The Watcher and the Tower cumple diez años

El 5 de julio de 2007 publicaba el primer post en este blog. Bueno, no exactamente, porque The Watcher and the Tower comenzó su andadura en La Coctelera, un servicio de blogging del que ya nadie se acuerda (y con buenos motivos para ello). En algún momento de 2011, si no recuerdo mal, el blog fue trasladado ladrillo a ladrillo a WordPress, y aquí seguimos, tan al pie del cañón como me dejan los proyectos en los que ando, el trabajo, la tesis doctoral y la vida, en definitiva. Pero me gusta mucho mantener este espacio con cierta regularidad, tener este reducto para escribir de lo que quiera, con la extensión y el tono que me apetezcan. Sé que los blogs son algo a extinguir, al menos en lo que respecta a la crítica y divulgación de cómics, pero al menos éste tiene cuerda para rato. Creo que la profundidad de análisis que permite un blog (aunque, desde luego, no siempre aprovechemos todo su potencial) no tiene nada que ver con las redes sociales, que tienen otras virtudes y defectos.

Pero no quiero enredarme ahora con una apología del blog como medio de comunicación: la mejor defensa es seguir adelante con éste. Lo que sí quiero es deciros que me siento muy afortunado por todo lo que me ha sucedido en esta década. Todos los proyectos en los que he podido participar, los textos que he escrito, los libros y artículos publicados, y, sobre todo, la gente que he conocido, y de la que he aprendido mucho. Y por eso, antes de lanzarme a un relato de cómo he vivido estos diez años, contaros qué joven era cuando empecé y cuántas cosas han pasado, me ha apetecido más, para celebrar estos diez años, contar con esas personas que he tenido la suerte de conocer gracias, en gran parte, a este blog, con el que empezó todo. Y, al mismo tiempo, que sirviera de repaso a un periodo en el que han cambiado muchas cosas en el mercado español y en el cómic como medio.

Así que hace unos días escribí a un buen puñado de colegas (críticos, teóricos, periodistas, divulgadores…) y les pedí un favor: que escribieran unas líneas sobre el cómic publicado en España por primera vez entre 2007 y 2017 que más le apeteciera, por los motivos que sean. Evidentemente, el resultado no es un canon, obviamente, ni un listado de “lo mejor de”, pero creo que el resultado es interesante.

Sin más, os dejo con ello, no sin antes agradecer a la gente que ha colaborado su aportación y su camaradería durante estos diez años. Y también, por supuesto, a todas las personas que no ha podido colaborar pero que también ha estado ahí durante todo este tiempo.

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Octavio Beares (crítico de cómic y codirector de CuCo, Cuadernos de cómic)

Chapuzas de amor, de Jaime Hernandez (2015)

Nos vamos de cumpleaños y en vez de una fiesta mi amigo Gerardo nos pide un cómic. Uno que en los últimos diez años, sea por la razón que fuere, me parezca especial. Habrá quien diga que es difícil, ¡uno en diez años, ola tú ke ase!!!… Pues la elección me resulta más fácil que comerme la tarta del cumpleaños.

Porque Jaime es, hoy por hoy, el pasado y el presente y el futuro del cómic. Sabe a viejo y a nuevo, moderno y clásico. Sus Locas son una construcción colosal pero en absoluto grandilocuente, una obra de décadas para que sea la obra de tu vida. Hay muchos motivos para adorar a Jaime Hernandez y a sus criaturas. Son lugares comunes, anotadme como devoto de todos ellos (su dibujo, lo “real” de sus personajes, su maestría como dibujante y como narrador, su incesante crecimiento como artista…) pero si Chapuzas de amor es “esa obra” que quiero elegir de los últimos diez años es por algo personal.
Maldita sea, yo estoy de vuelta, llevo cuarenta y cinco años leyendo cómics. Yo-no-lloro-con-un-cómic a estas alturas.
Pero lloré con una amalgama de sentimientos tan inabarcable, al cerrar Chapuzas de amor, que debo rendirme. Jaime Hernandez es una de las mejores cosas que le ha pasado al cómic en toda su historia, y además tiene esa capacidad mágica, espiritual, de tocarte desde la ficción. La tiene en un grado superlativo y en Chapuzas de amor se supera en este sentido.

Y no hace chapuzas, nunca, ni cuando nos lo insinúa desde el título.

¿Dónde decís que está la tarta esa, por cierto?

Jordi Canyissá (periodista y crítico de cómic)

Los combates cotidianos 4, de Manu Larcenet (2008)

Hay cómics que son revolucionarios y no lo parecen. Cómics que no exhiben su novedad de forma ostentosa pero que transforman el medio y lo hacen avanzar sin aspavientos, como quien no quiere la cosa. No digo que unos sean mejores que otros, pero constato que estas dos categorías existen, a mi entender. El francés Emmanuel Larcenet (1969) se dio a conocer como un dibujante humorístico cuyo estilo lo situaba como un heredero moderno del gran Franquin (dibujo caricaturesco, dinámico) pero su obra fue evolucionando y madurando hacia temáticas y enfoques más adultos. Los combates cotidianos es la mejor prueba: cuatro álbumes con el mismo aspecto formal que un cómic de Spirou pero que son capaces de explicar una historia mucho más densa: la de un fotógrafo de guerra que tras una crisis de identidad abandona a su familia para vivir solo en el campo. El relato está narrado con maestría, las viñetas silenciosas tienen un enorme peso narrativo. La última entrega de la serie se publicó en 2008 (hay una edición integral de Norma, de 2010) y, después, el autor siguió su camino con la tetralogía Blast (2009-2014) y las dos partes de El informe de Brodeck (2015-2016) que ahondan en esa fascinante oscuridad a la que Larcenet nos ha ido sumergiendo. Su evolución en esta década es también una forma de resumir los cambios que ha vivido la historieta en temas, formatos y ambición.

