Desolation.exe, de Berliac

El trabajo de Berliac ya llamó mi atención con Playground (Ediciones Valientes, 2013), un cómic ensayístico sobre la figura de John Casavettes que asumía y ponía en práctica sus principios de improvisación y ensayo/error. Desde entonces he seguido la trayectoria del autor, normalmente en colaboraciones breves en diferentes antologías y fanzines. En estos cuatro años, su obra y estilo ha cambiado radicalmente, debido a un proceso poco frecuente en el cómic: Berliac ha asumido el lenguaje y el espíritu del gekiga japonés como propios, a través de una transformación que casi parece una metamorfosis. Su trabajo se centra, desde entonces, en relatos breves que remiten a los grandes maestros de un género pionero en la búsqueda de un público adulto, sobre todo a Yoshihiro Tatsumi. Como en aquellos años cincuenta y sesenta, las historias de Berliac se han centrado en un costumbrismo oscuro y pesimista, donde la visión que se ofrece de la sociedad y el ser humano resulta más que desalentadora. En 2017 hemos tenido la suerte de contar con dos obras diferentes de Berliac publicadas en el mercado español. Una de ellas es una novela gráfica: Sadbøi (Sapristi), que ha sido mi primera traducción en el sector del cómic —porque Berliac escribe directamente en inglés, a pesar de ser argentino—; se trata de un trabajo en el que creo que evidencia que ha encontrado, a través del gekiga una voz propia con la que hablar del mundo actual y sus problemas: no se trata de replicar, sin más, el gekiga original. De Sadbøi puedo decir que me ha encantado, no sólo por el extraordinario dibujo, sino por su manera de tratar cuestiones fundamentales de hoy, como el concepto de otredad, la inmigración, y el papel del arte en la sociedad. Pero creo que mi implicación en este cómic como traductor hace conveniente que sean otros los que hablen de él, por el momento. Ha recibido ya críticas elogiosas, en todo caso, por ejemplo, la de Álvaro Arbonés en el último CuCo, Cuadernos de cómic.

Por eso voy a centrarme aquí en la otra referencia que ha visto la luz en España durante 2017: Desolation.exe, publicado por Fosfatina —quien ya publicó, en 2016 y dentro de su colección risografiada Fosfatina 2000, Tangram—, reúne cinco historias breves. La edición es estupenda, como suele ser habitual en Fosfatina, y la decisión de imprimir en tinta azul sobre páginas rosas imita el acabado deficiente y barato de los tomos de gekiga que llenaron las librerías de alquiler, aunque sea siempre evidente que estamos ante un producto nuevo: al contrario que sucede con algunos cómics retro que imitan, por ejemplo, el coloreado de puntos de cuatricomía del comic book americano, Desolation.exe no pretende pasar por lo que no es. Lo primero que llama la atención es la forma en la que el título contrasta con el aspecto visual de la obra: uno evoca algo nuevo mediante el recurso a una extensión de archivo informático ejecutable; el otro recuerda a otra época y otro paradigma de hacer cómic. Ese contraste, no sé si intencionado, refleja el que vamos a encontrar en el interior, pues las cinco piezas parecen suceder en la actualidad o, al menos, en un periodo deslocalizado. Pero, en todo caso, sí están hablando siempre del ahora. Es así, especialmente, en las dos primeras historias. En «Nunca estuve en México», se sigue los pasos de un grupo de escolares en viaje de fin de curso. Pertenecientes a una clase social elevada y a algún país del primer mundo que no se menciona, el grupo escoge Cancún como destino, y, en el típico resort de vacaciones, la lían parda ejerciendo sus privilegios de niñatos con pasta sobre los trabajadores de las instalaciones. Puede que la panda de críos esté un tanto exagerada en su actitud, pero el fenómeno de niños con pasta que van a países baratos a desfasar, ponerse ciegos de todo y hacer el cafre no es algo precisamente marginal; incluso en España lo sabemos bien. Los códigos del gekiga dictan un final irónico y abierto, no exento de cierta poesía, aunque sea cruel. En el segundo relato, «Scapo», la narración es más concisa y concreta: una pareja disfruta en la playa, hasta que irrumpen los jefes de él, que se ha escaqueado del trabajo. La narración es ambigua, y tenemos la sensación de que ha sucedido algo que no se nos termina de explicar, pero lo que sí se aprecia desde la primera lectura es el comportamiento mafioso —con aspecto y maneras de yakuzas— de los jefes, que le ofrecen «contrato fijo + comisiones»; la alienación, de una forma u otra, siempre está presente en los relatos de Berliac.

La crítica social tampoco es ajena a «Patrones», mi relato favorito del libro, una historia protagonizada por dos hermanas, una díscola y otra trabajadora. La relación entre ambas, ambivalente y compleja, presenta matices en la dinámica de explotadora y explotada que parecen mantener en un primer momento. Pero, sobre todo, me gusta porque creo que la historia en la que Berliac logra plasmar mejor una atmósfera emocional y una relación personal que parte de la nada, pues no conocemos de nada a las protagonistas, pero que se percibe como realista y cercana en unas pocas páginas.

«El perro de Moriyama» y «La rata grande se come a la rata pequeña» tienen en común introducir personajes animales en sus tramas. El primero tiene un interesante elemento sobrenatural, al menos velado, al sugerir que la inspiración de de un autor de cómics procede de la presencia del perro de los vecinos, al que está cuidando. Además de poner en cuestión con esta idea el concepto de inspiración en las artes, Berliac se conduce con deliberada ambigüedad, pues el perro nunca hace nada, y bien podría ser todo pura imaginación del protagonista, que llega hasta obsesionarse y acaba mal por ello. La otra historia, que cierra el libro, tiene trazas de alegoría social: un chico atrapa una rata enorme que utilizará para competir en un negocio de carreras de ratas, pero su intención de matarla de hambre para que corra más se vuelve contra él… pero también contra las ratas.

Con Desolation.exe —y con Sadbøi— Berliac se confirma como uno de los autores más interesantes del panorama actual, sobre todo porque hace algo que nadie más hace y ha logrado abrir una nueva vía para la obra de comentario social, nada obvia, y que se mueve siempre en varios niveles de lectura y, especialmente en lo que respecta a sus historias cortas, siempre con un tono ambiguo que evita el aleccionamiento y dialoga con los lectores. Es para él, además, un momento prolífico: su autopublicado Seinen Crap, donde profundiza en la misma línea, lleva ya seis números publicados.

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