Voyeurs, de Gabrielle Bell

Hay gente que tiene una habilidad innata para mentir. Te miran a los ojos y te sueltan una trola que engañaría incluso a aquella máquina de la verdad de la televisión de los noventa. El secreto es sencillo y consiste en darse cuenta de que toda verdad personal no es más una mentira parcial. Todo hecho es una historia de ficción cuando pasa por el inevitable filtro de la subjetividad. Por supuesto, incluso aunque asumamos esto, todos tenemos claro cuál es el límite entre la interpretación subjetiva de la realidad y los invents… Pero es en el pantanoso terreno fronterizo entre ambos donde emergen interesantes perspectivas. Ese terreno no es otro que el de la autoficción, y en el cómic hemos tenido notables ejemplos, desde Aline Kominsky-Crumb a Joe Matt. Pero hoy toca hablar de una de las más grandes autoficcionalizadoras del cómic estadounidense: Gabrielle Bell, cuyo Voyeurs ha publicado recientemente La Cúpula.

En cierta forma, Bell se encuadra en la corriente de autoras que, bajo la influencia más o menos directa del underground de Trina Robbins o la citada Kominsky, han cultivado una autobiografía cruda, tamizada de elementos oníricos o ficcionales, como el caso de Debbie Dreschler y, desde luego, Julie Doucet. Sin embargo, no son pocas las diferencias estilísticas de Bell frente a sus coetáneas: ella practica una suerte de línea clara temblorosa, irregular, y tiende a no devanarse mucho los sesos con la composición de la página: cuatro o seis viñetas de igual tamaño, sin más. Incluso si termina una historia a mitad de página, no le preocupa que el resto quede en blanco —algo que hemos visto también en las obras más recientes de Chester Brown—. Pero la decisión narrativa más determinante en el tono de las historias de la autora tiene que ver con dos cosas: la primera, que muy rara vez recurre a primeros planos o panorámicas; en lugar de eso, muestra a los personajes a cuerpo completo siempre, en un plano poco habitual en el cómic y que se aleja de la influencia cinematográfica… porque siempre vemos los pies de los protagonistas. Pero, en segundo lugar, Bell mantiene un ritmo sincopado en la narración bastante estricto; nunca se demora en una conversación, sino que vamos viendo diferentes retazos de una mana en la playa, una tarde tomando algo con los amigos o un día entero de abulia frente al ordenador. La voz narradora en primera persona nos guía con fluidez y, al estar formulada en pretérito, funciona como una reflexión a posteriori que se simultanea con los hechos.

Pero, como decía al principio, lo de los hechos no es un asunto sencillo. Gabrielle Bell nos cuenta, en esencia, cosas que sucedieron: su visita a Japón para colaborar en la adaptación que Michel Gondry hizo de uno de sus cómics, las idas y venidas entre Los Angeles y Nueva York —a veces debidas a una relación a distancia—, la visita a la Comic Con de San Diego… También la vemos agobiarse, sufriendo bloqueos creativos, adicción a internet o angustia vital en general, que a veces intenta controlar practicando yoga en un habitáculo de su invención donde asarse de calor para liberar toxinas. Pero todo eso siempre es cuestionable, porque lo que estamos viendo es la propia interpretación de Bell sobre su vida y sus problemas. Por ejemplo, lo que para ella es un problema con internet —en 2007, cuando todavía no tenía smartphone ni las redes sociales se habían convertido en la locura que son hoy—, por lo que podemos ver en sus historias, tampoco es tan terrible. Además, en varias ocasiones sus parejas o amigos le preguntan si está haciendo tal o cual cosa para luego poderlo dibujar en sus cómics… Porque, de alguna forma, parece que si se fuerzan las cosas para que sucedan, el pacto entre autora y lectores que acompaña a una autobiografía no se violenta tanto. Y, sin embargo, ella misma establece las diferencias entre vida y obra cuando pone en boca de un interlocutor: ««Eres más auténtica en la ficción» (p. 63). Esa frase —que sirve de cierre a un capítulo—, encierra la paradoja de toda autobiografía —o autoficción—: la autora se muestra como se ve a sí misma, pero también como desea que la vean los demás. Es un ejercicio de exposición que revela una verdad distinta a la evidente, una verdad que sólo podemos encontrar en la mentira. Es decir: en las historias.

Volvemos al principio de este texto. Bell se enfrenta a la vida con humor e intenta mantener a raya su capacidad para darle demasiadas vueltas a la cabeza, de «rumiar», como dice ella misma (p. 91). Pero también se enfrenta a todo a través de las historias. Si un buen mentiroso es capaz de mirarnos a los ojos y contar lo que sea sin que le tiemble la voz, Bell hace exactamente su equivalente en el cómic: narrar ficciones entremezcladas con la realidad sin variar en nada su estilo o su mecánica narrativa. A diferencia de la mayoría de los cómics, no hay ningún elemento extradiegético que nos indique que estamos cambiando de plano. Muy al contrario, todo fluye con total normalidad, tanto cuando nos cuenta que se imagina que un tipo la sigue corriendo mientras ella va en bicicleta, o cuando imagina que otro la ataca mientras corre por terreno agreste. Sobre todo, el efecto funciona en la historia en la que Bell nos cuenta cómo anunciar que iba a adaptar el Manifiesto Scum en una novela gráfica atrajo una desproporcionada atención mediática que la convirtió en una celebridad. Nada de eso sucedió, claro, pero el relato de los hechos se hace exactamente en la misma clave que cualquier otro capítulo.

En esa cualidad que Bell exhibe en Voyeurs se encuentra lo más importante de un cómic que demuestra que en la aparente sencillez del género autobiográfico —tan a menudo denostado por cierto sector de aficionados— se oculta una complejidad que define la vida: nada es como parece nunca. Gabrielle Bell ha encontrado una forma de analizarse, con todas sus contradicciones, y exponerse a los demás. No como terapia, sino como forma de expresión. Como forma de crear lo que son, al fin y al cabo, historias.

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