Christian Osuna (impulsor de la Microtebeoteca y director de La Guía del cómic)

Gourmand Gohan, de Alexis Aldeguer, Maiko Suya e Ilaria Mauro

Para celebrar, y definir, tu extraordinaria labor quiero señalar un título que conocí en la última edición de Graf Barcelona. Gourmand Gohan es un proyecto editorial gastronómico firmado por el ilustrador Alexis Aldeguer, la cocinera Maiko Suya y la diseñadora Ilaria Mauro.
Las publicaciones de periodicidad anual de este colectivo llevan como subtitulo la denominación “Food Culture Cómic” así que está todo bastante claro. Más si atendemos a que son un trío bastante alegre y activo, lo que les lleva a escenarios tan dispares como ferias gastronómicas y encuentros editoriales como Frankfurt y el Salón del Comic de Girona o a compartir caseta con La Guía del Cómic en Fabra I Coats, en el alternativo ambiente de Graf.
Nada mejor para dar ejemplo del eclecticismo, la versatilidad y el potencial del medio, cosas que tu trabajo como divulgador de la cultura de la historieta también ha conseguido establecer después de todos estos años.

Elena Masarah (historiadora y profesora)

Hot Metal, de Gabriel Corbera (2014)

Llegué a The Watcher and the Tower allá por 2012, más o menos. Con ese título pensé que lo mejor era empezar con las entradas sobre Mike Oldfield (Guitars es muchísimo mejor disco de lo que dices) para darme cuenta enseguida de que lo que molaba allí, en realidad, eran las reseñas de cómics. Leí asiduamente durante un buen tiempo, “picando” en algunas de las sugerencias y disfrutando gratamente de muchos de los cómics descubiertos en esos textos. Hasta que un buen día llegué a los fanzines, una tierra desconocida para mí que, de repente, me abría todo un mundo de posibilidades. Recuerdo con especial cariño la primera lectura: Hot metal, de Gabriel Corbera. Me pareció un artefacto maravilloso. Frágil, pequeño, pero lleno de sensaciones. Pensé que no iba a entender nada de aquello, que igual no era yo su público. Pero… qué va. Lo que consiguió Hot metal fue empezar a agujerearme el cerebro; comprendí que, en muchas ocasiones, las sensaciones que produce una lectura, una imagen, un dibujo, están por encima de la historia, de “lo que se cuenta”. A partir de ahí comencé una bonita relación con estas publicaciones: a través de ferias especializadas y de librerías que apuestan por estos formatos, he ido conociendo muchos autores, y sobre todo autoras, que me han fascinado y que me han hecho ver el mundo del cómic de otra manera. Precisamente, lo que quiero dejar patente en estas pocas líneas es que el mundo del fanzine y la autoedición está lleno de mujeres, de diversidad, de feminismos, de diversión. Ana Galvañ, Conxita Herrero, Klari Moreno, Mireia Pérez, Andrea Ganuza, Roberta Vázquez, Miriam Persand… y más. Muchas más. Yo que sé, un montón. Buscad, veréis que no miento. Cada día tengo más claro que lafeminización del cómic pasa por abrir la puerta de la autoedición, sentir la bofetada de aire fresco, abrumarse por la cantidad y la calidad, e indignarse por su desconocimiento. Y a todo esto llegué gracias a aquel post sobre Gabriel Corbera y su Hot metal, querido Gerardo. Así que felicidades por tus diez años y gracias, muchas gracias, por la labor que realizas por los cómics y, muy especialmente, por los fanzines. No nos faltes nunca.

Marc Charles (crítico y coordinador del club de lectura de cómic de la librería Pebre Negre)

La obra de Gabrielle Bell

En el verano de 2013 nació mi único hijo y mis cotidianas cambiaron para siempre, entre ellas, la lectura de cómics. Ese primer verano, entre llantos y siestas a destiempo, aproveché para leer todas las historias que Gabrielle Bell había subido en su web. Retrocedí al seis de septiembre de 2009 y pasé más de un mes leyendo las vicisitudes de la estadounidense: su vida como mujer sin talento (hay muchas similitudes con Yoshiharu Tsuge), sus viajes a convenciones de cómic, sus espantadas y desvaríos surrealistas (más semejanzas con el maestro japonés), sus alocados diarios del mes de julio. Ese verano, la bitácora de esta vecina de Brooklyn se hizo un hueco en mis estanterías por su brillante dominio del lenguaje del cómic, su fino sentido del humor y su incapacidad para adaptarse a este absurdo sinsentido capitalista. La Cúpula, siempre ellos, publicaron en su día un par de recopilatorios de sus historias: Afortunada y Cecil y Jordan en Nueva York. Su trabajo más reciente sigue inédito en nuestro país. Lo recopila y publica en formato libro de manera regular, Uncivilized Books, y es altamente recomendable.

Pepe Gálvez (crítico y guionista de cómic)

Los ignorantes, de Etienne Davodeau (2012)

Gerardo amigo, mi elección es Los ignorantes, de Etienne Davodeau, Siempre siempre con su saber narrar sea en la ficción o en sus recreación de la realidad. En este caso aún más con su propuesta de aprendizaje mutuo entre un viticultor y un historietista. Me sedujo su relato y me contagió su canto , al placer de descubrir y compartir el proceso de creación, a la defensa de la autoría consecuente, ese beber agua antes que vino mal cultivado o despersonalizado, una opción trasladable al ámbito de las viñetas. Es una obra de las que pueden conseguir romper las barreras defensivas de los/as que aún ignoran todo lo que puede ofrecerles la historieta. Por eso me empeñé y conseguí presentarla en territorio ajeno: la librería Negra y Criminal y lo hicimos a duo, cruzamos con Ramón Pardas viticultor de  Bodegas Pardas nuestras lecturas desde perspectivas y conocimientos diferentes . Cayeron una docena de botellas que había traído Ramón y se vendieron alrededor de 20 libros, una gran mañana

