Los cuadernos de Esther. Historias de mis 10 años, de Riad Sattouf

La carrera del francés de origen sirio Riad Sattouf está trufada de éxitos en los que expone con un naturalismo muy personal la vida de toda una generación, y muy especialmente, el universo juvenil e infantil. Lo hizo en La vida secreta de los jóvenes (La Cúpula, 2010), historias breves publicadas originalmente en Charlie Hebdo, y lo hizo más recientemente en El árabe del futuro (Salamandra Graphic, 2015-2016), un súperventas aún inconcluso en el que revisa su infancia y profundiza en la memoria familiar. En esta obra, Sattouf demuestra su ojo para capturar los momentos, y expresarlos de un modo directo, sin demasiado aparato formal, a pesar de un dibujo exquisito, sinténtico y suave. Su mirada es engañosamente neutra, sin nostalgia y sin juicios, aunque, evidentemente, la exposición más o menos cruda de ciertas cosas provocan una reflexión en el lector, en la que Sattouf, deliberadamente, evita entrar. Yo te cuento esto y tú luego piensa lo que quieras. En su última obra, Los cuadernos de Esther, publicada por Sapristi en una cuidada edición, la dirección de la mirada del autor se invierte: en lugar de observar su propio pasado, se fija en las siguientes generaciones. Nacido en 1978, Sattouf ya es un hombre maduro de casi cuarenta años, y por eso sorprende su capacidad para capturar el aquí y ahora de una generación separada de la suya por muchas cosas además de la obvia: el tiempo.

El proyecto es interesante desde su premisa: Sattouf conoce a Esther, la hija de una pareja de amigos, y queda fascinado por las historias que le cuenta la niña, de diez años. Y decide, entonces, realizar una serie de cómics sobre las historias de Esther, a razón de uno por año hasta que cumpla los dieciocho. Son páginas autoconclusivas que forman un conjunto coherente y con continuidad, en las que Sattouf realiza magníficos ejercicios de sintesis narrativa, con un manejo de la elipsis y el ritmo propio de un maestro, y un uso del color enfático y ambiental. La mirada de Sattouf parece limpia de intenciones personales; no quiere demostrar nada, no hay juicios de valor en su reconstrucción de las historias orales de la niña. Logra algo muy complicado: reelaborar sin añadir una carga subjetiva que sería excesiva y pervertiría su objetivo. No existe la objetividad, por supuesto, no hablo de eso. Hablo de sinceridad y de transparencia. De respeto por Esther y su universo. A su edad, otros autores seguramente habrían lanzado miradas condescendientes sobre los chavales de hoy en día, todo el tiempo enganchados al móvil y bailando el reguetón ese. O bien habrían caído en la tentación de idealizar ese periodo vital, enfatizando los primeros descubrimientos, la curiosidad, la ingenuidad infantil. Pero Sattouf no juzga. Su interés por el mundo de Esther y sus compañeros de clase es genuino, está sinceramente fascinado, y no se le ocurre ni por un momento edulcorar nada de lo que le cuenta Esther para no escandalizar a los que realmente creen que la infancia es un estado seráfico.

Pero nada más lejos. Como sabe cualquiera que haya convivido o trabajado con un grupo de niños, sabrá que el tópico que dicta que éstos pueden ser muy crueles tiene una parte importante de verdad. Porque en esto yo le llevo la contraria a Rousseau: no existe un estado de bondad primordial. La bondad, entendida como un conjunto de valores o un sistema de solidaridad y respeto hacia el resto de integrantes de una comunidad, es algo adquirido. Se transmite, y se trabaja toda la vida, y por eso en la infancia estamos todavía en proceso de llegar a esa fase —el que llega, claro—. El desarrollo cognitivo, a los diez años, todavía no ha concluido, y los niños tienden al yo, es decir, al egoísmo. Y todo esto se ve a la perfección en los relatos de Esther que Sattouf adapta en historias de una página que casi parecen un diario de la niña, que le cuenta al dibujante lo que hace en el colegio, lo que dicen sus padres, lo que escucha en la calle, y, sobre todo, la visión del mundo que obtiene al filtrar todo eso por su mente de diez años.

