Bajo un cielo como unos pantis y Utopías, de Shun Umezawa

En 2017 desembarcó en España, de la mano de ECC, como tantos otros, el enésimo mangaka que nos sorprendía a todos, con propuestas adultas y un tono entre lo bizarro y lo costumbrista: Shun Umezawa. Durante el año pasado se han publicado en España Bajo un cielo como unos pantis (en dos volúmenes) y Utopías. Nacido en 1978, Umezawa pertenece a la misma generación que Inio Asano, y comparte ciertas marcas identitarias con él —y con otros—, fundamentalmente el desencanto de la juventud hacia el presente y el futuro. Umezawa exhibe, además, una visión profundamente pesimista, forjada en un país en crisis de valores y económica, que ha provocado una situación vital ciertamente desalentadora para muchos jóvenes de la edad de estos autores. La falta de fe en el futuro y del norte moral que sus mayores supuestamente tuvieron deviene en Japón en enfermedades sociales por todos conocidas. Por no hablar de todo lo que tiene que ver con el sexo: todo es tabú pero todo puede hacerse, al mismo tiempo.

Los tres libros publicados por ECC recopilan historias cortas producidas en el siglo XXI por el autor. En ellas, explora muchas de las cuestiones antes mencionadas, pero también otras, a través de personajes jóvenes, casi siempre, marginados sociales, desahuciados por el sistema y enfermos sin posibilidad de redención. El cuadro que dibuja a pinceladas —algunas finas, otras más gruesas— es el de un país sin futuro, lleno de callejones sin salida para la juventud que está a punto de abandonar el instituto, protagonista principal de los tres tomos, con algunas excepciones. Me interesan mucho estas exploraciones sociológicas hechas desde dentro, aunque a veces la preocupación por epatar se le vaya a Umezawa de las manos, o que caiga en lugares comunes o tópicos de género. Personalmente, me molestan los personajes femeninos creados con plantilla y representados con tics visuales ya manidos, como los que exhibe en «Seres únicos» (Bajo un cielo como unos pantis 2) con el personaje de Rui Tsukumoto, especialmente en lo que respecta a determinados planos y encuadres sobre su anatomía —aunque no padezca la fetichización evidente de mangas eróticos, no está exenta de ella—. Sin embargo, en la mayor parte de las historias logra no solo inquietar, sino también mover a la reflexión sin caer en las moralejas ni en lo obvio.

Es así en historias como la excelente «De madrugada» (Bajo un cielo como unos pantis 2), una historia amorosa con un punto sórdido, o, sobre todo, en «Un cielo como unos pantis» (Bajo un cielo como unos pantis 1), dos ejemplos de narrativa costumbrista son elementos fantásticos o sobrenaturales que presentan a perdedores sociales. En el caso de la segunda, el ambiente escolar, lleno de abusos y acoso, esconde una historia de dos marginados —uno de ellos con evidente retraso mental— a los que vemos en su adolescencia, pero también, en la segunda parte, durante su vida adulta, donde más que pena, dan un poco de miedo. «Iguales» (Utopías) presenta un drama de amor enfermizo en el que una chica va modificando su cuerpo progresivamente para parecerse a su novio: el final truculento es previsible, aunque funcione bien a la manera en la que lo hacían los relatos de EC Comics.

También resultan muy interesantes las historias que introducen algún tipo de elemento fantástico o de especulación, en una línea que recuerda a la de Shintaro Kago, aunque sin llegar tan lejos ni, lamentablemente, experimentar con el lenguaje del medio como lo hace él. La premisa puede ser más inverosímil —en «Paisaje con Watanabe» (Bajo un cielo como unos pantis 1), por ejemplo, aparece un personaje que ha sido invisible toda su vida— o partir de una premisa factible, que a menudo tiene que ver con una posible evolución de la sociedad en un futuro cercano. Aquí destacan por un motivo u otro varios cuentos de Utopías, como «Tubo», en el que un hombre queda en coma y, al despertar doce años más tarde, lo hace en un Japón obsesionado con la salud y la seguridad hasta límites paradójicamente peligrosos, o «Virus del odio», donde la violencia se considera a una enfermedad contagiosa, pero que, bajo la explicación científica, oculta un caso claro de manipulación de masas y moral utilitarista. Ambos tienen interesantes lecturas en el momento actual, por lo que podemos proyectar sobre nuestro propio presente y nuestra propia sociedad, pero en esto me quedo, sin duda, con «Un mundo conectado», clara alegoría de las redes sociales, pero que explora con inteligencia las relaciones personales hoy, a través de un mundo alegórico en el que todos los adolescentes le cuentan absolutamente todo lo que sienten a sus amigos, sea cual sea el grado de cercanía. Mejor dicho, sólo existe un grado: el exageradamente íntimo. En esta historia, no exenta de humor, Umezawa alcanza sarcasmos intencionados contra una sociedad excesivamente infantilizada y emotiva, donde los sentimientos siempre parecen anteponerse a la razón, y en el que la exposición a los demás culmina con la disolución del yo. La parodia de la mentalidad actual patina, sin embargo, en una ambigua y grosera —en el sentido estricto del término— historia que exagera las reivindicaciones feministas, «Cuidado con el tren de los tocones», donde parte de algo real, la existencia de vagones de tren exclusivos para pasajeras, de forma que puedan evitar el acoso sexual, y deriva en un despropósito de situaciones en las que las mujeres exageran las acciones del protagonista y lo tratan como un delincuente sexual. Cuando consigue escapar, va a dar a un vagón exclusivo para gays… con lo cual Umezawa termina de arreglar la cosa. «Los días en los que estuve al servicio de la reina Naomi» es más provocador que crítico, pero resulta divertido: presenta una sociedad en la que la ilusión de los niños es ser entrenadores de dominatrix en formación, que se convierten en sus amas para aprender a tratar a los hombres como esclavos. Por último, hay que destacar una joya de extraña poesía: «Un día de verano que nunca termina» (Bajo un cielo como unos pantis 2), un breve relato veraniego en el que una niña revive un verano tras otro, en bucle.

Pese a la irregularidad de las diferentes historias, el conjunto es muy interesante, si bien se intuye una fórmula narrativa que bien ha podido quedar agotada ya en estos tres libros. Lo mismo sucede con su estilo visual, muy encosertado por los estándares actuales del manga comercial, que son, eso sí, bastante elevados en cuanto a las exigencias de calidad. Umezawa es un extraordinario dibujante, pero no puede escapar del paradigma al que pertenece: no hay soluciones narrativas originales, ni recursos que se alejen del abecé del manga. Todo resulta extremadamente profesional, pero también demasiado ortodoxo. La combinación de fondos hiperrealistas —de base fotográfica con mucha frecuencia— con figuras estilizadas y de minuciosos detalles —y elegante entintado— no se diferencia demasiado del que practican otros aclamados autores como el citado Asano, Kengo Hanazawa o el tándem formado por Oba y Obata. Se trata de un estilo funcional y absorbente, incluso agradable, pero, al menos a mí, me acaba aburriendo tanta ortodoxia. Lo cual no significa, como ya decía, que estos tres libros no supongan una lectura muy aprovechable, que sirven además como carta de presentación para un mangaka a seguir en el futuro.

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