Raúl Tudela (crítico en 13 millones de naves)

Kinderland, de Mawil (2014)

Diez años de Gerardo hablando de tebeos, y diez años en los que el panorama ha cambiado totalmente con la consolidación de la novela gráfica, en el que los autores españoles destacan, un mercado que ha mutado en espacios y que se consolida públicos, en todo tipo de tebeos, desde mangas a fanzines avant-garde. Apostaría que hay ahora más gente leyendo tebeos que hace diez años y que en este tiempo Gerardo se ha leído un buen puñado de ellos. Ahora para celebrar el aniversario nos pide que escojamos un tebeo de esto 10 años, cosa que roza casi lo imposible, que solo escoger uno de los miles de tebeos que han salido en estas fechas, de los cientos que son grandísimos tebeos. Y como tiene que ser un tebeo editado en ese período, vamos a saltarnos los clásicos de Superlópez con los que nos hemos echado unas risas por twitter, pero también vamos a saltarnos las reglas y vamos a escoger uno que no ha sido publicado en España.

Vamos a escoger el Kinderland de Mawil, publicado en 2014 por Reprodukt en Alemania donde ese mismo año se llevó merecidamente el premio Max und Moritz al mejor cómic en alemán, uno de los más prestigiosos del país teutón. Kinderland es un tebeo de 300 páginas donde Mawil relata las aventuras de un niño de 7 años y sus compañeros de colegio, de su curso y los matones mayores en el Berlín este del verano de 1989, justo antes y durante la caída del muro. Pero los niños son niños y sus preocupaciones son diferentes, así el protagonista está profundamente preocupado por una competición de ping-pong con uno de los matones del cole, mientras tienen que cumplir con los jóvenes pioneros, con la iglesia, y cuidar de su hermana, tiene otros conflictos que ir resolviendo. Y en un momento de máxima tensión de enfrentamiento de ping-pong, llegan sus padres y lo llevan a visitar la otra parte de la ciudad que hasta entonces estaba cerrada. Había caído el muro de Berlín, y las vidas de muchos iban a cambiar de forma inesperada.

Un fantástico cómic, lleno de aventuras, de amistad, pero también del retrato de una época, con muchos guiños que detectan los niños de la Alemania del Este pero que no escapan al lector más externo para dar una idea de como era la vida en el Berlín comunista, y que el autor vivió en primera persona. Con el dibujo característico de Mawil, del que aquí hemos podido ver tres obras publicadas por Bang!, la última de ellas La Banda en 2009. Con un uso del color que da una luz especial y se aleja de tonos más grises asociados a la DDR, al fin y al cabo está tratando de recuerdos de infancia, y la visión es distinta. Y unas escenas de ping pong que no tienen nada que envidiar a las de Taiyo Matsumoto. Mawil junto a Flix pertenecen a una generación de autores bastante popular en Alemania, con estilos propios muy identificables, tanto estilísticamente como temáticamente, que tienen carreras paralelas, y de los que lamentablemente nos han llegado pocas cosas por aquí. Un tebeo que creo Gerardo no habrá leído, y no era fácil, pero seguro le gustaría. A ver si algún editor se atreve finalmente a traerlo por aquí.

Amadeo Gandolfo (crítico y corresponsable de Kamandi)

Mortadelas Salvajes, de Frank Vega (2014)

Esta elección, como tantas otras, tiene mucho de caprichoso: es solo uno de los tantos libros posibles de estos años. Si tan solo nos circunscribimos a Argentina, la producción de historieta 2007-2017 ha sido brutal, variada, desbordante, incluso desafiando las fluctuaciones de mercado y las carencias. Elegir una historieta es traicionar a un montón de otras. Pero es que hay algo en Frank Vega que me parece tan fascinante. Vega es brutal. Un diferente. Un historietista e ilustrador infectado por un virus marciano que le hizo crecer tentáculos en el cerebro. Y la verdad que jamás había tenido oportunidad de escribir sobre él. Este libro recopila varias tiras aparecidas en la revista Fierro y algunas inéditas en donde Vega dibuja su mundo: conurbano profundo, calles de tierra, guachines ranchando en la esquina, alcohol, basura, fábricas que escupen humo a la atmósfera, autos viejos, charcos, la yuta a la vuelta de la esquina; pero, también: aliens, mantis religiosas deformes, monstruos gigantes con cara de ídolo asiático, sapos con forma de hombre que practican karate, valkirias, mutantes, funny animals de merca. Hay algo profundamente argentino en esa yuxtaposición. Por un lado, la idea del Conurbano bonaerense (el inmenso cordón de barrios y distritos, muchos obreros, pero con grandes zonas ricas también, que rodea a la Ciudad de Buenos Aires y de donde provienen muchos de sus laburantes) como un territorio exótico, desconocido, profundo, con su propia mitología que entrecruza el oeste norteamericano con la brutalidad del tercer mundo. Por otro lado, la idea de las clases sociales como constructos algo monstruosos. En Frank Vega el comentario político y social está presente de forma continua pero oblicua, con mutantes gomosos que hablan como “chetos” de la clase alta, ETs que viven debajo de la línea de pobreza, y seres variados que habitan una vida precaria, obteniendo las alegrías pasajeras y mínimas que siempre le son reservadas a la clase baja. Vega es el Bosco de la castigada clase trabajadora argentina, el peronista cronenbergiano. Por último, Frank Vega es una bestia del dibujo. Con un trazo simple pero detallista, blanco y negro, un toque tembloroso, despliega paisajes suburbanos cargados y personajes que se balancean entre lo aberrante y lo cómico. Es un libro pequeño, un puñado de tiras (Vega, alas, no es el más prolífico de los autores) pero desternillante y asombroso y zarpado todo al mismo tiempo. Lo hojeo de principio a fin cada vez que lo saco de la biblioteca y alucino con esos paisajes de decadencia urbana bruegelianos regados generosamente con cerveza.

