Nuevas estructuras, de Begoña García-Alén

La obra de Begoña García-Alén ejerce sobre mí el hechizo de las cosas misteriosas, las que despiertan el deseo de profundizar y, al mismo tiempo, nos hacen saber que nunca vamos a desentrañar su secreto. Porque los cómics de García-Alén no son acertijos; no hay nada que resolver, y los significados que puedan tener no son tanto una cuestión metafórica, un «la autora aquí quiso decir», como, sencillamente, un juego estético en varias niveles, una evocación de sensaciones y un disfrute puro. A menudo, supongo que porque escribo bastante sobre tebeos de vanguardia, me encuentro con gente que me dice que no entiende este tipo de cómics, que no sabe cómo leerlos. Mi respuesta es siempre la misma: no hay nada que entender, no hay nada que se te esté escapando, no tienes que buscar el barco oculto en una lámina del ojo mágico. Para leer un cómic de García-Alén no hace falta saber mucho ni tener formación artística. Solamente hay que dejarse llevar y disfrutar de las sensaciones que nos suscita la lectura, al igual que uno no se pasa una hora cavilando frente a un cuadro de Pollock, sino disfrutando de su visión. Los análisis enriquecen la experiencia, qué otra cosa puede decir un crítico, pero ni son imprescindibles ni dejan coja la experiencia lectora.

No obstante, en realidad muchas de las obras de la autora no son puramente abstractas, aunque tenga buenos ejemplos de ello. En otras ocasiones, como varias de las historias incluidas en Perlas del infierno (Fosfatina, 2014) o La cueva (Fosfatina, 2015), en realidad hay una estructura más o menos clásica del relato, y una trama que puede seguirse, aunque, por supuesto, la puesta en escena, el desarrollo de la misma, no sea en absoluto convencional. Tampoco lo es la representación de la realidad, que aparece fargmentada, deconstruida… y, casi siempre, sin personajes humanos visibles.

Todo esto está presente en el nuevo libro de García-Alén, publicado por Apa-Apa. Nuevas estructuras es un trabajo rotundo y plenamente coherente, una historia larga que se inserta en las últimas exploraciones de la dibujante, que tienen que ver con las formas de los objetos, que convierte en iconos, pero también con el trabajo del color directo que ya habíamos podido ver en su excelente serie El espectador, publicada en Tik Tok. El color directo de García-Alén tiene una cualidad física, una textura irregular y densa, propia del acrílico o la témpera, que deja ver los movimientos del pincel y acerca el resultado a la pintura, aunque, por supuesto, esté concebida para ser impresa y reproducida técnicamente.

En las páginas de Nuevas estructuras se nos presenta a unas personas que llegan a una casa rural y se alojan en ella para cumplir el encargo de realizar un proyecto de ampliación de dicha casa; la creación de una nueva ala, pues el «espacio actual era insuficiente para sus habitantes» (p. 24). El cómic narra el proceso de construcción desde el punto de vista de un narrador al que nunca vemos; no sabemos ni siquiera si es hombre o mujer, o cuál es su edad o papel.

La casa tampoco se muestra nunca por completo; lo que vemos es una descomposición, partes, objetos de su interior, elementos de su estructura, la naturaleza que la circunda, o, en ocasiones, herramientas que se emplean en la construcción de la nueva ala del edificio. Begoña García-Alén experimenta con la yuxtaposición de los objetos y las formas en un plano abstracto, en el espacio en blanco —o de cualquier otro color— de la página, por la que distribuye los elementos, en una búsqueda constante de la armonía del conjunto. En esto tiene mucha importancia el juego constante entre simetría y asimetría, pero también las elecciones en cada caso; no hay nada casual. Los textos nunca aparecen como bocadillos, sino como cartuchos en los pies de las viñetas, lo cual no puede verse, en mi opinión, como un rasgo arcaico, sino más bien como una forma de dejar que lo visual sea lo protagonista, y de alejarse del bocadillo como elemento rápidamente identificable del cómic clásico. Tampoco podemos ignorar que las cajas de texto, normalmente horizontales y muy alargadas, permiten equilibrar la composición, ya que contrastan con las viñetas cuadradas o rectangulares, trazadas con lápiz de un modo muy sencillo; e incluso, a veces, sirven para dividir la página en dos zonas articuladas entre sí. Todo es equilibrio, composición… y estructura. El color también se administra buscando esa misma organización sobria y funcional, pero, al mismo tiempo, de pronto podemos encontrar con formas orgánicas no simétricas, aves o plantas, que atraen nuestra atención y florecen en el conjunto.

Nuevas estructuras parece, además, un desafío a la concepción del cómic como medio secuencial. Porque aunque el texto hace evidente que existe una secuencia de acontecimientos y, por tanto, un relato en el que el tiempo transcurre de un modo convencional, no encontramos una secuenciación evidente y directa entre las diferentes imágenes de cada página; rara vez se articulan en acciones, no hay movimiento —salvo representado de un modo sintético, como flechas vectoriales—, sino que sólo se muestran los elementos relacionados con cada momento del relato, más o menos simbólicos en cada caso. Incluso cuando aparece una secuencia de acción resulta trivial, porque no está aportando nada significativo, y cuya función es principalmente estética: por ejemplo, tres viñetas que muestran una jarra de agua llenando un vaso (p. 41).

Todo esto podría producir la tentación de considerar que este libro provoca un placer meramente contemplativo, pero el discurso de García-Alén no es tan sólo estético. De hecho, en este caso, y pese a que no se exponga de un modo convencional, hay un nivel semántico explícito que podemos aprehender, más allá de lo gráfico. En la representación de los elementos arquitectónicos se refleja la reflexión sobre los espacios habitables, la necesidad o no de que la función defina la forma y el papel de la decoración, así como lo efímero de las construcciones humanas cuando, súbitamente, una tormenta acabe con todo el trabajo que llevaban los obreros, en dos páginas hermosísimas que retratan la destrucción posterior (pp. 62-63).

En extensión y acaso en intención, Nuevas estructuras parece el trabajo más ambicioso hasta ahora de Begoña García-Alén, una autora innovadora e inquieta. Desde un formalismo que bascula entre lo abstracto geométrico y lo figurativo sintético, su obra siempre explora nuevos caminos y parece el producto de un discurso meditado. Este libro, editado con mimo por Apa-Apa, es un viaje sensorial, una experiencia  infrecuente en este medio, tan dado a la acción y a la peripecia. En Nuevas estructuras se mira al mundo con una mirada nueva, sin convenciones naturalistas, con una fragmentación que parece querer reflejar el verdadero modo en que se produce el proceso psicológico de la percepción de nuestro entorno. Más allá de eso, la publicación por parte de una editorial pequeña pero con mayor presencia en las librerías del estado que Fosfatina —la habitual editorial de García-Alén— puede verse como un paso más para que este tipo de cómic de vanguardia llegue a su público potencial, que no sólo se encontrará entre los lectores habituales que carezcan de prejuicios, sino también entre personas interesadas en las artes visuales contemporáneas, un espacio que García-Alén y otro puñado de nombres —Andrés Magán, Julia Huete, Roberto Massó, etcétera— están conquistando poco a poco.

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