La mujer de al lado de Yoshiharu Tsuge

El nombre de Yoshiharu Tsuge es casi legendario: un mangaka alternativo, underground podríamos decir sin realizamos una analogía con el mercado americano, que publicó muy pocas páginas, se retiró en 1987 y siempre negó la edición extranjera de sus obras. La publicación de El hombre sin talento (2015) por parte de Gallo Nero fue una de las mejores noticias de aquel año, y descubrió al gran público un autor soberbio y una obra que podemos calificar de maestra sin dudar demasiado. Pero ahora recibimos con la misma expectación La mujer de al lado, publicado por la misma editorial, y descubrimos que El hombre sin talento no fue una excepción en su carrera.

Tsuge realizó varias historias cortas en los años ochenta, antes de dejar de dibujar para siempre, en la línea de El hombre sin talento: piezas íntimas, autobiográficas —aunque enmascare siempre su identidad con un alter ego, en la tradición del manga—, que hablan de la mediocridad, de la depresión, de  la nada. Es decir: de la vida desprovista de artificio, expuesta del modo más crudo que un cómic es capaz de lograr. Tsuge tiene un estilo de dibujo sencillo pero minucioso, que emplea el efecto máscara al contraponer las figuras caricaturescas a los fondos realistas. Pero «caricaturesco» aquí no debe entenderse como humorístico, por supuesto, sino estilizado y expresivo, aunque siempre sutil. La sutileza es, quizás, la cualidad que mejor define la narración de Tsuge, que nunca subraya las emociones, sino que las transmite a través de pequeños detalles, de su atención a las cosas pequeñas, y de las situaciones que viven sus personajes. A veces sus relatos son simples retazos de vida, otras cuentan una historia más o menos articulada; casi siempre hablamos de piezas que relatan una vida de subsistencia, sin posibilidad de salir del arroyo en un Japón miserable, muy alejado del milagro económico, un país de barrios degradados en los que un puñado de perdedores se busca la vida, y donde la recta moral tradicional deja paso a la lujuria y el deseo, pero siempre retratado sin una mirada erótica. Más bien todo lo contrario. Hay mucha tristeza en las páginas de La mujer de al lado, pero es una tristeza que no tiene nada que ver con la nostalgia, por mucho que algunos de los protagonistas de Tsuge se aferren, como hacía el de El hombre sin talento, a algún elemento del pasado. Es, en realidad, una colección de relatos sobre personas que no encajan ni quieren encajar en una sociedad emergente y en plena transformación.

La tentación de definir  el trabajo de Tsuge en este libro como «poesía de lo cotidiano»  existe, pero se desmonta enseguida; eso es algo que podemos aplicar a algunos trabajos de Jiro Taniguchi, pero que no acierta a describir este descenso a las miserias que ejecuta un autor en contacto con la depresión, al límite de la vida. En ese línea estrecha que separa la cordura de la locura, se encuentra con personajes que son en parte él y en parte otro, pero que siempre son, además, algo de nosotros mismos, lectores que nos creemos inmunes ante determinadas cosas. Pero si podemos empatizar con los protagonistas de estos relatos, es porque hay en ellos una verdad profunda, íntima, que no termina de expresarse con palabras pero que está siempre presente.

«La mujer de al lado», la primera de las piezas de este libro, abunda en uno de los temas favoritos de los autores de manga adulto: el deseo sexual no satisfecho, bien por represión o por falta de correspondencia de la otra parte. Es algo que encontramos en varias de las historias incluidas en La chica de los cigarrillos de Masahiko Matsumoto (Gallo Nero, 2016), y que Tsuge trata siempre desde un punto de vista propio: lo sentimental queda siempre sublimado, no expresado, y las relaciones de pareja se construyen basándose en el interés. La divorciada con la que entabla una relación Tsube, protagonista de ese primer relato, acaba marchándose a vivir con su socio en el negocio del contrabando, que a su vez abandona a su mujer cuando dicho negocio se va al traste. En el sexto relato, «La asociación de los cien lugares de interés de Ikebukuro», el proceso es hasta cierto punto inverso: tras el fracaso de un negocio editorial —tan anunciado como los muchos que encontramos en El hombre sin talento—, un amigo del protagonista se esfuma del mapa, y su pareja, que vivía con ambos en el apartamento del segundo, se deja querer, aunque en una tensión sexual nunca resuelta. En «Niño», una de las historias más redondas —en la que Tsuge se sumerge en su memoria infantil—, el joven protagonista se siente atraído por una niña, aparentemente un poco mayor que él, que es retirada del trabajo por su jefe. Aquí es donde alcanza la sutileza de Tsuge su mayor cima, pues no se explicita nada, ni siquiera lo vemos: todo queda en el aire, insinuado, sobreentendido.