Eduardo Bravo (periodista, colaborador de Yorokobu)

Nosotros llegamos primero, de Furillo (2014)

La epopeya carpetovetónica y de Furillo ha sido para mí uno de los mejores tebeos editados en estos diez años. Por supuesto que ha habido otros títulos que me han gustado y que creo que merecerían estar aquí. Por ejemplo, esa maravilla de Victor Puchalski que es Kann, CAU o Sangre Americana de Benjamin Marra, las cosas de Hanselmann que publica Fulgencio Pimentel o RIP de Felipe Almendros, entre muchas otras. Sin embargo, la lectura de Nosotros llegamos primero (y doy fe que me lo he leído una cuantas veces) me ha hecho disfrutar como hacía años que no disfrutaba de un tebeo.

Para empezar, el guion es absolutamente delirante. Sin embargo, que Franco decida enviar una misión a la luna para colonizar el satélite y colocar en el la enseña rojigualda antes que los americanos o los soviéticos, podría ser un bluff si no fuera porque la aventura está protagonizada por un elenco formado por los personajes más esperpénticos que se pueda imaginar. Una pandilla que, lo peor de todo, son ciertamente reconocibles en la realidad española porque, quién no ha tenido un tío como el Coronel Roberto Buitrago o incluso como el profesor Niemeyer y no por nazi, ya me entienden.

Por si esto no fuera suficiente, los diálogos son brillantes, hay escenas de acción trepidantes, abunda el sexo, las drogas y, cuando parecía que estaba todo el pescado vendido, un giro de guion coloca la historia en una nueva dimensión, nunca mejor dicho.

Nosotros llegamos primero no tienen nada que envidiar a los tebeos underground americanos de los sesenta. Muy al contrario, a diferencia de otros autores que se pasaron la vida imitando lo que los americanos hacían y creando pastiches sin ningún vínculo con nuestra realidad, Furillo consigue desarrollar un tebeo irreverente, divertido, cafre que, como hizo Nazario con Anarcoma, mezcla mil referencias de procedencias diversas para crear una obra que solo se podía hacer en este país.

Para no extenderme más, mejor no entrar en el aspecto artístico de Nosotros llegamos primero. Con decir que Furillo firma en este título algunas de las páginas más memorables de esta década, las cuales demuestran que es uno de los mejores dibujantes españoles actuales, creo que es suficiente.

Como decía antes, sin desmerecer a todas las obras estupendas que se han publicado en los diez años de existencia de The Watcher and the Tower, Furillo consiguió con Nosotros llegamos primero que volviera a leer un cómic con la intensidad y diversión con que la hacía cuando empecé a leer tebeos. Gracias a Furillo por ello y felicidades a Gerardo Vilches por estos diez años.

Santiago García (teórico y autor de cómics)

La casa, de Paco Roca (2015)

La casa (2015, Astiberri), de Paco Roca, me tocó la fibra. Paco venía de hacer su obra maestra, Los surcos del azar, y probablemente no haya sitio más difícil del que venir ni camino más difícil de recorrer que el que sucede a una obra maestra. ¿Cómo se supera una cosa tan monumental como Los surcos del azar? Paco tuvo la sabiduría de no intentar superarla, de no intentar ir “más allá”. Al contrario, tomó la decisión sabia de quedarse “más acá”, reducir el horizonte de ficción al que miraba y pasar del gran relato histórico al recuerdo familiar. Claro que La casa era, no obstante, otra manera de continuar el trabajo de Los surcos del azar, es decir, el trabajo de recuperar la memoria. Pero ahora en el ámbito íntimo. Qué gran autor hay que ser para saber maniobrar así y articular una carrera con tanto equilibrio.

Por supuesto, lo que hizo que La casa me llegara tanto fue el mecanismo de identificación que activó en mí su lectura. Paco y yo somos de la misma generación, y aunque la experiencia de su padre y la construcción de su casa para los fines de semana está muy alejada de la que tuve yo, hay muchísimas circunstancias que reconozco en esta historia como si las hubiera vivido personalmente. Y muchas instancias de la relación del protagonista con su padre las comprendo con una viveza estremecedora. El caso más directo de reconocimiento lo encuentro en la página 103. Allí se cita un hito histórico-deportivo-familiar: la retransmisión de la semifinal de baloncesto de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, en la que España venció a Yugoslavia. Para mí, aquella semifinal también es un recuerdo asociado a mi padre. La vimos juntos, en un bar de la carretera de la playa de Altea, a no tantos kilómetros de donde Paco probablemente la viera con su propio padre. Y de tantos y tantos partidos que pude ver con mi padre a lo largo de su vida, de éste es quizás del que más me acuerdo. Y ni siquiera era de fútbol, que es lo que le gustaba a él.

La casa, pues, me llega por motivos personales, y porque los temas que trata cada vez me preocupan más desde que murió mi propio padre. Pero me llega también porque está contada con una limpieza y una honradez admirables, me llega porque toda su carga sentimental escapa milagrosamente del sentimentalismo que la habría arruinado, el sentimentalismo que, desde la primera página, uno está esperando que le arruine la lectura. Cuando habría sido fácil buscar la emoción, Paco busca otra cosa, porque sabe que de todos modos la emoción la vamos a encontrar sin necesidad de forzarla. Porque, en última instancia, no es de la emoción de lo que trata este tebeo. Cómo me emociona esa capacidad para eludir la tiranía de la emoción (o de la emocioncita) que muestra Paco en el momento más emotivo de su carrera. Nada nos conmueve más que los esfuerzos que hacemos por mantener la dignidad en público.

