Estamos todas bien, de Ana Penyas

Que el cómic se ha convertido en un vehículo idóneo para la recuperación de cierta memoria histórica en España es algo que hoy casi nadie pone en duda, aunque no es menos cierto que, en realidad el número de obras que se adscribe a esta tendencia no es tan elevado como argumentan sus críticos, sobre todo si lo comparamos con los cómics de humor o de géneros de ficción. Además, el número de obras verdaderamente significativas y relevantes es aún menor. Por tanto, es lógico que se descubran aún muchas lagunas en esa recuperación, más aún si asumimos que, aunque pueda haberse convertido en un nicho de mercado, en realidad parte de iniciativas personales, que buscan contar historias cercanas, ya sean familiares o no. Hay mucho todavía que no se ha contado a través de viñetas del pasado reciente español. Por ejemplo, es así en todo lo que respecta a las mujeres, que sólo en fechas recientes han empezado a protagonizar novelas gráficas, con la notable excepción de Cuerda de presas (Astiberri, 2005), de Jorge García y Fidel Martínez, recientemente reeditada y pionera en este campo. Las dos obras más significativas son, sin embargo, muy recientes: Jamás tendré veinte años (Norma Editorial, 2016) de Jaime Martín y El ala rota (Norma Editorial, 2016) de Antonio Altarriba y Kim. En ambos casos, los autores recuperaban la memoria de mujeres de su familia, abuela y madre respectivamente, y en ambos casos esta recuperación aparecía después de la publicación de una obra que hacía lo propio con un varón.

En la entrevista que le hice a Altarriba para el catálogo de la reciente exposición conmemorativa de los diez años del Premio Nacional de Cómic, el guionista explicaba que, aunque es necesario recordar a las mujeres excepcionales que rompieron con los moldes machistas de su época, es también preciso: «poner en el centro a estas mujeres que no se rebelaron y que incluso contribuyeron a mantener los roles tradicionales de la mujer». Las mujeres anónimas, en definitiva, esas mujeres silenciadas por el régimen. Pero, incluso en el caso de El ala rota, la madre de Altarriba tuvo en su vida contacto con la gran historia, durante el periodo en el que sirvió en la casa de un militar monárquico que conspiró contra Franco. Y lo mismo puede decirse de Jamás tendré veinte años, en el que la protagonista tiene un pasado anarquista, y, por supuesto, es el caso también de Cuerda de presas, un conjunto de relatos protagonizados por presas republicanas.

Éste es uno de los principales argumentos para señalar la importancia de Estamos todas bien de Ana Penyas: se trata de la primera muestra de una historia de mujeres genuinamente normales y corrientes, sin una gran historia detrás, mujeres como hubo millones. Pero es también la primera vez que una autora, con una posición decididamente feminista, se encarga de esta recuperación. Penyas es, principalmente, ilustradora; Estamos todas bien es su primer cómic, y proviene de un trabajo breve realizado mientras estudiaba en la universidad. La modesta recuperación de un día en la vida de una de sus abuelas fue el germen de una historia más larga, que presentó al Premio Fnac/Salamandra, y que se convirtió, en mi opinión, en la ganadora más interesante desde el Inercia de Antonio Hitos (2014).

En este libro, Penyas decide recuperar finalmente la historia de sus dos abuelas, Maruja y Herminia, e incide tanto en los puntos en común como en las diferencias entre ambas trayectorias vitales. Se trata de hacerles justicia y preservar su memoria directa —Penyas habló con sus abuelas para que le contaran recuerdos que incluir en el libro, como, de hecho, podemos ver en sus propias páginas—, pero, también, de comprenderlas, como manifestaba también Altarriba. Se aprecia un notable esfuerzo, nunca demasiado explícito, por salvar el abismo generacional y entender no sólo el pasado de sus dos abuelas, sino también su presente. Por ello, recurre a una interesante y elaborada estructura: el cómic se divide en dos grandes capítulos, cada uno dedicado a una abuela, pero también intercala recuerdos del pasado con imágenes del presente, y los relaciona con naturalidad y habilidad sorprendente en quien nunca había elaborado una historia tan larga. Resulta también muy significativo que la contextualización y relaciones entre las diferentes secuencias se realice, principalmente, con elementos gráficos. Y es que se ha destacado mucho la temática y la emotividad de la obra de Ana Penyas, pero ello, por sí solo, no se sostendría —como sucede en no pocas obras, dicho sea de paso—; es preciso saber cómo elaborar un discurso visual efectivo.

Y lo primero que llama la atención es que no emplee un recurso tan estandarizado en los cómics de memoria como el narrador, ya sea en primera o en tercera persona, más que en momentos puntuales, por ejemplo, cuando el personaje de Ana repasa el álbum de fotos familiar mientras su abuela Herminia comenta las fotografías, hacia el final del libro. Pero, incluso entonces, se trata de una voz diegética alejada de las convenciones de cualquier tipo de narrador, y más cercana al testimonio. Los textos de apoyo son muy funcionales, y sirven para ubicar geográfica y temporalmente las secuencias. Los diálogos, sin embargo, sí tienen más presencia —aunque nunca se abuse—, y desarrollan cierta cualidad fragmentaria que resulta muy oral, especialmente en lo que respecta a los recuerdos del pasado. Sólo en algunos momentos el estilo resulta forzado y el diálogo se convierte en algo más funcional, que responde a la necesidad de la autora de explicar al lector ciertas cosas: es así, por ejemplo, en la conversación que mantiene con su padre sobre Maruja, mientras ambos viajan para verla.

