Poncho fue, de Sole Otero

Sole Otero es una joven artista argentina, autora de una reciente publicación de La Cúpula: Poncho fue. La misma dibujante ya había publicado con la editorial catalana La pelusa de los días, pero esta nueva novela gráfica es la primera obra larga que realiza, y la primera suya que leo yo. Tengo que confesar, en primer lugar, que tenía algún prejuicio, porque el estilo de dibujo y el rico color de acuarela no parecían lo más apropiado para contar una historia de relación de pareja turbulenta, pero una vez que uno empieza a leer se da cuenta de que, precisamente, es ese contraste el que mejor encaja con lo que Otero está buscando. Que no es otra cosa que mostrar, basándose además en experiencias personales, que toda historia de maltrato empieza siendo una historia feliz. Es lo que vemos en las primerísimas páginas de Poncho fue: una pareja feliz, paseando por la calle, jugando como un par de enamorados, con él regalándole un ramo de flores a ella. Pero, al llegar a casa, un comentario sin maldad, un consejo hecho en la confianza que da o debería dar la vida en pareja, desata una tormenta.

Acto seguido, la autora nos traslada a los primeros días de la relación, al momento de conocerse, a la primera cita. Todo parece maravilloso, él es increíble, ambos están enamoradísimos y pasan todo el tiempo juntos. Pero pronto vamos viendo señales: la verborrea de él, representada por Otero con bocadillos desbordados por las palabras, incomprensibles, la sumisión de ella, obnubilada… La relación qu vemos construirse paso a paso, desde fuera, se percibe como profundamente asimétrica. A través de los diálogos y las diferentes situaciones, Otero va mostrando, poco a poco, sutilmente, rasgos de personalidad de los dos protagonistas. La intención parece ser que comprendamos cómo lo que desde fuera parece evidente, desde dentro se vuelve confuso… Lo que se ha venido en llamar una relación tóxica —término con el que tengo no pocos problemas— supone una relación muy compleja, en la que los sentimientos se enredan y confunden, y en la que el amor genera dependencia, control y chantaje emocional constante.

Santiago es un hombre joven de ego fragilísimo —aunque se haya construido una carcasa que lo disimule—, expansivo e invasivo, que tiende a atraer la atención en cualquier reunión de amigos y a monopolizar las conversaciones con Lu, su pareja. Se siente herido por las cosas más nimias, reprocha tonterías, acusa de estar loca a Lu o la presiona cuando cambia de opinión. Se siente herido en su hombría cuando tiene que vivir del sueldo de su pareja, pero luego se aprovecha de ello e incluso pretende controlar sus gastos. Hay algo muy sutil y muy perverso en la manera que tiene de darle la vuelta a las situaciones, de pedir que se respete su espacio e invadir el de Lu, de hacer que ella se sienta culpable por haberlo herido, en situaciones en las que lo único que ha hecho ha sido expresar sus sentimientos o su desacuerdo con él. Es muy reveladora, en este sentido, la escena que sucede en un restaurante (p. 61): él la invita a comer, ella se muestra agotada tras un día de duro trabajo, y él le reprocha que no sea ría de sus chistes.

Lu, poco a poco, va sumiéndose en una depresión. Acude a una psiquiatra, se medica, y su trabajo como ilustradora se resiente de todo ello. Otero muestra su deterioro visualmente, a través del dibujo: Lu cada vez aparece más apagada y blanca. A menudo estalla y llega, de pura frustración, incluso a agredir levemente a Santiago. Otero no oculta esos momentos oscuros, pero tampoco puede ni quiere ser equidistante: es una experiencia en la que está implicada personalmente y no cabe la objetividad. Santiago no es una figura positiva, eso es cierto, pero sí se muestra como un monstruo social aceptado, un joven afable y extrovertido que cae bien a todo el mundo, y que niega sus propios problemas: «a mí no me pasa nada»… por tanto, tiene que ser Lu la culpable de todo. Y ella llega a creérselo, y deja que, sin darse cuenta, Santiago la vampirice y superponga su personalidad sobre la de ella. Llega un punto en el que Lu ya no es nada sino la pareja de Santiago, y no puede hacer otra cosa que estar atenta a sus necesidades y deseos, hasta que no puede más y estalla. Hay conversaciones aparentemente corrientes que a mí me dejan helado: en un viaje en coche, paran porque han visto ciervos, y Santiago le dice a Lu: «Es tu animal favorito, ¿no?». Ella contesta que no, que su animal favorito es el elefante, y él replica, sonriendo y con naturalidad: «Debería ser el ciervo, te queda mucho mejor» (p. 139). Así, con esa sencillez y naturalidad que da la costumbre, se muestra el grado de control al que puede llegar alguien con su pareja: hasta el punto de saber mejor que ella cuál es su animal favorito.

La sencillez gráfica que busca Otero en la exposición de la historia la lleva a no emplear herramientas demasiado complicadas, sino, más bien, recursos gráficos de probada eficacia en la novela gráfica autobiográfica y/o costumbrista, como la representación simbólica de la culpa o la depresión, o el cambio de tamaños de los protagonistas cuando discuten. Esa falta de innovación en momentos puntuales va unida a cierta monotonía narrativa, pero se compensa con la intensidad y la sinceridad del relato, que conecta directamente con los lectores y logra, más allá de la identificación con Lu, algo mucho más complicado y peliagudo: la identificación con, al menos, algunas conductas de Santiago. Y eso es mucho más incómodo, desde luego. Pero leyendo Poncho fue —confío que el título, incomprensible en España, no eche para atrás a nadie— es inevitable cuestionarse a uno mismo, de un modo, que, en realidad, trasciende a las relaciones de pareja. Porque Santiago es adecuadamente normal, no tan diferente de cualquier otra persona… por eso el libro deja un regusto amargo y nos inquieta: ¿de verdad no somos así nunca? ¿Nunca hemos caído en la tentación de explotar la culpa de otro, nunca hemos hecho chantaje emocional, ni hemos intentado influir en alguien cercano o manipular su opinión?

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