempre es más peligroso si es bello. Jojaio ha desarrollado un estilo limpísimo, pero con detalles desagradables, en los rostros feos de sus personajes, en la atención a los indicios de corrupción y decadencia, ya sea en la naturaleza o en los espacios urbanos. Hay manchas en su aparente superficie inmaculada que está reflejando una perversión moral siempre presente en la historia y sus protagonistas. Quizá podemos rastrear la huella de Chris Ware en las formas frías y puras con las que dibuja los espacios cerrados, pero ahí acaba toda relación con el autor estadounidense; de hecho, seguramente hay más de Charles Burns que de cualquier otro autor de novela gráfica en la manera en la que Jojaio mezcla sueños y alucionaciones con una supuesta realidad que se nos escapa de las manos. También pueden encontrarse elementos presentes en algunas películas de David Lynch o David Cronenberg: el simbolismo, la muerte, las escenas de carne corrupta… Pero, en realidad, cualquier intento de buscarle a Febrero para galgos una tradición clara se queda corto, porque Jojaio no es solo hijo de la cultura que ha recibido, sino también de su tiempo, y de sus propias circunstancias.


Podría hablar de las escenas más desagradables del libro, o de lo perturbador que resultan ciertos personajes —por ejemplo, ese hámster ligeramente antropomórfico, lo suficiente como para ser repulsivo—, pero seamos sinceros: la escatología o los personajes chungos llegan, a estas alturas, hasta donde llegan. Por supuesto que pueden ser desagradables y revolvernos las tripas, pero hace falta ese algo más que encontramos en las obras de aquellos artistas que pueden afectarnos de verdad: los Jan Svankmajer o Jim Woodring, que saben que hace falta siempre un poso psicológico, una corriente subterránea que se filtre a la superficie obvia y que cale de verdad en nuestro inconsciente. Jojaio lo sabe, desde luego, como sabe que nada nos perturba más que no saber qué está pasando en una ficción. Y en Febrero para galgos nunca sabemos del todo qué sucede. Sabemos que tenemos dos personajes sin nombre, dos niños marginados que sufren el acoso de dos matones en su colegio de los que van a vengarse, y cuyo mundo es completamente hostil. Sabemos que uno de ellos, aquel desde cuyo punto de vista narrador, aparentemente, seguimos todos los acontecimientos, tiene algún tipo de desorden mental que trata con unas pastillas que le provocan un efecto eufórico, representado por el autor a través de un cambio en el estilo del dibujo. Pero es el único caso en el que el tono gráfico nos da algún tipo de indicio sobre en qué punto del espectro de la realidad nos estamos situando. Por lo demás, todo lo que sucede en el libro está dibujado de un mismo modo, de manera que nada nos indica si es real o no, si es que tal adjetivo se puede aplicar en una historia como ésta, donde todo es maleable y blando y las cosas suceden sin explicación. Podemos dar por hecho que las reglas físicas del universo en el que transcurre Febrero para galgos son similares a las del nuestro, porque, al fin y al cabo, todo lo demás se parece, pero, evidentemente, eso no es más que un prejuicio. El hecho es que en las páginas de esta historia vemos un perro siniestro que habla, el ya citado hámster, extrañísimo, y muchas de las cosas que hacen los dos niños protagonistas son, como poco, raras. No hay textos extradiegéticos, y los diálogos se limitan a lo mínimo, y casi siempre tienen una función más emocional que expositiva. De modo que leemos la historia con la certeza de que algo se nos escapa, de que se está dejando en nuestras manos gran parte de la interpretación de lo que estamos leyendo, y eso es mucho peor: la imaginación se dispara, dudamos sobre si lo que vemos está pasando de verdad, o está solamente en la mente del perturbado protagonista. Y acabamos por darnos cuenta, claro, de que da exactamente igual, porque todo está pasando en una ficción; todo es mentira, pero todo es estrictamente cierto mientras dura el pacto entre autor y lector.

Dije antes que el estilo de dibujo de Peter Jojaio potencia el efecto que deja Febrero para galgos. También lo hace todo el aparato formal que despliega, con abundantes cambios de composición de página —que implican, claro, cambios de ritmo muy marcados—, que lo llevan a dilatar en cinco páginas la llegada de un ascensor —con cinco viñetas a página completa— o a resumir el paseo del protagonista por su colegio con un intrincado aparato arquitectónico. El silencio potencia las secuencias de violencia, en las que, normalmente, la mirada de Jojaio se clava en un punto; los momentos de los movimientos que escoge mostrar en las viñetas, a veces los previos a los golpes, a veces los instantes exactos en los que éstos tienen lugar, así como la ausencia de elementos gráficos que subrayen esos movimientos —como líneas cinéticas—, hacen que todo resulte muy incómodo: es como si no pudiésemos apartar nuestra vista de lo que está pasando, de esas peleas entre niños o entre niños y adultos, crudas y brutales.

El mundo visto a través de la mirada de Peter Jojaio parece ser un lugar muy negro, donde la empatía por los semejantes no existe y la naturaleza es tan hostil como la civilización. Febrero para galgos no es solo una hermosa y perversa obra de arte, sino que también es una de ésas que es capaz de arrebatarnos la fe en el ser humano.

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