La deuda, de Martín Romero

Revisando las obras anteriores a La deuda de Martín Romero, se encuentran no pocos puntos en común con su nuevo libro. De hecho, aquellos libros, Episodios lunares (Reino de Cordelia / Vidas de papel, 2015) o Las fabulosas crónicas del ratón taciturno (Sins Entido, 2011), se integraban en una corriente del cómic español que continuaba, hasta cierto punto, la de los independientes de finales de los noventa y principios de los dos mil, pero, también, que recogía el angst gótico del primer Tim Burton: ambientes tétricos, gusto por la muerte y su imaginería, infancias grises, traumas familiares… Pienso, por ejemplo, en varias de las obras de Alberto Vázquez, que comparte con Romero muchos de estos puntos.

Algo de todo esto queda en La deuda, un cómic publicado por La Cúpula y que supone un paso adelante en la trayectoria de Martín Romero, con una obra que, evidentemente, aún mantiene rasgos de ese universo argumental, como veremos, pero que también demuestra una depuración del mismo. En La deuda, Romero nos presenta a Benjamín Castaño, un cómico fracasado que ha contraído una fuerte deuda con una prestamista que tiene expeditivos métodos de cobro. Castaño es seguido a todas partes por un empleado de la prestamista que, como si fuera el cobrador del frac, va proclamando a su paso que es un moroso, y se asegura de que busca empleo. Castaño es el típico perdedor de este tipo de relatos, fracasado en el amor y en lo profesional, y con un pasado traumático; por supuesto, lo descubriremos luego, con traumas relacionados con su madre. El drama se esquiva a través de cierto tono humorístico, especialmente en los interludios en los que Romero recrea, cambiando su dibujo a uno más caricaturesco, las actuaciones de Castaño: en realidad, es un recurso para ponernos al día acerca de cómo ha llegado a una situación vital tan complicada.

Pero si La deuda me ha parecido tan contundente no es por la repetición de estos motivos o la premisa argumental, que no es, ciertamente, original; el motivo tiene que ver con el pulimento, a todos los niveles, de las cuestiones formales y estructurales. Romero es un dibujante de recursos, con un trazo pulido y una manera de afrontar la página que funciona cuando se ciñe al clasicismo, pero también cuando experimenta. Esa línea tan depurada, que recuerda a Max en algunos momentos, permite centrar la atención en los personajes y sus acciones, aunque los escenarios sean igualmente efectivos. En algunos momentos, el blanco y negro estricto que emplea se ve modulado por tramas de puntos, con interesantes resultados, como, por ejemplo, una secuencia en la que la luz del amanecer irrumpe en una estancia en penumbra (pp. 119-123). El recurso del punteado remite a la tradición —a la época en la que el color se aplicaba mecánicamente a través de la mezcla de más o menos puntitos de cada uno de los colores primarios—, como también lo hacen las onomatopeyas o las líneas discontinuas que indican movimientos, en determinados momentos. Otro elemento esencial es el ritmo: Romero lo maneja con maestría y, aunque sus herramientas son en algunos momentos demasiado evidentes, funcionan perfectamente: el tamaño de las viñetas y la composición de la página aceleran la lectura en momentos clave, especialmente en el final de la historia, donde un amplio lapos de tiempo se representa con varias páginas en negro. Del mismo modo, la fragmentación de una acción en una secuencia de muchas viñetas detiene el ritmo e introduce una pausa intencionada en la historia (pp. 158-159).

La estructura del relato resulta igualmente trabajada: tras un primer acto en el que conocemos a los dos personajes principales y observamos las miserables condiciones de vida del cómico —sin trabajo, a punto de ser desahuciado y abandonado por su pareja, que se marchó con un cómico rival—, un mensaje inesperado le da la noticia de la muerte de su madre, motivo por el que debe volver al pueblo natal y reencontrarse con su pasado. Todo esta parte se desarrolla sin subrayado y sin apenas textos, a través de medidos flashbacks y de la presencia de objetos y fotografías que evocan el pasado de Benjamín. En el último acto, el más emocionante y mejor, en mi opinión, lo vemos intentando rebelarse contra su situación y asumir un papel más proactivo en su propia vida, y lo gráfico se desata en el clímax físico.

Con un buen equilibrio entre crítica social —no se incide demasiado, pero es evidente en qué contexto socioeconómico está sucediendo la historia—, la introspección del personaje principal y cierta ironía moralista —el reflejo de la relación de Castaño y su madre en la del cobrador con la suya, pero también el final del propio Castaño, a quien el destino le devuelve el daño causado a terceras personas—, La deuda supone una lectura redonda y el mejor trabajo de Martín Romero hasta ahora. Ha pulido su estilo visual y narrativo. También ha disuelto los elementos fantásticos y oníricos presentes en sus trabajos anteriores, para centrarse en una historia más realista, aunque conserve cierto tono irreal, ligero pero persistente. Evidentemente, lo realista no es per se superior a lo fantástico, no vamos a explicar eso a estas alturas, pero sí creo que el tono de cuento oscuro de infancias disfuncionales ofrece ya pocas variantes y fue, más bien, propio de otro momento. Agrada ver una evolución de esa fórmula que, sin renunciar del todo a sus coordenadas, sepa avanzar hacia otros terrenos.

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