Siete vidas, de Josep Maria Beà

Hay una generación en el cómic español que empezó a trabajar en el tardofranquismo, que protagonizó la primera fase del boom del cómic adulto y que, por edad, empezaron trabajando en agencias, y sus maestros fueron los dibujantes de la edad de oro de la tira de prensa estadounidense. Pocos de aquellos excelentes autores, quisieron o supieron entender cómo se transformaría el cómic tras el ocaso de las revistas que su trabajo ayudó a levantar. Muchos emigraron, otros tiraron la toalla y se dedicaron a la pintura o al diseño. Carlos Giménez, acaso el más importante de su generación, sigue publicando pero nunca ha manifestado demasiado interés hacia el cómic español actual. Josep Maria Beà es de los que publicaron su última obra hace tiempo, pero se mantiene al día. Tuve la suerte de conocerlo en persona en el pasado Termicómic de Málaga, donde ambos estábamos invitados, y en su charla desveló que sigue al día: citó a Chester Brown, David B. o Guy Delisle como algunos de sus favoritos, y durante todo el evento demostró una gran inquietud e interés hacia el trabajo de la gente joven que allí se había reunido. Sus ideas acerca del cómic me parecieron inusualmente frescas en alguien de su generación, pero, leyendo esta interesante entrevista que Alberto García Marcos le hizo en Entrecomics, veo que es una actitud vital que le viene de lejos. Entre otras joyas, en ella Beà aseguraba que «cada generación barre la anterior, así debe ser si no queremos quedar anclados en el pasado». También desmontaba la falacia del «buen dibujo»:

Como profesional primerizo, dibujar bien consistía en imitar el estilo de maestros de la época dorada del cómic yanqui.

Ahora, dibujar bien no sé lo qué es ni falta que me hace saberlo, si es que hay que saberlo.

Speaking in silver: en mi modesta opinión, tiendo a considerar que, un cómic logrado es aquel que me cautiva por la historia que me cuenta. No me importa cómo esté dibujado si el autor consigue atraparme.

No sé si esta visión del medio está relacionada con la recuperación de su obra que viene desarrollándose en los últimos años, o, sobre todo, con lo bien que encaja ésta en el cómic contemporáneo. Recientemente, Trilita ha recopilado historias realizadas bajo pseudónimo en El hombre de los mil estilos —que aún no he podido leer—, y Astiberri ha reeditado Siete vidas, que sí he leído y me ha parecido impresionante.

Para empezar, me lo ha parecido porque su tono y su sensibilidad encajan, como decía, con la modernidad. Y lo hace pese a los condicionantes de su época, como la división en capítulos que publicar por entregas. Las siete vidas de su título se refieren a siete capítulos donde el protagonista, un alter ego del autor, muere simbólicamente siete veces. Estos siete capítulos tiene una fuerte carga autobiográfica, algo bastante infrecuente en el cómic español de la época, orientado aún al género clásico y a la ficción en la primera mitad de los ochenta, cuando se publicaron originalmente estas piezas. Sin embargo, tal vez por esa premura, Beà recurre no sólo al alter ego —algo que ya había hecho Giménez en sus pioneras Paracuellos y Barrio— sino que también maquilla las historias tras máscaras gatunas, cuyo efecto tiene más que ver con el Frizt the Cat de Robert Crumb que con Maus. En Siete vidas, el dibujo realista —aunque sucio, expresivo— de Beà no permite que nos olvidemos de que los personajes son gatos, no alcanzan un valor visualmente simbólico. Pero, más allá de la relación entre las siete vidas y los felinos, no parece tener más implicaciones. La proyección de Beà, Gatony —admitamos que hay aquí cierta ingenuidad propia de la época— narra, en su vejez, algunos recuerdos de su infancia y juventud, momentos importantes que lo marcaron, ya que en cada uno dejó atrás una parte de sí mismo: murió un poco. El conjunto es un relato extraordinario de ritos de paso, que, como tales, son universales, y por eso hoy podemos seguir identificándonos con ellos, más de treinta años después de su publicación. Porque en el trabajo de Beà se intuye un grado de verdad, un compromiso emocional que emociona y nos sumerge en siete relatos oscuros, melancólicos —que no nostálgicos—, donde la infancia no es una Arcadia feliz, sino un lugar duro, por momentos despiadado, un estado de inocencia que hay que dejar atrás porque la vida es otra cosa. Rubén Lardín se ocupa del prólogo del libro y lo expresa muy bien: «Beà […] pondera el futuro y entiende que debe volver atrás para explicarse lo que está siendo». Era otra época, otro paradigma mental y social, y por eso se explica que esta revisitación de la infancia no esté guiada por la mirada nostálgica de alguien que preferiría no hacerse mayor.

Por supuesto, no puede desligarse esa experiencia personal del escenario: la España de posguerra, un lugar desolado, tanto en lo material como en lo moral. Una España brutal, donde el sexo era un tabú triste que podía condenar al estigma social a quien lo viviera con inocencia, como le sucede a Piluca en la «Quinta muerte» de Gatony / Beà.  Recurro de nuevo al lúcido texto de Lardín, que menciona «la noción constante de pecado» en las páginas de Siete vidas, que es la misma noción constante que impregnaba cada resquicio del pensamiento y la acción de los españoles de los años 50. Todo está mal, todo es pecado, todo lo que le interesa o despierta emociones en un niño debe enunciarse en susurros, en secreto, sin que nadie esté mirando. La emoción de lo prohibido empapa el primer contacto con el sexo de Gatony, que acude a una casa donde una misteriosa mujer masturba a los chavales por cinco pesetas. Es la primera de las muertes, a la que siguen nuevos descubrimientos, iniciaciones a la vida adulta poco alentadoras: el descubrimiento de la venganza, de la traición y del desencanto —en la «Sexta muerte», que remite a la guerra civil y a la derrota de los ideales, estado anímico en el que vivió la mitad del país—. La última muerte, sin embargo, es una hermosa semblanza del primer amor, fugaz y apenas sugerido, la primera vez que el protagonista siente ese algo indefinible que anuncia el definitivo fin de la infancia pero que, al menos, aporta una luz entre tanta tiniebla.

Antes de eso, en el que, quizás, sea mi capítulo favorito del libro, Gatony rompe con la Iglesia: deja de ir a misa para entregarse a la diversión. Entre la amenaza del infierno y la vida, escoge la vida. Pese a todo, escoge la tierra que pisa, aunque esté llena de odio y sinsabores. Es un mensaje que Beà permite que traspase, si quiera en algunos momentos: hay espacio para la alegría, instantes de felicidad, momentos a los que volver en nuestra madurez, que nos marcan y nos hacen ser quienes somos.

A esta historia redonda, que demuestra un profundo y lúcido conocimiento del ser humano, se le une una inquietud artística incuestinable, muy de su época, pero que lejos de caer en la autocomplacencia o en el lucimiento virtuoso y pictórico de otros colegas, de los que se decía que hacían cómics que eran como un cuadro de buenos, Beà suda cómic por todos los poros. Es expresivo, ya lo he dicho, y vibrante en la narración, y cuando así lo considera, juega a la hibridación y mezcla su dibujo con grabados y fotografías. Incluso lanza fugaces incursiones a la abstracción, para mostrar estados de ánimo o confusión, con un sentido que lo inserta en lo más vanguardista del cómic internacional. Es un excelente dibujante que supo utilizar el medio como vehículo de expresión personal y sincera, y por eso ha soportado tan bien el paso del tiempo y puede seguir siendo relevante hoy.

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