Uno, dos; uno, dos, de Óscar Raña

Óscar Raña es uno de los más destacados representantes del cómic abstracto y experimental que una joven generación de dibujantes está desarrollando en España. Raña se adscribe al grupo de autores que vive en torno a Vigo, los Andrés Magán, Begoña García-Alén, Cynthia Alfonso, Julia Huete y otros nombres que, en sus propios proyectos o a través de la editorial Fosfatina, están publicando algunas de las historias más frescas y sugerentes del momento. Óscar Raña aún no ha publicado un libro tan contundente como los de Magán o García-Alén —Fragmentos seleccionados y Nuevas estructuras, respectivamente, ambos editados por Apa Apa en 2017—, pero en sus fanzines más recientes, por ejemplo el Taiga que coedita junto a Cynthia Alfonso, o el excelente Tensión añadida, está explorando un tipo de abstracción geométrica muy interesante, en la que confronta las formas curvas y blandas de masas de color o grises con los límites de las viñetas o los espacios arquitectónicos. En uno de sus trabajos más recientes , Uno, dos; uno, dos pueden apreciarse todas sus virtudes.

Se trata de un cuaderno impreso en risografía, parte de la colección Fosfatina2000, que tantos títulos interesantes está dando. En esta ocasión, se han escogido dos tintas, azul y magenta, combinadas de una forma muy sofisticada, sobre todo porque se ha conseguido una calidad alucinante, con degradados y saturados que generan efectos estéticos muy llamativos. En Uno, dos; uno, dos, la estructura es tan importante como la historia: en casi todas las páginas vemos dos viñetas horizontales, que presentan una austera habitación, que resultará invadida por algo, una luz, un color… No sabemos qué es, pero desencadena un caos de formas retorcidas que llenan toda la página; tras esa tormenta, la calma regresa, pero el espacio ha sido transformado, tanto en sus elementos arquitectónicos como en su color. En esa nueva realidad, aparece una forma amorfa, ligeramente humana, que avanza hacia el fondo, y queda parada frente a una ventana que recuerda a la que veíamos en la primera viñeta.

Por supuesto, no hay en este cómic un misterio que resolver, ni una historia que desvelar bajo el aparato formal. En este tipo de propuesta, lo gráfico es central, y lo relevante son las transformaciones de los espacios, los avances de la forma y el uso del color como termómetro emocional. Uno, dos; uno, dos, además, como anticipa el título, supone un ejercicio de ritmo muy estimable, con una estructura casi musical, que nos lleva a través de un viaje de los sentidos, donde el equilibro en las composiciones se mantiene tanto en cada página como en el conjunto de las mismas.

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