David Fernández de Arriba (responsable de Historia y Cómic)

El arte de volar, de Antonio Altarriba y Kim (2009)

En 2009, cuando se publicó El arte de volar, yo era un lector de cómics muy ocasional. Desde pequeño había leído sin parar a mi querido Asterix y años después me impactaron mucho Maus Persépolis, pero no había ido mucho más allá. Una tarde de finales de 2009, fui a visitar a un amigo que trabajaba en FNAC y al pasar por la zona de cómic vi la obra de Altarriba y Kim que había sacado Edicions de Ponent: tapa blanda, color rojo y una imagen en sepia que ocupaba buena parte de la portada. Lo hojeé, reconocí el dibujo de Kim y tras leer la contraportada, me lo compré. Aún no era consciente, pero fue la obra que me hizo empezar a pensar en las posibilidades del cómic como medio para hablar de la Historia, como herramienta fundamental para la recuperación de la Memoria Histórica y, especialmente, como una gran manera de trasladar el conocimiento histórico a las aulas. Por todo ello, gracias, Antonio Altarriba y Kim y gracias, Gerardo, por contar conmigo para esta fantástica iniciativa.

Iván Galiano (crítico y responsable de Paraíso de las puertas)

Las aventuras del Capitán Torrezno, de Santiago Valenzuela (2002-2015)

Hay muchos tebeos que me han causado una impresión muy potente estos últimos años. Si tuviera que quedarme con uno creo que me quedaría con Las aventuras del Capitán Torrezno de Santiago Valenzuela. Debo el descubrimiento de la serie (y del autor) a que le otorgaran el Premio Nacional de Cómic, algo que constata la importancia de la existencia del galardón, que visibiliza obras que podrían pasar desapercibidas a ojos del público. El caso es que tras descubrir la serie devoré uno tras otro todos los álbumes publicados hasta la fecha, con la voracidad de quien descubre un nuevo icono del tebeo, un Mortadelo, un Tintín, un Asterix, un Valerian. Porque en el Torrezno están de alguna forma todos ellos y a su vez es algo único: un personaje comodín que nace en fanzines de corte underground con afán satírico, pero que sirve luego para hacer aventuras y humor al estilo clásico… y muchas más cosas. En el Torrezno hay tantísimas perlas, que me llevaría páginas tratarlas. La inversión en la dualidad de los mundos de “abajo” y “arriba”, donde “lo de abajo” es lo épico, lo grandioso, lo histórico y “lo de arriba” es costumbrista, cotidiano y anecdótico. Los diseños piranésicos de las ciudades del micromundo a partir de elementos domésticos. Las reflexiones metafísicas y ontológicas sobre la existencia y sus representaciones con ilustraciones metafóricas, sobrecargadas y grotescas. El ingenio con las referencias en los nombres de las regiones, naciones, tribus. Las aventuras del Capitán Torrezno es una serie única en su género, muy ambiciosa; probablemente sea la serie de cómic español -con continuidad en su trama- con más páginas dibujadas hasta la fecha. Y esperemos poder llegar a verla completada algún día.

Miguel Pérez-Gómez (crítico y corresponsable de El lector bicéfalo)

Todos los poemas hablan de ti, de Juarma (2013)

En una de tantas idas y venidas como lector de cómics ha sido en esta última en la que he podido apreciar la fuerza y el valor de autopublicación, pero no como un medio para llegar a  las editoriales sino como una forma de vida. Creo que en la actualidad el autor que mejor refleja esa vertiente es Juarma. Un creador que lo hace por el placer o por la necesidad de hacerlo. De entre toda su obra Todos los poemas hablan de ti es la que mejor representa su espíritu. Pocas veces podemos ver una obra breve, autopublicada, sin ínfulas, real como el mismo autor que nos habla en primera persona sobre que es para el ser autor, de la inconciencia de la creación y de las relaciones personales que establece a través del acto creativo. Pero no es solo eso, este autor es único en su clase, sigue escribiendo, dibujando y publicando como actitud vital sin buscar la posteridad. Creo que es una de las obras más significativas de esta década, aun así sigue estando oculta representando mejor que nadie el espíritu del underground.

Alberto García Marcos (crítico, editor y compañero de fatigas en entrecomics.com)

[Alberto, que tiene alma punk, ha decidido ignorar mi petición y escribir otra cosa. Yo le quiero igual, o más]

Me pide Gerardo unas pocas líneas sobre un cómic especial para mí y publicado en los últimos diez años y PASO. Precisamente eso ya lo hicimos él y yo, o algo muy parecido, en Panorama, la antología de tebeos de Santiago García que publicó Astiberri. Yo os voy a decir dos cositas sobre él, sobre Gerardo, porque creo que él es una de esas cosas importantes que han pasado en los tebeos en España en la última década. No recuerdo exactamente en qué año lo conocí, lo mezclo todo, pero creo que fue 2010. Desde entonces es uno de mis mejores amigos, porque me gusta ser amigo de gente que admiro y de la que puedo aprender algo y que me hace reír y que me demuestra en cada gesto, público y privado, que tiene una clase excepcional. Esa gente que uno conoce tan raramente y que se deja los cuernos por los demás, que echa el resto cuando tú (yo) ya habría(s) abandonado. Aunque tampoco son todo luces, Gerardo también tiene sus sombras. Se acuesta pronto y luego madruga, pero no le quites sus ocho horas. Escribe en un trayecto de tren interurbano más palabras de las que tú (yo) podría(s) escribir en dos meses y desearía(s) hacerle la corbata colombiana. BEBE VASOS DE LECHE. Pero qué voy a decir yo malo de Gerardo, si me he acostado con él. Literalmente. Que lo quiero y que tendría que darle las gracias muy a menudo por mil cosas, pero como sé que él iba a hacerse el sueco, aprovecho para hacer outing aquí. Gerardo, eres el puto mejor. Eres un mensch.

