La extraña historia de la isla Panorama, de Suehiro Maruo

Sólo por esa obra perversa y monumental que es La sonrisa del vampiro (EDT, 2013), Suheiro Maruo se merece todo lo bueno que se diga de él. Se trata de uno de los máximos representantes del terror y el eroguro japoneses, y su obra, muy coherente, ofrece un recorrido por motivos que revisita obsesivamente, así como una querencia por la violencia expuesta de un modo obsceno, embellecida y sinuosa. Pero hay dentro de su producción un cómic que, hasta cierto punto, parece escapar de esas coordenadas, y cuya reciente reedición por parte de ECC —actual editora de Maruo en España— he aprovechado para releer, porque, además, nunca había escrito nada sobre ella.

Se trata de La extraña historia de la isla Panorama. Está basada, como otras obras de Maruo, en una novela de misterio de Edogawa Rampo, un autor de principios de siglo XX, muy influido, según parece, por Edward Allan Poe y Arthur Conan Doyle. No he leído ninguna novela de Edogawa, pero tiene todos los mimbres del folletín de detectives de la época. Y, admitámoslo: la premisa de partida es completamente inverosímil. Pero forma parte de las convenciones de un género cuyos lectores aprenden a aceptar una lógica un tanto alterada. En este caso, el protagonista, un escritor fracasado con un sueño imposible, encuentra la posibilidad para llevarlo a cabo gracias a una improbable —siendo generosos— pirueta del destino: un amigo suyo de la universidad, igual a él como una gota de agua a otra, fallece súbitamente. Hitomi, el escritor, descubre esta noticia poco después de fallecer el emperador, con toda la carga simbólica que ello tiene —acaba una era y empieza otra—. Tras hacerse pasar por su amigo, millonario, y fingir su resurrección ocultándose en su tumba —con una escena previa en la que Hitomi debe arrancarse un diente para incrustarte el de oro de su amigo absolutamente brillante y repulsiva, puro Maruo, aquí sí—, se hace con el control de su fortuna y pude por fin acometer su gran proyecto: la construcción de un parque de diversiones en una isla desierta, un lugar para que las personas adultas se entreguen al hedonismo y al placer más absolutos.


Por tanto, como es lógico, ese punto decadente y amoral que puede esperarse de una narración de esa época en la qu la incipiente influencia occidental empezaba a filtrarse en la sociedad japonesa, por ejemplo, en la moda femenina, a la que Maruo da bastante importancia con su dibujo. Hitomi proyecta unas obras monumentales, de proporciones gargantuescas, que implican transformar la isla y aplicar todo tipo de técnicas ópticas y mecánicas para lograr capturar la maravilla. Y esa es la clave de esta obra: lo maravilloso. La magia entendida como una conjunción de naturaleza, arte y ciencia que evoca lo sublime. Por supuesto, la secuencia culminante de la historia es el tercer acto: el paseo de Hitomi y su esposa —en realidad, claro, la esposa de su amigo muerto, que sospecha de la verdadera identidad de su esposo— por la isla, por primera vez, de modo que, en cierta forma, la mirada de la mujer se identifica con la de los lectores y sentimos su mismo asombro… y su mismo vértigo. Porque lo excepcionalmente bello, como dicen los clásicos, nos acerca a dios, y dios puede ser aterrador. La isla de Panorama está llena de cosas que no parecen hechas por la mano del ser humano, citas a la historia universal del arte —para un listado detallado, recomiendo este artículo de Alberto García Marcos— que, dibujadas con todo detalle por Maruo, y encuadradas con habilidad, tienen un componente onírico interesantísimo. Y ya sabemos todos que de lo onírico a lo pesadillesco hay un paso cortísimo. Es cuestión de grado, de intención o de contexto. Y el contexto aquí se mantiene siempre en un terreno ambiguo, en un malestar que persiste y se filtra, envenenando lo que podría ser una experiencia estética pura. Y no sólo porque sepamos que el origen de ese lugar maravilloso es turbio y que los planes de Hitomi incluyen acciones bastante discutibles, sino porque en ese lugar las maravillas están muertas, apartadas del mundo, y no producen ningún movimiento. No inspiran; son simple fin en sí mismo, decadente disfrute en una bacanal constante.

Pero es precisamente esa sensación la que enriquece la experiencia y hace de esa parte de La estraña historia de la isla Panorama una secuencia memorable, a la que volver una y otra vez. Es un viaje maravilloso, que me ha recordado, por ser su opuesto, a algunas de las obras de Yoichi Yokoyama, como Garden o Viaje; si en éstas Yokoyama logra la sorpresa modificando el punto de vista sobre objetos cotidianos, Maruo logra ese efecto desde un punto de vista convencional, con un estilo, de hecho, retro, profundamente influido por los ilustradores de los años veinte, pero dirigiéndolo a objetos maravillosos, que desafían nuestra percepción y las leyes físicas, lo que provoca la sorpresa y la perturbación. Cuando nos encontramos con algo que no puede ser, como en los mejores relatos de Lovecraft, no sabemos qué puede pasarle a nuestra mente. Ésa es la clave de este manga fascinante, una historia no tan explícita y morbosa como otras de Suehiro Maruo, pero, a su modo, mucho más pertubadora, porque se basa en una subversión de valores estéticos y morales inteligentísima. Lo sublime impregnado de muerte, la divinidad como un lugar que inevitable nos lleva a la destrucción.

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