Larson: El hombre con más suerte del mundo, de Javi de Castro

Javi de Castro lleva años demostrando su solvencia como autor de cómics. Tanto con guiones propios —por ejemplo, el prometedor Sandía para cenar (Thermozero Cómics, 2014)—, como con ajenos — La última aventura, con Josep Busquet (Dibbuks, 2014)—, pero también en una obra de proceso más complejo: Que no, que no me muero, sobre relatos de María Hernández Martí (Modernito Books, 2016). La trayectoria del dibujante mostraba, además, un progreso evidente. Desde la base de un talento innegable para el dibujo, fue pasando de lo prometedor a la sólida realidad de aquel último libro.

Por eso mi expectación ante su nuevo trabajo era elevada. Larson: El hombre con más suerte del mundo, de nuevo en Modernito Books, aparecía un año y medio después de Que no, que no me muero. Si éste fue un trabajo de encargo en el que consistió en la adaptación libre de los textos de Hernández Martí, en esta ocasión será una obra propuesta por de Castro, pero basada en la historia real de Michael Larson, un vendedor de helados de Ohio que, en los años ochenta, logró descifrar los patrones de movimiento del tablero de un concurso televisivo, se los aprendió y reventó el récord del programa, ganando mucho dinero. El espacio, Press Your Luck, lejos de premiar los conocimientos o la habilidad, jugaba con la suerte… y la codicia de los concursantes. Aunque es evidente la irónica justicia poética presente en la historia de Larson, la verdad es que, como anécdota, a priori, no apostaría por su potencial argumental para un cómic, ni me parece especialmente interesante.

Sin embargo, precisamente por eso valoro mucho más el excelente trabajo de Javi de Castro con este material. Es obvio que a él sí le interesa, y el resultado es una prueba perfecta de que, en realidad, eso es lo que importa en el acto de creación artística. Si trabajas desde la pasión y la sinceridad con respecto a tu obra, lo demás viene solo. Y por eso he podido sumergirme por completo en la ágil lectura de Larson. Por eso y por la capacidad del autor de construir un relato donde la emoción y la épica cotidiana se construyen, fundamentalmente, a base de puro ritmo. Ése parece el elemento central en las intenciones narrativas de de Castro, o, al menos, es ahí donde demuestra un completo dominio y hace un esfuerzo por lograr una lectura fluida y perfectamente ajustada en sus tiempos. Prácticamente no se repite dos veces la misma estructura de página; de Castro controla el tamaño, la forma y el número de las viñetas para que nos detengamos o avancemos más rápido, y lo hace, además, de un modo invisible, sin que la estructura de la página se interponga nunca a lo que se está contando. Y esto, en mi opinión, lo más difícil y lo más importante en un cómic, que es, ante todo, un lenguaje rítmico.

Los diálogos son ajustados y mantienen un perfil bajo: la narración es, fundamentalmente, visual. El blanco y negro que emplea de Castro, matizado por tramas mecánicas, funciona por el mismo motivo que sus composiciones de página: permiten que el lector no se distraiga con las cuestiones de forma. Y no deja de resultar llamativo que un autor que se había caracterizado por el uso de una paleta de colores planos y vivos salga de esa zona de confort para jugar con el blanco y negro, que se adapta igualmente a su trazo, de influencia francobelga pero en el que también pueden encontrarse coincidencia con autores estadounidenses como Box Brown.

En ese sentido, el dibujo del autor continúa su depuración de línea y, aunque no hay cambios radicales con respecto a trabajos anteriores, se aprecia una sutil mejoría. Sobre todo, en la capacidad de ambientación con elementos mínimos: la labor de documentación puede ser tan invisible como otros aspectos del tebeo, pero basta con fijarse en un magnetofón o en cualquier mueble para comprobar hasta qué punto ha sido cuidada.

Hubo una fase en la carrera de este autor en la que cada obra mejoraba a la anterior y su progresión era evidente y rápida. Sin embargo, sus dos últimas novelas gráficas, muy diferentes entre sí, admiten el debate: el despliegue formal y experimental de Que no, que no me muero —sumada a la inteligente ironía de María Hernández— me parecen a día de hoy, propios de una obra mayor. Pero Larson, a su manera, no demuestra menor dominio del lenguaje del medio que aquél, y supone una contundente muestra del talento de un autor aún joven y, por tanto, con margen amplio de mejora.

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