Oscuridades programadas, de Sarah Glidden

No hace falta descubrir a estas alturas que el cómic puede ser un vehículo idóneo para los reportajes periodísticos; Joe Sacco lo ha evidenciado una y otra vez en sus obras. Pero aún no hay suficientes cómics de este género como para que deje de ser noticia destacada la aparición de uno. En este caso, se trata de Oscuridades programadas (Salamandra Graphic), la obra más reciente de la estadounidense Sarah Glidden. No había leído su anterior cómic, Una judía americana perdida en Israel, pero en este nuevo libro se muestra ya como una historietista madura, con un estilo sobrio, funcional y, por momentos, demasiado plano. El uso abundante de planos medios y de viñetas de tamaños muy regulares resta posibilidades expresivas al lenguaje que ha escogido para expresarse, eso es innegable, aunque también lo es que sabe imprimirle a su relato interés y densidad narrativa, porque, precisamente, con su sencillo estilo de dibujo y su infrautilización de determinados recursos parece querer invisibilizar la parte formal y que sea el relato el que atraiga nuestra atención.

En mi opinión, lo consigue con creces. Una vez uno comienza a leer, se ve sumergido en el apasionante proyecto de investigación de un grupo de amigos periodistas al que acompaña Glidden para dibujar su cómic. Centrado en los refugiados de la guerra de Iraq, su viaje los lleva a Turquía, Siria y la propia Iraq. Así que, obviamente, en primer lugar Oscuridades programadas tiene como objetivo mostrar esa realidad de un modo que no suele ser el empleado por los grandes medios de comunicación, y acercar a los occidentales a la vida diaria de esas personas que tuvieron que abandonan su país para sobrevivir como refugiadas en otros. La información que se aporta es compleja, aunque esté expuesta de una forma sencilla. Es rica en puntos de vista porque el equipo de investigación habla con diferentes fuentes y se preocupa especialmente por no ser tendencioso y comprobar cada testimonio, de modo que un lector interesado en este tema encontrará muchos temas de interés en este cómic.

Sin embargo, a mí me han interesado mucho más otras cuestiones que están presentes en Oscuridades programadas. La primera de ellas tiene que ver con el periodismo moderno: este grupo de reporteros independientes sobrevive a base de ayudas, pero también de la venta de reportajes a medios de todo el mundo. Los gustos e inclinaciones de dichos medios son un tema a debate en varios momentos del libro, porque, inevitablemente, afecta al trabajo periodístico: hay que buscar historias de «interés humano», con ganchos para esos medios, regidos por una agenda en la que influye toda una red de interés socioeconómicos. No es nada fácil, en ese contexto, desarrollar un trabajo periodístico de calidad y verdaderamente independiente.

Hay aún otra cuestión fundamental, que creo que es la clave de este libro: los límites de la verdad en el periodismo. La fidelidad a unos hechos se vuelve un asunto dúctil cuando esos hechos se escapan entre los dedos, o cuando es imposible a una fuente que demuestre sin género de dudas la veracidad de un testimonio. La cuestión aparece muy pronto, vinculada a la labor de Glidden desde la nota inicial, toda una declaración de intenciones: «Sí, en este libro dos personajes se llaman Sarah. Una de ellas es Sarah Stuteville, periodista del Seattle Globalist, y la otra soy yo, Sarah Glidden. Durante mucho tiempo […] rebauticé a su personaje con el nombre de Sal, con la idea de evitar confusiones. Sin embargo, nunca estuve del todo convencida y al final no pude seguir obviando la sensación de que resultaba poco apropiado cambiarle el nombre a alguien en interés de la claridad» (p. 6). Esta última idea es esencial: Glidden sacrifica la síntesis narrativa y la ficcionalización que favorece la exposición del relato porque antepone la necesidad de ser fiel al mismo, de contar las cosas tal y como las vivió. Por supuesto, a estas alturas no vamos a llamar a esto «objetividad», pues ni es posible mostrar las cosas abstrayéndonos de nuestras circunstancias personales ni Glidden pretende tal cosa. Pero sí es evidente que hay una intención manifiesta de alcanzar un rigor elevado, de no omitir nada, de presentar todos los elementos de su investigación aunque eso devenga en un relato contradictorio, sin sensación de clausura ni unas conclusiones más o menos tranquilizadoras. El caso que mejor ejemplifica esta metodología por parte de Glidden y el equipo periodístico: el del iraquí Sam, expulsado de EE. UU. por una supuesta vinculación con los terroristas que atentaron contra el World Trade Center en 11 S. Sam parece un buen tipo, y quieren creer que dice la verdad, pero, al mismo tiempo, es inevitable explicar las contradicciones de su discurso e incluso lo inverosímil de algunos detalles de su historia, por no hablar de cómo el paso del tiempo puede deformar su memoria. Gracias a la visión un tanto externa de Glidden, el dilema informativo de este caso —que ocupa buena parte del libro— puede mostrarse en dos niveles: el primero es el puramente periodístico, y se refiere al tratamiento, distanciado del personaje lo suficiente para exponer los hechos, dejar que se exprese, comprobar hasta donde se pueda su historia, no ocultar los aspectos discutibles de su declaración, etc. El segundo se refiere a cómo la crónica de la crónica que realiza Glidden con su cómic permite exponer de un modo directo esos dilemas, en conversaciones que mantiene el equipo, y que demuestran cómo es imposible que las simpatías personales no se inmiscuyan en el trabajo de un periodista cuando se involucra tanto, aunque eso no signifique que haya que renunciar a la deontología.

Y la deontología, precisamente, es un tema que se debate de un modo muy directo con el otro caso más tratado durante todo el libro. Dan, un amigo de la periodista Sarah, es un excombatiente en la guerra de Iraq al que ella pide que les acompañe en el viaje, con el fin de grabar sus reacciones y entrevistarle durante todo el proceso. Se produce, entre ambos, una dinámica complicada pero interesante para nosotros como lectores, pues Dan no parece responder al típico perfil que podríamos esperar de un veterano estadounidense de Iraq: no es un patriota descerebrado, no odia al pueblo iraquí, pero tampoco responde al estereotipo de soldado traumatizado o deprimido. Sin embargo, tiene un discurso ambiguo, hermético y como aprendido de antemano, que su amiga intenta romper. Su frustración por no lograrlo, por no poder «abrirle los ojos» como intenta hacer con la población en general, se opone al riesgo de estar manipulando demasiado a su fuente, de intentar que Dan le diga lo que ella esperaba que iba a decirle cuando le invitó al trabajo. No hay respuestas fáciles, ni se pretende darlas.

En la página final, las dos Sarahs, ya de vuelta en Seattle pasean por la calle. La periodista reflexiona entonces, después de todo lo que ha experimentado: «… generar cambio no puede ser la meta del periodista. / Siempre me pregunto: ¿es mejor que el artículo exista o que no exista? / Si la respuesta es que exista, lo escribo» (p. 298). Esa humildad en su profesión parece ser lo único que puede esgrimirse, tras todo el periplo vivido, cuando se le cuestiona sobre la utilidad de su trabajo, y es algo, quizás, extrapolable al propio trabajo que ha realizado Sarah Glidden con Oscuridades programadas, una obra con límites claros, que no profundiza tanto en la materia como otros reportajes realizados en cómic, pero que supone una notable muestra del género.

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