Zona hadal, de Roberto Massó

Roberto Massó es uno de los activos más interesantes y prolíficos del cómic de vanguardia español. Como algunos compañeros de viaje, Massó no se ata a un estilo concreto, sino que ha estado profundizando en varias líneas de investigación simultáneas, que van desde la recodificación de figuras de acción como formas de arte pop —Medieval Rangers (Dehavilland, 2014)—, al grafismo de vanguardia a la SchrauwenExtrasolar (Fosfatina, 2016)— pasando la abstracción geométrica —Gris, Dimensión, Curvas (2016)—. Toda experimentación parece confluir en Zona hadal, su último cómic, editado por Fosfatina en un libro de factura impecable que, creo, supone no sólo el trabajo más maduro de Massó, sino también aquél en el que ha encontrado una originalidad propia y genuina, sin renunciar a nada de lo hecho anteriormente.

Zona hadal es, básicamente, la historia de un viaje submarino. Massó utiliza dos colores únicamente, un azul verdoso y un un rojo que, combinados, generan curiosos efectos. La mezcla puede ser más convencional y evocar espacios y sensaciones, o pueden superponerse para simular volumen o profundidad. Hay en algunas viñetas un efecto filtro de un color sobre otro, o, incluso, cierta sensación estroboscópica, que sospecho que tiene que ver con el hecho de que estos dos colores se asemejan mucho a los empleados en las láminas de tres dimensiones clásicas.

Por todo lo dicho, puede deducirse que el trabajo ambiental en este cómic es fundamental. Massó consigue crear un espacio envolvente e íntimo. En el momento en el que el submarino se sumerge, nosotros también experimentamos una inmersión. Lo interesante es que ésta no se consigue a través de la representación naturalista de las profundidades marinas, sino a través de elementos simbólicos y metafóricos que replican su intimidad de manera representativa. Cuando se trata de evocar sensaciones y emociones, es cuando la experimentación y la vanguardia demuestra su ventaja frente al dibujo realista y minucioso, que puede, desde luego, replicar la inmediatez de la fotografía, pero también sus limitaciones.

Una vez que nos embarcamos en este viaje hacia la zona hadal, se trata de disfrutar con el estudio del movimiento que hace Massó —soberbia, en este sentido, la página en la que el batiscafo se desprende del submarino— y de las cosas que los dos buzos —que no son buzos humanos, sino que parecen estar emparentados, más bien, con las figuras de acción de otras obras del autor— se van encontrando, que no siempre son materiales, pues también tendrán que enfrentarse a sus miedos. Puede que no sea obvio ni se subraye a través de los diálogos puramente técnicos o triviales del cómic, pero este viaje es, ante todo un viaje simbólico. De la superficie a la profundidad, y de ésta, expulsados de la nave nodriza como si fuera un recién nacido, los dos buzos realizan solos el resto del viaje. Durante el mismo, hay muchas cosas que no entienden, claro. De hecho, hay una secuencia magnífica en la que sus aparatos de medición enloquecen y Massó se entrega a la abstracción, que representa ese desconcierto y falta de dirección. Ante ello, sólo cabe la fe de que las cosas se arreglarán, como así sucede.

La última fase de la misión se hace a pie, sobre el fondo marino, «el punto más profundo del océano», y supone quizás la parte más interesante y potente de Zona hadal, en la que, entre otras cosas, podemos encontrar una página que parece extraída de un manual de comunicación básica por señas para los buzos, u otras que evocan a los monstruos marinos que temen encontrarse. En su excelente final, el cómic revela cuál era, desde el principio, la misión de estos personajes y el motivo de esos disparos al aire que nos encontramos en su primera página, pero, sobre todo, subraya todo el valor alegórico de su historia.

Más allá de eso, creo que Zona hadal pone de manifiesto la fase de madurez en la que está entrando la vanguardia española. Sorprender es relativamente fácil; entregar un experimento formal con sentido en las pocas páginas de un fanzine no está al alcance de cualquiera, ni comulgo con la idea de que en la vanguardia vale todo, pero es cierto que si se dispone de la audacia y la capacidad creativa se pueden lograr resultados excelentes. Sin embargo, cuando se pretende prolongar en el tiempo esa experimentación para convertirla en un proyecto a largo plazo, se hace evidente que es preciso que detrás de ella haya una serie de conceptos, unos objetivos, unos postulados artísticos más o menos evidentes. Autores como Roberto Massó están demostrando que, en efecto, ese compromiso existe, y que, cuando publican un libro, son conscientes de que no basta con la habilidad y la audacia. No sé si ese salto será el que acabe por separar el grano de la paja, porque, de hecho, disfruto tanto leyendo determinados fanzines que me costaría catalogarlos como obras menores, pero se agradece cuando un dibujante demuestra un grado de autoexigencia máximo. La autocomplacencia puede ser el mayor enemigo de un artista.

Afortunadamente, muchas firmas están demostrando que se toman la vanguardia muy en serio, y los últimos meses han sido ricos en cuanto a la publicación de libros experimentales. Zona hadal habría sido una rara avis hace un año tan solo, pero hoy aparece acompañado de obras como Nuevas estructuras de Begoña García-Alén (Apa-Apa, 2017), Fragmentos seleccionados de Andrés Magán (Apa-Apa, 2017), Ya será de Klari Moreno (Libros de autoengaño, 2017) o Gran bola de helado de Conxita Herrero (Apa-Apa, 2016). Todos esos libros demuestran que la vanguardia no se estanca, y creo que, de algún modo, se estimulan y alimentan entre sí. Se hacen mejores los unos a los otros, como si nadie quisiera descolgarse de ese viaje alucinante en el que se ha embarcado el cómic contemporáneo.

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