Iñaki Sanz (miembro fundador de entrecomics.com y corresponsable de GRAF)

[Iñaki no parecía tan punk como Alberto, pero también ha escrito otra cosa. También me ha emocionado.]

Prácticamente no reseñaba en Entrecomics y no lo voy a hacer para tu cumpleaños. ¡Prefiero felicitarte! Supe de ti cuando empezaste a reseñar en Entrecomics, Alberto me decía que eras un fiera y vaya si lo eras. En pocos años has pasado de crítico de referencia a teórico del cómic de referencia. Trabajador incansable, observador, agudo e inquieto. Mil reseñas, artículos, publicaciones, Entrecomics, CuCo, GRAF, the Watcher… pero sabio como para no tener facebook. Por encima de todo gran amigo, incondicional, con buen humor (como para reírte de ti mismo) y siempre con tiempo para los demás. Como dice Pablo Ríos, ser de luz. No cambies (menos las gafas, cambia las gafas). Besos y abrazos.

Jota Lynnot (corresponsable de Campamento Krypton)

Que no, que no me muero, de María Hernández Martí y Javi de Castro (2015)

Un buen ejemplo de la excelente oferta de la que disponemos ahora. A través de una editorial muy pequeña, un guionista debutante y un dibujante muy joven afrontan con originalidad y valentía un tema incómodo. Un falso libro de autoayuda que incluso se ríe de la “novela gráfica con enfermedad”.
Pablo Ríos (dibujante)
El año de los cuatro emperadores, de Marcos Prior
Irene Costa (investigadora)
Medievo; Medievo, de VVAA (2017)
Medievo; Medievo es una colección de historietas cortas ambientadas en la Edad Media. El libro en sí es un objeto bonito, editado con cuidado por los propios autores Manel Vilchez, Marina Vidal y Miquel Muerto, que crearon Termita Press para autoeditarse y distribuir sus trabajos en diferentes festivales de autoedición. Para esta antología han contado con varios colaboradores, todos ellos son firmas jóvenes con estilos diferentes. El escenario de época a dado pie a que cada autor aplique su punto de vista y sus intereses. Algunos usan la ambientación para hacer humor como en el caso de Fran Collado, otras historias incluyen elementos de fantasía como el universo que nos plantea Anabel Colazo en Sidereus Nuncius, mientras que Javi de Castro trata de asomarnos a la España del siglo XV. El ejercicio que proponen me parece muy interesante, divertirse jugando con las épocas y con los géneros, cuidando también los aspectos finales de la edición. Creo que es un ejemplo que da cuenta de un futuro prometedor, con nuevos autores autopublicándose sin tener en cuenta las exigencias de un mercado o de las editoriales, impulsados por el amor al medio y a contar historias.
Óscar Senar (periodista y responsable de Viñetario)
Gyo, de Junji Ito (2014)
No es el mejor cómic de estos últimos 10 años, pero… Gyo de Junji Ito (ECC Ediciones) tuvo la gran virtud de reconectarme con el manga o, más bien, con un tipo de manga adulto del que siempre he sido aficionado, y que ahora por suerte disfruta de una edad de oro en España. Gyo va de peces con patas, propulsados por los gases de la propia descomposición de sus cadáveres, que salen del mar para atacar a los humanos. Todo bien. Tuve la oportunidad de charlar unos minutos con Junji Ito en persona y doy fe de que parece una persona normal, aunque de su cabeza han salido ideas tan o más locas que esta. Historias a medio camino entre el terror, lo fantástico y lo grotesco, pero siempre tremendamente adictivas.
Pablo Turnes (crítico y  corresponsable de Kamandi)

Carlos Gardel, de Muñoz y Sampayo (2010)

 

La identidad nacional es el lugar de los objetos metafísicos. Sin embargo, por más ajeno a toda verificación que resulte, el “ser nacional” no deja de ser apelado, buscado y representado por los productos culturales más diversos. Los efectos de esa entidad evanescente suelen ser materiales; en ocasiones, dolorosamente materiales. La complejidad del Carlos Gardel de Muñoz y Sampayo consiste en su inscripción como obra en una vieja tradición argentina – la que inaugura su literatura, ni más ni menos – respecto a la cuestión identitaria, desde un lugar no-literario sino historietístico.

Ese lugar del Carlos Gardel es también complejo, porque no sólo es una historieta sino una obra autoral cuyo mismo formato de edición señala los cambios producidos en el medio desde la década de 1970, en general, y en los últimos diez años para la historieta argentina, en particular, el crecimiento de la novela gráfica como formato para las historietas. La madurez del tándem Muñoz/Sampayo que comenzó redefiniendo la historieta y sus posibilidades desde Alack Sinner a mediados de la década de 1970, ha llegado a su punto cúlmine en Gardel, donde lejos de una síntesis narrativa lo que se nos ofrece es una dinámica barroca, expresionista y caótica en lo que a priori podría parecer una biografía imaginaria del mito popular argentino por antonomasia.

Sin embargo, lo que encontramos es un tratado filosófico-político desplegado sobre una noción no-ontológica ni esencialista de la identidad argentina, sino desde un lugar de múltiples voces que chocan, se rechazan, se unen y se multiplican, sin terminar de definir un valor definitorio sino antes bien una serie de puntos de fuga que construye el relato desde los intersticios de las viñetas, allí donde lo no dicho compromete al lector a realizar su propio relato. Esta narrativa está montada en forma circular e hiperbolizada,  donde la secuencia final – la muerte de Gardel – compone el ejemplo más acabado.

