155. Simón Radowitzky, de Agustín Comotto

155 fue el número que identificó a Simón Radowitzky durante los veintiún años que pasó en el penal de Ushuaia en la Tierra de Fuego de Argentina. Radowitzky fue una de esas personas por cuyas venas corrió la sangre del siglo XX. Nacido en Ucrania, bajo el imperio del zar, de sólidas convicciones anarquistas, adoptó muy pronto la lucha armada. Tras la frustrada revolución de 1905 en Rusia, se exilió a Argentina. Toda su vida estuvo regida por un mismo ideal y dedicada a una lucha que lo convirtió en un símbolo internacional.

De ser ficción, su historia sería inverosímil. Por eso el autor de 155. Simón Radowitzky, Agustín Comotto, escoge ceñirse meticulosamente a los hechos en esta ambiciosa novela gráfica, que ha publicado Nórdica Editorial. Comotto, bonaerense nacido en 1968 y afincado en Corbera del Llobregat desde hace años, es más conocido por su trabajo como ilustrador de libros o por sus cómics infantiles, pero no le ha temblado el pulso a la hora de afrontar la realización de una obra para adultos de doscientas cincuenta páginas. Lo ha hecho desde el respeto por Radowitzky y por la historia del siglo XX, pero, también, desde sus propias convicciones anarquistas, por el deseo de rescatar a una figura histórica no tan conocida como debiera.

Para su tarea, el autor ha escogido un registro clásico, aunque feísta, incluso, a veces, tosco. Usa acuarelas y colorea con grises sucios y algún toque de rojo sangre, para emborronar un relato que transmite la miseria y las duras condiciones de vida del preso, así como los múltiples ambientes que conoció durante su intensa vida, un tercio de la misma entre rejas. La estructura narrativa escogida por Comotto me parece apropiada, porque permite experimentar toda su vida de primera mano. Partimos de la cárcel, desde un narrador en primera persona, que es el preso 155, Simón. A sus cuarenta años, empieza a rememorar su experiencia como niño judío en Ucrania, y cómo rechazó los valores familiares y empezó a involucrarse en las huelgas obreras, y a sufrir en consecuencia la represión violenta de la policía zarista.

Para huir de la represión marchó a Argentina en 1908. Un año más tarde, tras participar en varias protestas sindicales reprimidas violentamente en Buenos Aires, decidió atentar contra el jefe de policía Falcón, considerado responsable directo de la muerte de varios obreros. Tras el atentado, que termina con la vida de Falcón y su secretario, Radowitzky evita la pena de muerte por su corta edad, pero es condenado a cadena perpetua.

Esto es lo que ocupa la mayor parte del libro. Se narra desde el punto de vista subjetivo del Simón Radowitzky maduro, alternando la trama de su pasado con la del presente, en la cárcel. Cuando ambas se encuentran, se rompe el círculo de los recuerdos. Es entonces cuando el preso es liberado.

Nada de lo que le sucedió en prisión consiguió quebrar su espíritu; tampoco el hecho de que la excarcelación y el indulto no fueran más que una victoria efímera. Radowitzky es expulsado de Argentina casi de inmediato. Tras recalar en Uruguay y ser retenido en otra prisión dos años más, viaja de nuevo a Europa. En un primer momento planea regresar a su patria, ahora parte de la Unión Soviética, pero el gobierno de Stalin no inspira confianza ni garantiza la seguridad de un anarquista como él. Decide finalmente alistarse en las Brigadas Internacionales y participar en la Guerra Civil española, aunque su deteriorada salud no le permite intervenir en grandes acciones bélicas. La guerra en España supone una nueva derrota —dos, si contamos con la ideológica dentro de su propio bando, perdida ante los comunistas—, y una nueva huida, esta vez a Francia, donde sufrirá, de nuevo, la privación de su libertad: es internado en un campo de prisioneros, junto con miles de españoles republicanos que huyeron de las represalias del bando vencedor.

La última parada, el destino del exilio de tantos derrotados de la contienda española, es México. Allí, Radowitzky puede vivir tranquilo unos años, anónimamente, y morir en paz tras trabajar en una fábrica de juguetes, como un obrero más. Lo que acaso le habría gustado ser, en lugar del símbolo anarquista que la visión de las injusticias de su tiempo lo obligaron a ser.

Formalmente, 155 tiene una factura más bien ortodoxa, tal vez demasiado, lo que supone que haya pocas sorpresas en cuanto a la planificación de la página y la distribución de las viñetas. Los cuidados textos, que cargan con la mayor parte del relato, demuestra la clara vocación literaria de Agustín Comotto, que, en momentos concretos, lo hacen ser excesivamente prolijo y artificial en los diálogos.

Son objeciones menores que, en mi opinión, no lastran un trabajo muy meritorio, lleno de hallazgos. 155 evita la retórica vacía, y gracias al empleo de la voz en primera persona conocemos las debilidades y pesares de Radowitzky. Se dirige con su monólogo a un primer amor que Comotto construye a partir de breves menciones en algunas fuentes, y que es el que lo inició en el anarquismo. Lo añorará toda la vida, pero también le dará fuerzas en una vida a la postre llena de derrotas, en la que, ya sea en prisión o fuera de ella, el anarquista siempre se sintió enjaulado, una impresión que persiste y aumenta cuando es liberado tras veintiún años de duro cautiverio, de palizas, torturas, negación de asistencia médica y reclusiones constantes, aspectos todos que el historietista ha documentado minuciosamente, como el resto de la vida del biografiado.

Agustín Comotto ha logrado con su cómic transmitir toda la carga simbólica de la trayectoria de Simón Radowitzky y su lucha por los derechos de los trabajadores y la justicia social, infructuosa en tanto que no logró la revolución ansiada, pero constante. Y lo ha conseguido sin renunciar a su dimensión humana, que es la que, en realidad, dota de verdadera grandeza a su figura.

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