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En «Un autor sin nombre» Tsuge recupera su turbulenta relación con el manga, y narra cómo abandonó la obra propia para ser ayudante de un autor consagrado y ganarse la vida, en contraste con lo que hace otro colega, que recorre el camino contrario, para verse sumido en la miseria y obligar a su reciente esposa a prostituirse. También es un mangaka fracasado el protagonista de la soberbia «Días de paseo», la segunda historia del volumen —y una de mis favoritas—, donde se expresa como pocas veces hemos visto la falta de ambición y de impulso por progresar: «Últimamente no recibo encargos y no tengo nada que hacer. / Lo entiendo. Mis historias no llaman la atención» (p. 48). En comparación con la enorme cantidad de historias de superación, de relatos épicos aplicados a cualquier búsqueda vital que podemos encontrar en el manga, Tsuge se esmera en retratar todo lo contrario, una especie de estado zen-depresivo en el que sus protagonistas —él mismo— se sumen en la inacción. En este fascinante relato, el dibujante fracasado atesora trescientos yenes como si fueran un tesoro, una esperanza de poderlo gastar en algo. Pero, tras una página hablando de esos trescientos yenes, se los juega sin dudarlo en una apuesta callejera, y los pierde. Hay tanto sobre la naturaleza humana encerrado en ese par de páginas que en su sencillez formal nos atrapa y nos abruma, como sucede en la última página, donde recupera esos trescientos yenes en un acto miserable pero, al mismo tiempo, enormemente cargado de significado: ese hombre no aspira a nada más que a tener trescientos yenes guardados en su bolsillo.

«Paisaje de vecindario» es otra de las historias que más me ha interesado, tanto por cómo está construido el relato, como por ser una aproximación diferente al fracaso vital. En sus páginas, un joven sosias de Tsuge vive con su esposa y su hijo recién nacido en unos apartamentos en cuyas cercanías se han instalado inmigrantes coreanos. En esas chabolas se hacinan un puñado de viejos sin oficio ni beneficio, marginados sociales, invisibles por su doble condición de pobres y de coreanos, entre los cuales el protagonista se siente verdaderamente a gusto, para incomodidad de sus vecinos. En este relato, por tanto, se aúna la crítica del mundo moderno —el poblado chabolista será reemplazado por un campo de golf— con la dimensión personal de un autor que encuentra su lugar entre los desclasados y los desesperanzados, en una etapa de su vida en la que aún podría haber esperanza.

Una voz única como la de Yoshiharu Tsuge es algo muy valioso. Su discurso contracorriente, que parece escapar deliberadamente de la tendencia principal no ya del cómic japonés, sino del alternativo internacional, se torna universal cuando entendemos que el escenario espaciotemporal no es más importante que su actitud vital, con la que todos podemos empatizar. Su manera de narrarla, con textos parcos, con gestos escogidos y una simbología oscura pero brillante —las moscas aplastadas, el pez que conserva uno de los coreanos de «Paisaje de vecindario—, alcanza, en mi opinión, una altura superior a la de El hombre sin talento, al menos en algunos momentos. Sin embargo, no es necesario escoger, por fortuna: ambas son muestras de un talento que Tsuge nunca pudo aplacar, por concienzudamente que se aplicara en ello

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