Carlos Gardel encuentra en Gardel un receptáculo donde poder llevar toda esa marea de significaciones que se agita como una tormenta, se vuelve sobre sí misma, amenaza el orden de la viñeta y finalmente escapa a ella. Hay un repliegue sobre sí de toda la historia cuando la muerte del mito, en el incendio, hace de ese fuego un objeto – casi un personaje más -, que al ir consumiendo al cuerpo obliga a todo ese mosaico a tratar de reconstruir algo de su sentido en su historia antes del final. Necesitamos de la fábula, del relato, de ese entre-tenernos para recuperar el sentido que queda diseminado bajo las capas de la entropía del tiempo. ¿Pero qué sentido es ese, qué sentido podría ser ese? En el enigma de la esfinge Muñoz/Sampayo se encuentra un hilo para seguir en el laberinto infinito de la historia, las historias (o historietas…).

 

Álvaro Pons (crítico y responsable de La cárcel de papel)

Philemon, de Fred (2016)

Estos diez años de paciente vigilancia de nuestro anfitrión han sido fecundos para el lector de tebeos. La lista de tebeos que han sido excelentes llenaría no solo este párrafo, sino decenas de folios, porque los dioses se conjuran por una vez a favor de los lectores y a la generación joven más brillante que ha dado este país en años se le suma la recuperación de clásicos de la historieta y la nueva vitalidad de los autores y autoras más veteranos, en un verdadero tsunami de creatividad y calidad. Pero si me tengo que quedar con un tebeo de esta década prodigiosa, me van a permitir ponerme en modo abuelo Cebolleta y destacar la largamente reivindicada y esperada edición en castellano del Philemon de Fred. Un prodigio de la narración gráfica que trasciende los límites de la definición de obra maestra para entrar en la categoría de creador de lenguaje, que uno conoció de niño como Filalici en la revista Cavall Fort, sufriendo un trauma de por vida que me ha llevado a reivindicar una necesaria edición completa que no llegó hasta el año pasado, cortesía de la moda integral. Porque Philemon contiene y expande el concepto de universo personal hasta el límite de una imaginación sin límites, en una paradoja continua donde el absurdo encuentra lógica y sentido. A lo que hay que añadir que llevo reclamando por su publicación desde mi primer artículo en una revista cuya difusión fuera más allá de los cuatro amigos cercanos, hace ahora ya 30 años, lo que de alguna manera liga mi trayectoria como crítico a esta obra. Y como aquí hablamos de crítica, y Don Gerardo es, si no el mejor, uno de los mejores críticos que conozco, pues qué mejor que Fred para homenajear al tebeo y su crítica.

Óscar Gual (historiador y crítico)

La obra de Joe Matt

 

 

 

Borja Crespo (autor de cómics, crítico, gestor cultural y compañero de batallas en GRAF)

Ideas negras, de André Franquin (2015)

“Superlópez”, de Jan, “El incal”, de Moebius & Jodorowsky, “Den”, de Corben, o “Feria de Monstruos”, de Berni Wrghtson, son algunos títulos imprescindibles en mi educación sentimental en esto del arte secuencial, pero siempre cito “Ideas negras”, de Franquin, como una de mis obras favoritas en mi irremediable salto a la madurez como lector, léase público adulto. De chaval, aparte de devorar todo el material de la escuela Bruguera que cayese en mis manos y clásicos obvios como Tintín, Lucky Luke y tantos otros en la misma línea, disfrutaba sobremanera con revistas como “Fuera Borda” o la edición española de “Spirou”. Como fan de las aventuras del conocido botones que inspiró a Sacarino junto a Gaston Lagaffe, aka Tomás Elgafe, fue un choque frontal abrir las páginas de un álbum pergeñado por el mismo artista con viñetas repletas de sangre y humor negro. Fue un flash maravilloso que me hizo cambiar el chip por completo, como dibujante y consumidor de viñetas. Por fin mi retorcido sentido del humor encontraba donde mirarse. Bajo su influencia nacieron mis primeras andanzas fanzineras, historietas contaminadas también por el absurdo de Robert Crumb y compañía. Páginas en un delicioso blanco y negro con un gag final protagonizado por la anatomía desatada, la pirotécnia cárnica, la hemoglobina convertida en trazos de tinta… La línea francobelga pervertida por la mano de Franquin, un autor al que no puedo dejar de admirar con el paso de los años. Depositó en mi mente inquieta un germen que no ha dejado de engendrar divertidos monstruos. “Ideas negras” cambió mi vida. Podría funcionar como titular. Lo que vino después no deja de sorprenderme.

Jordi Riera (teórico e impulsor de Humoristán)

Del tebeo al mangacoordinado por Antoni Guiral (2007-2014)

Desde su publicación en el periodo 2007-2014, la enciclopedia Del tebeo al manga, una historia de los cómics, ha pasado a ser la obra de referencia en castellano para conocer el pasado y el presente del fantástico mundo de la historieta. Los once volúmenes que la forman han logrado un riguroso y ameno relato de la historia del cómic nacional e internacional.

Con sus más de 2200 páginas, sus buenas ilustraciones y apropiada maquetación, ha logrado explicar autores, publicaciones, formatos, en un tono divulgativo y didáctico. Su autor es Antoni Guiral, un hombre con conocimientos enciclopédicos sobre el tema y una persona generosa que no ha dudado en invitar a los mejores investigadores del medio para que colaborasen con él y enriquecer más todavía los contenidos de la obra.