Es una objeción menor, porque, como decía, la mayor parte del peso recae en lo gráfico. En este sentido, el trabajo de Penyas es soberbio. Su trabajo de ilustradora influye, seguramente, en ciertas decisiones narrativas, como es prescindir de marcos de viñeta en muchas ocasiones, o concebir la página como una sola ilustración, algo que se aprecia mejor incluso con los ejemplos menos obvios, es decir: en aquellos en los que conviven varias imágenes de una secuencia, pero la composición está concebida como una unidad orgánica que tiene valor estético como tal. En el arranque de la obra, por ejemplo, Penyas dedica una página al intento infructuoso de Maruja por levantarse del sillón, en una secuencia repetitiva en la que intercala dos vistazos a un reloj que indica el tiempo que dedica la anciana a la operación, pero que, al mismo tiempo, genera un efecto visual deliberado, al tener el reloj la misma forma básica y el mismo tamaño que los sillones.

Es una muestra del talento compositivo de Penyas, pero, sin lugar a duda, donde más destaca es en la capacidad evocadora que logra con un estilo de dibujo personal y con pocas referencias en el cómic contemporáneo. El tipo de caricatura que practica, rica en detalles y con una deformación seca pero amable al mismo tiempo, puede recordar a un Grosz, pero también recurre a la referencia fotográfica directa en varias ocasiones, aunque la connote con elementos no naturalistas, como unos exagerados coloretes, o el uso de elementos expresivos típicos de la historieta: las gotas de sudor o de lágrimas que vemos a veces en algunos personajes. Por otro lado, destaca su capacidad para recrear épocas a través de sus vestimentas, objetos cotidianos y elementos decorativos. El recurso más significativo es el empleo de texturas y patrones que Penyas aplica mediante una técnica de transferencia de la fotografía, pero también está presente el collage. Su método de trabajo, al contrario de lo que impera en la actualidad, es casi totalmente artesanal, y por ello consigue esos resultados imperfectos, sucios y con texturas tan tangibles. Gracias al uso de referentes fotográficos, sitúa su trabajo en la intersección del dibujo y la realidad: logra ser simbólica, pero, al mismo tiempo, concreta.

Gracias a ello, el lector experimenta una inmersión total en la historia, y se sitúa de inmediato en cada una de las épocas, pues siempre hay índices que nos ubicarán en el tiempo. Puede ser un programa en televisión, un tipo de vajilla, un visillo o dos modernos que pasean por la Gran Vía de los ochenta. Y gracias eso es posible la empatía y la identificación sin necesidad de caer en obviedades o en cursilerías. El relato de Penyas siempre es temperado, y no recurre a emotividades superficiales: lo es de un modo profundo. Y lo que encontramos entonces es el doble relato de dos mujeres que, como decía al princio, fueron como tantas otras. Consagradas al hogar y las labores domésticas, destinadas al cuidado de los hijos y asfixiadas por la sociedad franquista, tanto en un entorno rural como en la ciudad. Maruja se casó sin mucho convencimiento con el médico del pueblo y al trasladarse a su casa se encontró con una cuñada tiránica y estricta. La familia de Herminia, vinculada al teatro, vivió en un ambiente algo más liberal, aunque el abandono por parte de su madre del núcleo familiar marcaría su juventud. Para Maruja y Herminia, la rebeldía o la resistencia no eran nunca opciones de vida posibles. Sólo en los pequeños gestos podían encontrar su espacio de libertad: la obtención del carné de conducir, o la soledad de la cocina, donde nadie se mete en lo que hacen. Hay momentos en los que las tensiones generacionales se exponen de manera muy inteligente, y no hablo sólo de los momentos del presente y de esa barrera invisible que parece haber entre nieta y abuelas en algunas escenas, sino también en otras históricas, como la que implica a las hijas de Herminia, militantes comunistas en la transición. Herminia no quiere saber nada de política, pero oculta cuidadosamente la propaganda y los libros de sus hijas. Hay en ese gesto mucho más de lo que puede parecer a simple vista.

El pasado de ambas mujeres contrasta con sus presentes. Penyas incide en la soledad, en las dificultades que implica vivir sola en una edad en la que la salud ya no acompaña. No suaviza la mirada ni recurre a la indulgencia cuando habla de ello, ni de la responsabilidad de las familias, aunque tampoco hay un discurso explícito moralista: es, más bien, el afán de mostrar lo que mueve a la autora. La reflexión y la denuncia no se enuncian, sino que se plantean como un diálogo con cada lector.

Partiendo siempre de la premisa de que en una autora joven siempre existe un evidente margen de mejora y crecimiento, me ha resultado muy sorprendente la madurez de esta primera novela gráfica. Estamos todas bien es un cómic excelente, que entra por méritos propios en ese conjunto de cómics que están reconstruyendo nuestro pasado reciente.

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