Tierra de fanzines V

Estos últimos meses, GRAF de Barcelona mediante, he acumulado un buen número de fanzines interesantes. Así que es momento de ir escribiendo de algunos de ellos, antes de que me sepulten.

Black es una recopilación de ilustraciones en blanco y negro de Iria Alcojor, una excelente dibujante que conozco por su participación en algunas publicaciones del colectivo Migas. Tiene páginas que parecen acumulación de diseños, incluso me han recordado a un muestrario para tatuajes, y es que la estética de Alcojor tiene mucho que ver con eso, y con la cultura del black metal. Sus composiciones con referencias ocultistas, incluso satánicos, son fabulosas, y me retrotraen a un underground de dibujo meticuloso, con tramas y texturas que aportan volumen y un acabado abigarrado, denso, muy propio de este tipo de ilustraciones. Sus animales, por ejemplo, son fantásticos. Contrastan, además, con otros dibujos más sintéticos, donde el negro aparece sin tramados, de forma más rotunda. Ya lo he dicho en alguna ocasión, pero lo repito: tengo ganas de leer algún cómic de cierta extensión de esta autora.

Cynthia Alfonso es una de las jóvenes autoras de vanguardia que más me interesa en estos momentos, aunque su propuesta no sea aún tan madurada y rotunda como la de otros compañeros de generación. Pero Cerca la noche (Fosfatina, 2016) me gustó mucho. Y, sin embargo, casi diría que este pequeño fanzine, Nada nuevo, me ha gustado incluso más. O, más bien, me ha parecido más fascinante. Con muy pocos elementos, líneas claras y sintéticas, casi siempre curvas —salvo en un momento muy concreto y con un sentido narrativo—, crea una historia mínima, en la que su atención por el momento, por el detalle —representado tan cerca que su geometría asume mucho protagonismo— resulta cautivadora. Las formas del humo del cigarro que está fumando permiten a Alfonso jugar con las líneas y moverse siempre en la frontera con la abstracción. En el fondo, Nada nuevo está cautivando un momento cotidiano y anodino, un momento de aburrimiento en el que el tipo de representación escogido permite contradecir al título: hay mucho nuevo en el trabajo de esta autora.

Verde ha sido una sorpresa muy agradable. Para empezar, porque desconocía totalmente a su autora, Cristina Ruiz Armas, pero, sobre todo, porque me ha parecido muy bueno. Se trata de una historia prácticamente muda, salvo por el principio, que cuenta la historia de un niño al que le consiguen un peluche de un dragón en una visita a la feria. Con un dibujo en el que el niño, caricaturesco, contrasta con los objetos y escenarios, muy asépticos y sintéticos, la autora consigue narrar su historia con la auténtica mirada infantil, eso que se pierde tan pronto. Primero, al niño le da miedo el dragón, colocado en una estantería de su habitación, mientras duerme, pero un suceso inesperado los hermana. Me ha encantado su intimidad, su pericia para contarlo todo sin palabras y transmitir una experiencia universal con sorprendente precisión.

Conocí el trabajo de Marta Altieri el pasado GRAF, a través de Rehab Daddy, un fanzine de páginas rosas con un dibujo sintético muy atractivo, y pequeñas viñetas donde una búho vuelve a casa de su padre para, en principio, pasar una temparada sin salir ni meterse nada. El fanzine está organizado en historias cortas de una o dos páginas, retazos de vida con las personas reales transformadas en animales antropomórficos, con una frescura y un humor muy agradables. Sobre todo en lo que respecta a los diálogos, y eso que no siempre son del todo comprensibles, porque se intuyen muy privados. En algunos momentos ofrece páginas esquemáticas, con recursos narrativos interesantes, como una en la que explica cómo prepara el «gazpachito». Hay mucha ternura y un retrato minucioso de momentos de colocón que recuerda, inevitablemente, a Simon Hanselmann.


