Un noruego en el Camino de Santiago, de Jason

El proceso que ha seguido Jason desde que decidió comenzar a dibujar con esa línea clara perfecta animales antromórficos resulta muy interesante cuando pensamos en él detenidamente: se ha convertido en uno de los puntales de la novela gráfica europea, y entre su prolífica producción no hay ninguna pifia. Sin embargo, la repetición de la fórmula que tanto destacó cuando se publicó un título tan redondo como Yo maté a Adolf Hitler (Astiberri, 2008) ha acabado por resultarme excesivamente monótona. No es que no me gusten ya sus cómics, en realidad, lo hacen tanto como siempre, pero ha llegado un momento en el que ya sé qué va a hacer, y cómo va a hacerlo. Su apropiación y remezcla de figuras pulp y de serie b con ese tono narrativo tan frío que le caracteriza sigue funcionando y obteniendo éxito, pero lo bueno también puede llegar a aburrir, y Jason estaba ya peligrosamente cerca de acomodarse, algo a lo que tampoco ayuda un estilo de dibujo interesante, por supuesto, pero muy cerrado, sin apenas margen de evolución. De hecho, los trabajos en los que ha experimentado con su lápiz han mostrado, precisamente, una soltura, una vuelta atrás, a un estilo de dibujo más abierto e indefinido.

Pero he aquí un nuevo trabajo del dibujante noruego que rompe, en cierta forma, con muchos de los rasgos de estilo que lo caracterizan. Un noruego en el camino resulta, para los lectores de Jason, una obra refrescante, en la que éste sigue siendo totalmente reconocible, pero recupera cierta capacidad de sorpresa. Para empezar, porque se adscribe al género autobiográfico, con lo que hay una exposición al público que hasta ahora no existía. Jason cuenta una experiencia personal: su viaje en solitario a España para realizar una de las rutas del Camino de Santiago, como un peregrino más. Para contarnos esa aventura, escoge una voz narrativa en primera persona, alojada en cartuchos de texto, al tiempo que da voz a un montón de personas que se fue encontrando en su trayecto. Escoge también un dibujo despojado de todo artificio, como suele ser habitual en él, pero ahora, además, prescinde del color y aplica, simplemente, unas tramas mecánicas en algunas viñetas.

Aunque a priori parezca lo contrario, Jason se aleja, diría que incluso deliberadamente, de la narrativa del cuaderno de viajes. El dibujo no es espontáneo, no responde al típico apunte al natural que tan buenos resultados da cuando lo que se pretende es transmitir la inmediatez de un momento. Es una historia, reconstruida tras terminar el Camino, durante el cual Jason únicamente tomó notas. El dibujo es tan cuidado como siempre, y el uso de animales antropomórficos nos aleja de las personas reales; actúa como una máscara. A eso, sumémosle el hieratismo de los rostros que dibuja habitualmente, una marca de estilo a la que no renuncia en este relato, aunque el tono no tenga nada que ver con el que suele manejar.

En Un noruego en el camino el lector encontrará un detallado relato del viaje, con cada una de las paradas, retratos de los lugares donde debe quedarse a dormir, los hitos arquitectónicos y la solidaridad del peregrino. Pero el tono es demasiado frío como para transmitir de verdad la experiencia de hacer el Camino de Santiago, incluso aunque insista en la intención de mostrar también las cosas menos agradables, como las ampollas en los pies. Pero eso no es nada que no te cuente cualquier colega que haya tenido la misma experiencia, y en el caso del público español, es estadísticamente difícil no contar con alguien en el entorno cercano que haya hecho el Camino. Si es que no lo ha hecho el propio lector, claro. Pero, no, no creo que eso sea demasiado interesante, incluso si interesa el Camino de Santiago. A ese nivel no funciona mejor que un pase de diapositivas, y, en ese caso, podríamos disfrutar de la naturaleza y la arquitectura de un modo más rico —si bien es notable el intento de Jason por reflejar lugares reales y edificios históricos con su estilo propio.

Pero si Un noruego en el camino de Santiago me ha resultado tan interesante es porque, en realidad, no creo que trate sobre el Camino de Santiago. Creo que en el fondo Jason está contando algo más personal y profundo: su lucha contra su propia timidez crónica. Y eso es lo que me ha parecido valioso de esta historia. Podría haber contado lo mismo en otras circunstancias, pero el Camino se presta especialmente a situaciones en las que uno debe hablar con desconocidos y confiar en ellos. Manejar su timidez es el motivo por el cual el autor se embarca en la experiencia del Camino, y sus intentos, muchas veces calculados, por romper el hielo, hablar a una desconocida, contar un chiste… resultan fascinantes. Lo intenta de veras, pero casi siempre le pueden los nervios o la necesidad de controlar la situación. La manera en la que se imagina hablando con alguien, o actuando de un modo osado, producen algunos gags divertidos, sobre todo cuando se deja llevar por el cabreo y la frustración y lo canaliza a través del dibujo. Aunque sea de un modo frío, porque es su estilo y porque, al fin y al cabo, tampoco le pasa nada terrible.

Aunque Jason logra hablar con no pocas personas, la sensación que nos queda cuando terminamos la lectura de este cómic es que no ha cambiado demasiado de forma de ser. No ha experimentado ninguna catarsis, la experiencia espiritual del Camino no lo ha transformado. Disfruta de llegar al final, pero sigue siendo un tímido redomado… aunque, y aquí está el valor de todo, en el fondo sí ha dado un gran paso. Porque mientras el Jason persona —detalle importante: usa su nombre real, John, dentro del relato— se esfuerza en relacionarse socialmente, el Jason autor de cómics ha dibujado uno autobiográfico, en el que confiesa en primera persona cuestiones personales que no se le suelen contar a todo el mundo. Y es entonces cuando nos damos cuenta de que ha sido a través del arte y la narración como ha conseguido una discreta pero auténtica catarsis.

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