El resultado no parece esperanzador, en un primer vistazo. Esther pasa del colegio, con diez años ya está harta y piensa que nada de lo que le enseñan le sirve de nada en su mundo. Y, desde su punto de vista, tiene toda la razón, porque su mundo gira en torno a la obsesión por la belleza —«Lo que importa para triunfar en la vida es la belleza»—, su atracción por los raperos malotes y los chicos con «peinado de fubolista», su sueño es que le regalen un i-Phone y llegar a ser una estrella de la canción. Con sólo diez años, tanto ella como el resto de su clase ya están inmersos en el sexo y en las relaciones de pareja, aunque sea aún en una fase que casi podríamos denominar de juego, si no fuera porque empiezan a ver vídeos pornos en sus teléfonos móviles y porque sus juegos consisten en que los niños «secuestran» a las niñas guapas, y las llevan ante el protomacho alfa de la clase para que sea su esposa. Sattouf deja claras sus intenciones en este proyecto con las decisiones que toma como narrador: ¿dónde terminar esa historia? Podría haber terminado con la profesora regañando al niño, o con la niña llorando, pero en lugar de eso escoge mostrarnos dos claves: la niña se enfada con la maestra porque quiere quedarse con su esposo… y Esther se molesta y extraña por no ser la elegida, como en otras ocasiones había sucedido. Es demoledor, y nos saca de nuestra burbuja de un modo inmediato. Como sucede con la superficialidad constante en la que viven, los juicios sobre el aspecto de sus compañeros, el racismo de sus apreciaciones, sin el filtro que puede proporcionar la sabiduría que nos recomienda que ciertas cosas es mejor decirlas en petit comité o no decirlas en absoluto. Esther apenas está empezando a conocer las sutilezas de la mentira, y por eso es tan sincera.

En algunas ocasiones, el adulto que escoge escribir sobre la infancia se fija en lo excéntrico, en la anomalía, o en el niño marginado e incluso acosado, a través del cual se pueden transmitir una serie de valores. Pero creo que si Sattouf se ha interesado por las historias de Esther es precisamente por lo contrario: se trata de una niña en la media, moderadamente popular, integrada en su clase, rara vez marginada. Al contrario: a veces es ella la que margina o machaca frívolamente a alguna amiga. Su familia es una familia de clase media-baja sin nada especial, que hace lo que puede para entender a sus hijos. Esther idolatra a su padre y odia a su hermano mayor, conductas ambas muy habituales para una niña de diez años. Todo lo que hace es bastante normal, en realidad, y darnos cuenta de eso es lo que hace que Los cuadernos de Esther funcione a un nivel universal.

El mundo que refleja Sattouf demuestra que los niños reproducen todo lo que les transmitimos, pero no hay, más allá de alguna sutil llamada de atención al sistema educativo y a la familia, una intención de cargar las tintas. Creo que lo último que quiere Sattouf es alarmarnos. Más bien parece decirnos que esto es lo que hay, que esto es un colegio francés en 2016, lo que equivale, grosso modo, a decir que es un colegio en 2016 en Europa, donde la multiculturalidad es todavía una quimera y, sí, hasta los niños ven en colores a los seres humanos. Pero el tratamiento del autor se aleja del sensacionalismo y el tremendismo: cada uno podemos pensar lo que queramos, pero, desde luego, el fino humor que emplea Sattouf y el tono narrativo, la puesta en escena, no tratan nunca de anunciar el apocalipsis. Antes bien, parece decirnos que tampoco se acaba el mundo, que así somos, que así hemos sido siempre, y aun así salimos adelante. Esther saldrá adelante, le irá bien, crecerá y será feliz. Y aquí estaremos nosotros para verlo, hasta que cumpla dieciocho años, gracias a esta obra de Riad Sattouf que ya se ha convertido en mi favorita del autor, y que, creo, será uno de los grandes tebeos de su tiempo.

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One thought on “Los cuadernos de Esther. Historias de mis 10 años, de Riad Sattouf

  1. Gran análisis de la obra. Te deja bastante inquieto pero tal y como pretende el autor, es lo que hay y conviene estar al tanto sobretodo si tienes hijos en esa edad, con los matices que pueda haber y hay entre los diferentes países.

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