Los sexcéntricos. De la creación al calvario, de Ramón Boldú

La memoria es algo muy importante. Siento empezar este texto con una obviedad de tal calibre, pero me temo que no es algo que tengamos demasiado claro en España. Y no hablo sólo de los conflictos ideológicos que todos estamos pensando, sino de algo más prosaico: la gente no cuenta sus historias. O lo hace solamente en la intimidad. Hay tanto que no sabemos de lo que sucedió en la transición, por ejemplo, porque la gente no habla, porque creen que hay cosas que no se pueden contar o es mejor esperar, siempre esperar. Pero el tiempo pasa, y de repente uno muere y se lleva a la tumba un trocito de historia. De la historia de todos.

Eso no va a pasarle a Ramón Boldú, desde luego. Y eso que ganamos todos. Boldú lleva años contando su vida, con una desvergüenza digna de un Joe Matt, y empezó cuando nadie se atrevía a exponerse así en las viñetas españolas, en El Víbora de los 90. Y no ha parado de contar y de aportar su visión de una época clave para la historia de España. Su retrato de costumbres y mentalidades ofrece una información valiosa para historiadores que quieran profundizar en cómo pensaba y sentía entonces la gente, pero, más allá de eso, refleja a la perfección lo pocho que a veces podía ser todo en un país que entraba deprisa, demasiado deprisa a veces, en la modernidad, con un retraso que nos hizo, por ejemplo, emborracharnos de un destape al que hoy miramos con un poco de vergüenza culpable. Hay mucho de eso en esta nueva obra, Los sexcéntricos. De la creación al calvario (Astiberri), que llega dos años después del excelente La vida es un tango y te piso bailando (Astiberri, 2015). La premisa de la obra es recuperar unas páginas de chistes de temática sexual que Boldú dibujó desde 1976 de forma intermitente, y que, en determinado momento, le presentó a Josep Maria Berenguer para su publicación en La Cúpula. Le llevó los originales y nunca más supo de ellos, hasta que recientemente Emilio Bernárdez los encontró en una carpeta y pudo devolvérselos. Pero Boldú no se contentó con reunirlos y publicarlos sin más, cosa que habría tenido cierto valor patrimonial pero poco más, sino que ha convertido su recuperación en otra de sus fantásticas obras autobiográficas, en la que emplea las páginas de Los sexcéntricos como hilo conductor.

Como decía, el destape es algo que ha envejecido muy mal porque nació tarde y porque el país ha cambiado muy rápido. Incluso aunque en muchas de las páginas de esta serie de chistes Boldú demuestra una mentalidad más abierta de lo que era habitual, con mujeres activas sexualmente y hombres ridiculizados en su frágil masculinidad heteronormativa, otras son hijas de su tiempo. Y por eso su publicación hoy tiene valor si se ponen en su contexto. No sé si ésa fue la primera intención de Boldú y al final se lió o desde el principio albergaba la idea de dibujar una novela gráfica a partir del material original, pero el resultado es uno de sus tebeos más completos e interesantes, por el diálogo constante entre esos chistes y la historia que los rodea, que va, por supuesto, mucho más allá a la simple realización de las páginas.

La actitud vital de Boldú no separa obra de vida. Sus cómics sólo se entienden como una extensión de su trabajo en diferentes editoriales y revistas, y éste sólo tiene sentido en una época en la que las cosas se podían hacer de un modo tan informal como aquí se muestra. En el mundo editorial que conoció Boldú los tratos se cerraban a salto de mata, el material fotográfico se conseguía como fuera y al final las cosas salían. Boldú fue responsable de Lib, una revista hoy bastante olvidada, algo así como la hermana golfa de Interviú que nadie podía comprar con la coartada de los reportajes de investigación. Boldú nunca idealiza aquel mundo, ni pretende justificarlo. Tampoco a sí mismo. Pone pocos filtros en un relato verborreico, que pasa de una anécdota a otra con fluidez y naturalidad oral, y que mezcla las aventuras editoriales de Boldú con sus aventuras sentimentales. Para cualquier aficionado al cómic tiene especial interés todo lo que se refiere a los primeros años de El Víbora, que Boldú aborda desde su relación personal con Berenguer, Bernárdez y algunos de los autores, sin escatimar en anécdotas y hechos peliagudos.

Dice Daniel Ausente en la contracubierta de este libro de Boldú que es un «irresponsable» y un «insensato». Y sí, coincido en que al autor no parece importarle meterse en problemas con sus historias, o contar lo que sabe de ciertas personalidades, no precisamente menores o circunscritas únicamente al sector del cómic, ya que por las páginas de Los sexcéntricos desfilan Antonio Asensio, Javier Nart o Silvio Berlusconi.

Más allá de ese interés por la memoria, el cómic funciona porque sigue siendo muy divertido. La mirada de Boldú no deforma, no es satírica, sino que muestra las cosas que casi nadie muestra. La caspa, lo cutre, lo que normalmente preferimos olvidar. El tiempo que recuerda es diferente al relato hegemónico o, mejor dicho, es su trastienda. Lo que nadie ha querido contar Boldú lo expone con deliberada desvergüenza y construye, así, una crónica única en su especie, una obra monumental que todavía no ha terminado.

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