Otro autor que me recuerda, aunque más lejanamente, al tono narrativo de Hanselmann es Cristian Pineda. Su fanzine, Nefli, contiene cinco historias breves en las que lo cotidiano se mezcla con lo fantástico, de un modo bastante irónico. Pineda habla a veces del mundo más actual y contar cómo una chica de pierde en Ikea hasta el punto de perder entidad física y comunicarse encendiendo las lámparas de la monstruosa tienda, o bien perderse en el pasado reciente para contar la historia e un artefacto olvidado: una de esas atracciones oraculares que por veinticinco pesetas predecían el futuro. Esta pieza, «Bocca Della Verità», me ha parecido la más interesante del fanzine, que también tiene cabida para una anécdota muy simpática con Jim Jarmusch y Bill Murray en Sevilla que deriva en una especulación «cuántica» sorprendente.

María Medem ha sido otro descubrimiento agradable en el último GRAF. De ella compré dos títulos. El primero es el recopilatorio de Kinki onírica, su webcómic para Tik Tok. Se trata de una serie de retazos que juegan a lo autobiográfico, aunque se intuye mucho de ficción, en el que un par de chicas de algún barrio de extrarradio pasan los días: buscan un local abandonado donde pueda meterse a vivir la prima de una de ellas, fuman viendo pasar los días, o viajan a la playa en un coche robado. Al margen del dibujo y su uso del color, que me han encantado, de esta serie me gusta, sobre todo, el tono de los textos, muy realista pero, a la vez, con una extraña poesía. El último capítulo es formalmente el más ambicioso, y relata un atraco a una tienda de un modo banal, porque lo que en realidad nos interesa de esta historia es lo que se están contando las dos amigas en los cartuchos de texto.

Dé Jà Vu es el otro fanzine que firma Medem, en un estilo sorprendentemente alejado del anterior, ya que da rienda suelta a su lado más vanguardista. Incluye dos historias. La primera es una adaptación de un tema de Einstürzende Neubauten, con citas directas a la abstracción geométrica de Kandinsky, entremezcladas con secuencias de movimientos o proceso naturales con los que, simbólicamente, busca trasladar las emociones —y no la historia— de la canción original. El resultado es excelente y muy personal, y evidencia una gran capacidad para la representación gráfica y para la composición de página. La segunda pieza, «La frontera», cambia radicalmente el tono y narra, en amarillo, la relación íntima con un lugar, un sitio con el que se establece un vínculo emocional. Me gusta cómo las viñetas naturalistas que reflejan diferentes puntos de ese lugar se intercalan con otras secuencias que pretenden, de nuevo, representar simbólicamente procesos abstractos. Medem se sitúa así en una tierra fronteriza que me resulta muy sugerente.

Snowflakes es un fanzine reciente de Alex Giménez, un autor que coordina junto a Ana Oncina la revista Voltio, y que supone un exponente claro de la corriente mayoritaria que aglutina esta cabecera: autores entre el humor referencial y la animación para adultos, con estilos caricaturescos muy llamativos y técnicamente impecables. Snowflakes parece un sentido homenaje a las tiras de prensa protagonizadas por la infancia, desde Peanuts hasta Calvin & Hobbes —de hecho, hay una cita de Calvin abriendo el cómic—. Con un dibujo que parece casi vectorial, Giménez simula recopilar entregas de una serie que narra las aventuras invernales de Max, Mía y el pingüino Ben. Algunos gags están más logrados que otros, dentro de un humor amable y luminoso que, sin embargo, oculta una sutil crítica a los roles de género en la relación entre Max y Mía, que invierten muchas de las características tradicionalmente asignadas a los niños y las niñas.

En una línea estética similar está Bea Tormo, alias Triz Babia, una dibujante cuyo dibujo siempre me ha gustado mucho. En GRAF estrenó Fuera de mi zona de confort, una historia humorística en la que parodia su propia falta de habilidad social y don de gentes. Se dibuja a sí misma en medio de un salón del cómic, con una bolsa de papel en la cabeza y pasándolo mal. La idea es buena y tiene potencial para un cómic largo, porque estas pocas páginas dejan con ganas de que desarrolle el concepto.

Y para terminar, otro fanzine que, estilísticamente, creo que está cerca de esta corriente, aunque sea tangencialmente: se trata de Anónimo, de Mikelodigas, alias de Mikel Álvarez. Se trata de un cómic autobiográfico y confesional, contado con una parquedad formal consciente: páginas de doce viñetas regulares y pequeñas, contadas en primera persona, donde se relatan experiencias, pero, sobre todo, ideas, sentimientos, emociones asociadas a momentos concretos.

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