Elisa McCausland (periodista y crítica)

Soy una matagigantes, de Joe Kelly y Ken Niimura (Norma, 2009)
Siempre he tenido debilidad por los cómics que abordan ese momento extraño, constituyente, decisivo: el tránsito del universo del infante al mundo adulto, un camino que me ha parecido en demasiadas ocasiones una renuncia a potenciales en pos de la norma; una entrada en lo que vulgarmente podemos entender como “realidad consensuada”, a partir de la cual nos transformarnos en sujetos productivos, gente de bien.
Barbara lucha contra gigantes oscuros… batalla contra sí misma. Armada con su imaginación, en un estado constante de negación de la realidad, la niña que protagoniza Soy una matagigantes –obra guionizada por Joe Kelly y dibujada por Ken Niimura en una época capital, el principio de la crisis económica–, no termina de comprender de qué está hecho el mundo en el que ha de quedarse; en eso consistirá su viaje.
De este cómic me gustó, en el momento, la increíble expresividad de este personaje, sus gestos de histrión, sus estrafalarias orejas de conejo y sus enormes gafas: todo un uniforme para esconderse del mundo, pero también un artificio desde el cual construirse un universo propio, a medida. Tras revisitarlo, me ha reconfortado volverme a encontrar con la maestría en la cinética de Niimura, pura épica superheroica.
Roberto Bartual (teórico, escritor y guionista)

Pablo y Jane en la dimensión de los monstruos, de José Domingo (2015)

Mono & Lobo, de Sergio García y Lola Moral (2010)


La desaparición de las publicaciones periódicas dentro del mundo del cómic ha supuesto una progresiva reducción del mercado en términos de ventas y número de lectores. Sin embargo, también ha sido acompañada de una gran revolución formal si nos atenemos a la gran diversidad de estilos y formatos que podemos encontrar hoy en día en las librerías. Poco a poco nos vamos librando de la tiranía de la viñeta. El formato tradicional de cómic que todos conocemos, tiras de viñetas apiladas como si fueran edificios en el mapa de una ciudad, tenía mucho que ver con la arquitectura de la página de periódico. En ésta, las cajas de imagen y texto tenían que ensamblarse como las piezas del Tetris. Sin embargo, hoy en día, la mayor parte de los cómics se editan en forma de libro, por lo que ya no son necesarias las estructuras rectilíneas que exigían los periódicos. En ese sentido, uno de los avances más interesantes ha sido el de expandir la viñeta hasta el infinito, o al menos, tanto como lo permita la página del libro.

Gerardo me ha pedido que escriba sobre el que considero el cómic más importante publicado en España en estos últimos diez años. En realidad, lo que yo quiero es hablar de los dos autores que me parecen más importantes en cuanto a sus experimentos con la gramática del cómic dentro de nuestro país. Son José Domingo y Sergio García, y ambos trabajan dentro del género narrativo que más experimentos ha dado en los últimos doscientos años: la narrativa infantil.

Pablo y Jane en la dimensión de los monstruos (2015, Astiberri) es un libro para niños en el que José Domingo utiliza una sección de cómic para explicar los prolegómenos de la aventura, así como proporcionarle una conclusión. Dos hermanos, Pablo y Jane, viajan con su zepelín transdimensional en busca del pérfido gato Felínibus, quien les ha robado ciertas piezas del vehículo necesarias para volver al mundo que conocemos. Mientras tanto, los críos han de visitar versiones alteradas (y repletas de monstruos) de las principales ciudades del mundo donde su archienemigo ha ido dejando las piezas sustraídas. Ahí es donde el lector tendrá que ayudar a Pablo y Jane, pues lo que el autor propone es un juego al estilo de Busca a Wally para recuperar las piezas. Sin embargo, y al contrario de lo que pasaba en Wally, éste es un juego envenenado, porque al estar el lector tan preocupado por buscar detalles tan pequeños dentro de panoramas a doble página, algunos rurales como “Noruega Nocturna”, otros urbanos como “Moscú Misterioso”, lo que está consiguiendo el autor es guiar su mirada por entre una miríada de personajes y situaciones, que ocultos tras un árbol o una esquina, componen pequeñas historias sin estar contenidas éstas por viñeta alguna.

Si José Domingo es el Príncipe del Diorama, Sergio García es el Rey del Camino Infinito: él expande el espacio en Lobo y Mono usando páginas desplegables donde sus dos personajes, un lobo y un niño feroz, en una variación del cuento de Caperucita, viajan por el campo y la ciudad a través de un camino sinuoso que, sin ayuda de viñetas, el lector ha de recorrer con la mirada. El efecto es similar al del libro de Domingo: la ausencia de límites y fronteras produce en el lector la ilusión de un mundo por descubrir; un mundo donde nada te dice qué es lo principal y qué lo secundario. Si tu atención se desvía en algún punto del camino, ¿por qué volver de inmediato a la ruta principal? Tal vez se nos ocurra sentarnos a descansar en la cuneta para fijarnos mejor en esos personajes con los que se acaban de cruzar los protagonistas. O quizá queramos tomar un atajo para saltar al futuro con mayor rapidez, o ¿por qué no volver incluso al pasado?

En fin, si he elegido estos “cómics” y a estos autores es porque me parece muy necesario seguir lo que se está haciendo en el sector de la edición infantil. Al fin y al cabo estamos hablando de un mercado, comercial como pocos, pero en el que es posible encontrar a autores y editores a los que no se les caen los anillos a la hora de abordar con la mayor naturalidad del mundo cosas como, por ejemplo, experimentos de narración abstracta, cuando a David Lynch o a Terrence Malick les caen somantas de palos cada vez que lo intentan. Claro que los niños aceptan libremente todo aquello a lo que nosotros exigimos un significado, y aunque José Domingo y Sergio García y la guionista Lola Moral, no dejen de hacer un tipo de narración más bien tradicional (si bien dando una libertad a la mirada imposible de encontrar en ninguna otra publicación de cómic nacional), lo cierto es que son buena muestra de lo que la narrativa infantil y el mundo de la novela gráfica podrían conseguir si unieran verdaderamente sus fuerzas.

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4 thoughts on “The Watcher and the Tower cumple diez años

  1. Gracias. Graciad por las fantásticas reseñas, por las actividades a las que no puedo ir por la ditancia y por todo el trabajo difundiendo el cómic.
    Gracias, espero poder leerte muchos años más.

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