Hernán Esteve, de Esteban Hernández

Esteban Hernández no toma prisioneros. Nunca nos lo ha puesto fácil, y no va a empezar ahora, porque las cosas de las que habla no lo son. Sin embargo, sin que signifique hacer concesiones, ha ido perfeccionando su manera de narrar y su acercamiento a esos grandes temas que tienen que ver, en última instancia, con la identidad. Con la construcción del yo y su relación con el mundo. Cada nueva obra supera a la anterior, en mi opinión. Spleen (2013) fue interesante, pero Nada (2015) fue mejor. En esas historias, Hernández construía ficciones y personajes a través de los que hablar de sí mismo y de sus dudas. En ellas, además, ya empleaba algunas metáforas visuales y símbolos que permiten al autor, progresivamente, ir explicando determinadas cuestiones de una forma más gráfica y menos textual, aunque los textos —difíciles, nada complacientes— seguían teniendo un gran protagonismo.

Con Hernán Esteve (Libros de Autoengaño, 2017), sin embargo, Hernández introduce varios cambios significativos en el juego, y lo lleva a otro nivel. En primer lugar, narra la mayor parte de la historia sin palabras. En estas fases, los bocadillos, cuando aparecen, están rellenos de un «blablabla» que actúa como indicio de una conversación profusa, o con imágenes que expresan conceptos concretos, sin más. El dibujo se ha vuelto aún más caricaturesco que el de Nada, aunque sigue respondiendo a las marcas del estilo característico del autor. También emplea muchos recursos simbólicos para exponer estados de ánimos o excitación sexual —por ejemplo, mostrando una nube de humo rodeando la entrepierna de los personajes—, de un modo natural, porque encajan sin chirriar con la caricatura. Así, el primer tercio del libro, que relata con viñetas mudas el desarrollo sexual del protagonista, resulta excelente, especialmente en lo que respecta al ritmo. Entendemos perfectamente todo lo que está sucediendo y cuáles son los problemas del personaje sin necesidad de leer ningún diálogo. Con posterioridad, encontramos un tramo del relato en el que Hernán Esteve tiene una relación ambigua con un amigo con el que toca música, y, aquí sí, los diálogos breves y frugales se antojan necesarios para profundizar en la relación entre ambos, sin subrayados y sin las reflexiones extensas que solíamos encontrar en otras voces de obras anteriores de Hernández. Sin embargo, tampoco en Hernán Esteve renuncia a una de sus principales armas: simplemente, la reserva para el último acto, en el que tiene lugar una inesperada conversación que es, en mi opinión, la más lúcida en cuanto a ese gran tema del yo y la identidad.

Esto es así, seguramente, porque en este cómic Esteban Hernández ha dejado a un lado los personajes ficticios como alter ego y ha planteado directamente un diálogo con un doble, un sosia que, como un reflejo ligeramente deformado, invierte el nombre y el apellido del autor y quién sabe que otros elementos de su carácter y biografía personal. Entramos así en el terreno de la autoficción; Hernández cuenta la vida sentimental de alguien que no es él, pero se le parece. ¿Qué sucesos de esta historia sucedieron tal cual, cuáles han sido inventados o modificados? No importa, en realidad. Lo incidental y concreto pierde importancia frente al gran dilema que plantea Hernán Esteve: la búsqueda del amor como parte de un proceso de autoconocimiento que lleva a comprender al otro. Y ese otro, en este caso, tiene un símbolo claro: Esteve. Por eso resulta tan interesante el capítulo final, en el que Esteban y Hernán se encuentran en una terraza y, entonces, se desvela que el primero ha dibujado la novela gráfica que estamos acabando de leer por encargo de su propio personaje. El propio autor ha mencionado en entrevistas la parte final de Niebla de Miguel de Unamuno como una referencia de esta conversación, pero yo también he pensado en algunos relatos de dobles de Jorge Luis Borges, aunque en el caso de este cómic, no se hace explícito nunca que Esteban o Hernán sean conscientes de su condición de creador y creado. Dentro de la autoficción, el primero es él mismo, un autor de cómic, mientras que el personaje de Hernán es tal real como él, y existe en el mismo plano ontológico. De hecho, vemos cómo le regala a su última pareja un ejemplar de Usted, porque asegura que describe «muy bien» cómo se siente con ella: acaso esa chica sea un trasunto de la mujer real a la que Esteban representó en esa historia antigua que aparece reproducida tal cual a continuación.

A mí, personalmente, siempre me han gustado estos juegos de espejos enredados e infinitos, en los que la realidad y la ficción dialogan y se entremezclan hasta el punto de que semejante diferencia pierde su sentido. Sobre todo, por algo que resulta clave y que Esteban y Hernán verbalizan en su última conversación: ni Hernán se termina de reconocer en las páginas que ha dibujado Esteban, ni tampoco Esteban lo hace en las que forman parte de sus historias directamente autobiográficas: «… cuando recordamos teñimos un poco el recuerdo […] “Soy Esteban”, me identifico, ¿pero identifico a…?». Y ahí se detiene, porque, como dice un poco más tarde, «o no hay respuesta sencilla o no es semántica». Creo que esta frase define muy bien el grueso del trabajo de Esteban Hernández. Lo que él quiere explicar no puede explicarse fácilmente y, en última instancia, se puede hacer una mejor aproximación a través del dibujo. Eso es lo que creo que ha entendido el autor en este último trabajo, y es lo que evidencia el final del relato más redondo que creo que ha dibujado hasta la fecha.

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