Fire!! La historia de Zora Neale Hurston, de Peter Bagge

Tras La mujer rebelde. La historia de Margaret Sanger, Peter Bagge realiza otra aproximación a la figura de una mujer activista de nuestro pasado reciente: Zora Neal Hurston. El cómic, Fire!! La historia de Zora Neale Hurston, toma el nombre de una revista que la propia protagonista puso en marcha con unos amigos en pleno movimiento cultura del renacimiento de Harlem. Y se trata de un título que le va muy bien a una vida intensísima, marcada por la lucha racial pero también por una curiosidad insaciable. Hurston vivió entre 1891 y 1960, y fue una pieza clave en la cultura negra del siglo xx. Bagge, atraído por las figuras femeninas excéntricas y controvertidas, quizás porque eso le permite volcar su propia visión del mundo en este tipo de biografías, se ha documentado a conciencia en la de Hurston, como demuestra el apéndice de texto y fotografías. Y, como sucedía en el libro dedicado a Margaret Sanger, Bagge está haciendo un cómic de Peter Bagge. Quiero decir que es un trabajo propio, desprovisto de la rutina que muchas veces acompaña a la obra biográfica, de encargo o no.

Formalmente, sigue las pautas del anterior libro y se muestra coherente con el estilo narrativo y gráfico de Bagge: el uso de recursos cartoon sazona un relato riguroso para convertirlo en una sucesión de escenas en las que los hechos más importantes de la vida de Hurston se convierten en gags. Los diálogos de Bagge retuercen la literalidad y completan los huecos de la documentación con respeto y veracidad, y siempre hay ua preocupación por el ritmo, que no decae nunca. La concreción y la economía narrativas evitan la pesadez de otros cómics biográficos: aquí vamos a lo que vamos, y los cartuchos de texto nos van indicando los saltos en el tiempo sin más vueltas. El uso de los globos de pensamiento, como sucedía en La mujer rebelde, sirven para profundizar en la ideología y personalidad de Hurston, desde el respeto evidente por su figura, pero sin ocultar contradicciones o decisiones controvertidas. En primer lugar, porque no hay intención hagiográfica en el autor; y, en segundo lugar, porque sería hacerle un flaco favor a la memoria del personaje protagonista. Las decisiones tomadas a lo largo de una vida son fruto de la cultura, la educación y el contexto espaciotemporal de cada persona, y este caso no es una excepción, a pesar de que sea cierto que Hurston rompió moldes y escandalizó con sus acciones y su obra a más de un biempensante de su época.

El retrato de Hurston es, evidentemente, apasionante. Fue una intelectual que luchó contra una doble marginación, como mujer negra, que desde una familia humilde fue capaz de estudiar en la universidad a base de trabajar duro y llamar la atención de quienes tenían el poder de dejarla fuera. Su turbulenta vida sentimental también aparece reflejada, pero son otros aspectos los que parecen preocupar a Bagge. Su lucha contra el racismo en la academia fue paralela a su carrera como escritora en el renacimiento de Harlem, pero el libro también se detiene en sus investigaciones antropológicas sobre las costumbres y el folclore de la comunidad afroamericana de la que ella provenía; algunos de los mejores y más delirantes momentos se deben a esta labor, como su visita a una médica hoodoo que la inicia en los misterios de esta religión africana (pp. 38-39).

La cuestión racial en la vida de Hurston estuvo llena de contradicciones, y su relato dialoga con el presente de maneras interesantes. Porque esta escritora pudo publicar varios trabajos gracias a una mecenas blanca que, en ocasiones, podía tener una actitud muy paternalista con ella. Pero, sobre todo, lo que me ha hecho pensar en determinadas actitudes del presente es la polémica que siempre acompañó a una autora que enfadó tanto negros como a blancos. A algunos de los primeros, cuando reflejó el mundo rural que conocía, por considerar que hacía flaco favor a la causa y contribuía a la estereotipación de los afroamericanos; los segundos, cuando tuvo la valentía de escribir una novela protagonizada por blancos, algo que se percibió como una muestra de mal gusto.

Muchos años después, este tipo de polémicas en torno al activismo y a la conveniencia o no de determinadas representaciones no se han dejado atrás; de hecho, más bien parece multiplicarse. No deja de ser muy irónico que el propio Bagge fuera acusado de apropiación cultural por ser un hombre blanco contando la historia de una mujer negra —de manera puntual, bien es cierto—. Como le sucedió a la propia Hurston: hubo gente que consideró que el emisor era más importante que el mensaje, y que determinadas intenciones políticas estaban por encima de la libertad artística y la experiencia personal. Entiendo por qué Bagge, que se define como libertarian —con todo lo que ello conlleva—, puede empatizar como lo hace con Hurston, y se mantenga al margen de polémicas. Su trabajo habla por sí mismo. Porque, al fin y al cabo, el arte siempre nos ha servido, entre otras cosas, para ponernos en el lugar del otro, para intentar entenderlo. Es lo que intenta Bagge y lo que nos transmite como lectores en esta novela gráfica de una etapa de su madurez como historietista, en la que su innegable talento se pone al servicio de una recuperación en clave de herstory necesaria para acercar estas figuras de evidente importancia al público de hoy.

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