Puertadeluz, de Luis Bustos

Que la ciencia ficción puede ser una interesante herramienta de crítica social no es ningún secreto; que el género se ha perdido a menudo en un escapismo onanista, tampoco. Tiempos de crisis como los que vivimos desde, por lo menos, 2008, potencian el lado más crítico de la ci-fi, pero, incluso así, me da la sensación de que en el cómic contemporáneo no hay tantos ejemplos como podrían. Y menos si nos centramos en el caso español. Por eso, de entrada, me suscita interés la última propuesta de Luis Bustos, Puertadeluz (Astiberri, 2017), aunque, como veremos, hay mucho más que eso.

Por supuesto, la expectación también tiene que ver con la producción reciente de Bustos. Versus (Entrecomics Comics, 2014) y ¡García! (con Santiago García; Astiberi, 2015-16) son obras de un dibujante maduro, que ha destilado influencias muy dispares —desde Tezuka a Miller, pasando por Gallardo— en un estilo sólido, versátil y, cuando es preciso, espectacular. Como David Rubín, Bustos ha sido capaz de aunar experimentación y comercialidad en un método de trabajo que le permite una producción copiosa. El dibujo de Bustos no alcanza, quizás, la potencia gráfica desatada de un Versus —tampoco lo pretende—, pero no tiene nada que envidiarle a ¡García! con respecto a la caracterización de personajes, ambientaciones y soluciones narrativas, empezando por el ya característico uso de un rotundo B/N, el manejo de tramas mecánicas o lo que él define como trazo emocional: la rotura o manipulación de la línea para representar o enfatizar emociones intensas. Bustos ha convertido esto en una marca de su estilo y lo utiliza cada vez mejor. Tras su colaboración con García, el dibujante ha probado de nuevo suerte como autor completo, campo que no le es ajeno, aunque, en esta ocasión, no recurra a una historia real como en Endurance (Planeta, 2009) o un relato en prosa como en Versus, sino que se lanza a la realización de un guión original.

Bajo el influjo de Ballard, Bustos presenta un futuro muy cercano —2026— y sitúa la acción en España. Algo ha sucedido que ha dado al traste con la economía, pero, acertadamente, nunca lo llegamos a saber. Vamos descubriendo poco a poco algunos detalles, elementos que nos hacen darnos cuenta de que la historia se ambienta en una de tantas macrourbanizaciones construidas en los alrededores de las grandes ciudades españolas, donde malvive un grupo de gente que, intuimos, ha quedado aislada. También sabremos, llegado el momento, que existen bandas merodeadoras, pero nunca tendremos toda la información: ninguna voz en off nos narra qué ha sucedido entre 2017 y 2026. En esa urbanización, Puertadeluz, vive Antonio con su hija Alicia y su hijo Peque. También los conocemos sin demasiados preámbulos, sobre la marcha. Alicia es la protagonista, en realidad, una adolescente impulsiva y rebelde, como cualquier otra que se precie.

Lo que más me ha interesado de Puertadeluz es la ruptura de las expectativas y la manera en la que el autor nos niega la información para dejar abiertas muchas cosas. No puedo explicar esto sin spoilers, así que avisados estáis a partir de aquí. En esta novela gráfica parece que se nos va a contar una historia posapocalíptica, aunque esté a la vuelta de la esquina y tenga más que ver con una crisis económica y con una urbanización abandonada por la administración que con una catástrofe nuclear —y eso que exponerse a la lluvia no parece muy recomendable—. Pero a partir de determinado momento, que podría coincidir con el inicio del segundo acto, descubrimos que, en realidad, esa primera impresión queda al fondo, como contexto, y que lo que se nos va a contar es, más bien, un drama familiar, que se nos introduce a través de pistas que no se perciben hasta que, posteriormente, irrumpe un sicario en escena que destapa una historia oculta, un secreto familiar que nunca llega a desvelarse sin sombra de duda. El padre de Peque y Alicia parece confesar algo horrible, pero no lo vemos nunca directamente, sino que nos enteramos a través de las palabras del sicario… que muere sin confirmarle a Alicia si es cierto. A partir de ahí, la protagonista, al igual que los lectores, debe escoger qué quiere creer, si es que quiere creer algo. Pero lo que es cierto es que la vida sigue, y por eso Alicia y Peque se marchan de Puertadeluz, dejando completamente abierto el futuro: de hecho, casi parece que este libro es un preludio a las aventuras de los dos hermanos.

Bustos parece más interesado en jugar con las expectativas del lector que en construir un guión canónico y redondo: el ritmo, por ello, es en ocasiones abrupto, y a veces se apuntan cuestiones que no se resuelven, aunque algunas se entienden mejor en una segunda lectura; encajan mejor de lo que parece. Pero yo, personalmente, prefiero una historia imperfecta y sorprendente que una perfecta y previsible. Bustos asume riesgos, deja casi todo abierto, rompe con las normas del relato y, sobre todo, maneja muy bien la información que nos da y la que nos niega, sin perder nunca cierta logica interna. Puertadeluz es una obra que demuestra que los géneros clásicos tienen aún mucho que dar, pero los caminos para explorarlos deben ser nuevos, alejados de fórmulas.

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