Piruetas, de Tillie Walden

Tillie Walden fue una de las sensaciones de final de año en el mercado español, y hubo buenos motivos para ello: Piruetas ha sido la primera obra de la autora publicada en castellano, de modo que la hemos conocido a través de su obra más ambiciosa y reciente —aunque en estos momentos ya está anunciada, para otoño, la publicación en libro de su webcómic On a Sunbeam—. Todo cobra aún mayor relevancia si atendemos a la edad de su autora: veintidós años. Y cuatro libros a sus espaldas, cientos, si no miles de páginas en su haber. Por supuesto, la edad de la autora no debe llevarnos a la indulgencia. Una cosa es que se entienda que determinadas cuestiones sólo pueden pulirse con la experiencia y otra que no tengamos sobrados ejemplos de autores y autoras muy jóvenes que tienen ya un nivel increíble y pueden competir de tú a tú con los veteranos: la doble nominación como autor revelación y mejor obra en los premios del Salón del cómic de Barcelona de Anabel Colazo y Ana Penyas nos está indicando que es una realidad. Piruetas, por cierto, ha sido nominada en la categoría de mejor obra extranjera.

Lo más sorprendente de este libro de cuatrocientas páginas —nada menos— es que es enteramente autobiográfico. Walden narra su adolescencia sin apenas distancia, recordando hechos todavía muy recientes. Y eso implica muchas cosas; sabemos de sobra que el cómic de autor ha sido terreno abonado para la autobiografía y para la memoria de la infancia o adolescencia propias, pero, en general, esa tendencia se ha plasmado en obras realizadas con cierta distancia de esas etapas. Marjane Satrapi dibujó Persépolis con más de treinta años, David B. empezó La ascensión del gran mal con cuarenta, Debbie Dreschler publicó La muñequita de papá con más de cuarenta años. Incluso Craig Thompson rondaba ya los treinta cuando se publicó Blankets, una obra que podríamos comparar, en cierta forma, con Piruetas. Pero la diferencia entre ésta y aquéllas es que, en esos clásicos de la autobiografía, la distancia temporal imponía también una emocional: los autores ya son otras personas, y en esas obras nos cuentan cómo se convirtieron en ellas mismas. Sin embargo, en Piruetas no hay un rito de paso simbólico subrayado, sino, más bien, un proceso de maduración muy poco consciente —porque no media la reflexión y reconstrucción conveniente que uno suele hacer de su pasado cuando crece—, que tiene que ver con la incomprensión que suele acompañar al mismo cuando se experimenta en tiempo real. Dicho de otro modo, uno nunca sabe del todo qué narices le está pasando hasta que le ha pasado y puede construir un relato sobre ello.

El relato de Walden sobre su propia vida está a medio hacer, y por eso Piruetas resulta tan absorbente y diferente. La espontaneidad de la autora no está reñida con una gran capacidad para la contención narrativa y emocional, cosa nada fácil en el relato biográfico, y más a esas edades. Piruetas tiene una voz narradora temperada, que no se excede nunca en verborrea —salvo en momentos puntuales donde el texto no puede evitar caer en algún lugar común—, porque solamente se busca matizar lo gráfico, que es, igualmente, notable: aunque hay diferencias en el trazo, algo inseguro en las primeras páginas, también sorprende la unidad y coherencia estilística de una obra tan extensa. Y, sin embargo, al mismo tiempo se aprecia cómo se va sofisticando, cómo Walden es capaz de contar menos con más, o evocar simbólicamente con espacios vacíos, con los tonos amarillos que aparecen en momentos escogidos y significativos para enriquecer el habitual bitono de morados. Hay una cierta poética melancólica que impregna siempre la obra, tanto en los momentos íntimos como en los tristes —la mayoría— o en los escasos momentos de felicidad, mancillada siempre por el estado general de Walden.

Porque la adolescencia de Walden, o lo que nos muestra de ella en Piruetas, distó mucho de ser feliz. Estuvo marcada por la práctica del patinaje artístico, pero también por su condición de lesbiana —según afirma, fue consciente desde que tenía cinco años de que lo era— en el armario, y por la soledad de quien se acaba de mudar con su familia a una nueva ciudad. Tengo que admitir que tengo un problema personal con el patinaje artístico, la gimnasia rítmica y otros deportes que imponen condiciones durísimas a cuerpos y mentes preadolescentes, por no hablar de la disciplina militar a la que los someten sus entrenadoras en muchas ocasiones. Casi todo lo que muestra Walden de ese mundillo me temo que me reafirma en mi impresión: competitividad extrema, entrenamientos antes del amanecer, una presión absurdamente elevada para quienes, además, tienen que lidiar con obligaciones escolares y todas las turbulencias de la adolescencia. Walden comienza el relato sin cuestionarse demasiado todo eso, porque, al fin y al cabo, empezó muy pequeña y tuvo una entrenadora con la que desarrolló un vínculo especial, hasta el punto de que, tiempo después, interpreta que permaneció en el patinaje por ella, aunque había muchos aspectos del patinaje que le gustaban. Y, tal vez, por ser incapaz de tomar decisiones, bloqueada por un estado de ansiedad y ciclos depresivos que ocultaba a su familia y (pocas) amistades. La presencia etérea de Grace, una chica que la acosaba en el colegio, también marca ese bloqueo que le impedía tomar las riendas de su propia vida; resulta muy significativo para entender el tono y la intención de la autora que las peores cosas que le obliga a hacer o que le hace no aparecen explícitamente, sino contadas a posteriori.

Esa huida del sensacionalismo y la pornografía emocional construye un relato temperado, sereno, donde las cuestiones descritas por Walden impactan de un modo profundo y no superficial. Es imposible no sentirse absorbido en esos tonos morados y amarillos, y en el escenario emocional que se nos muestra. La progresiva salida del armario se muestra sin alaracas, al igual que las primeras reacciones por parte de su familia, que no lo entendió. Tampoco es demasiado terrible, y, desde luego, la liberación que siente la autora una vez que pudo contarlo superó con creces cualquier prejuicio. Su primera relación adolescente con Rae, frustrada por culpa de la madre de ésta, tampoco es objeto de una reacción desaforada.

En el ecuador de la obra aparece el dibujo como afición para Tillie. Poco a poco, sin que nunca se reflexione explícitamente sobre ello, el arte va desplazando a un patinaje que, en realidad, ya no la llenaba. Tarda años en dar el paso de abandonarlo, sobre todo porque tiene que ir haciéndose consciente de determinadas cosas con las que no se sentía cómoda: por ejemplo, la exagerada sexualización de las niñas, maquilladas como adultas y actuando sin ropa interior y con volantitos absurdos llenos de brillantina. Por eso, en cierta forma, Piruetas es la historia de cómo alguien se hace adulta porque es capaz de abandonar el plan de vida que se había trazado para ella y encontrar su lugar. Nada de patinaje, y nada de universidad: directa a la escuela de arte y al cómic. Lo hace, como todo, sin desaforadas alegrías. Decidir que quiere dedicarse al arte tampoco hace que salga el sol y todo se llene de luz y felicidad, simplemente, como ella dice: «No siento una gran pasión. Es sólo que… cuando empiezo un dibujo, quiero acabarlo» (p. 379). No sé si es casualidad que precisamente cuando llega al punto del relato en el que descubre las clases de dibujo, comience a introducir innovaciones y ciertos experimentos en la secuencias que, si bien son puntuales —en líneas generales, la narración es bastante transparente—, sorprenden, para bien, cuando aparecen: por ejemplo, una página magistral que muestra de un modo casi abstracto la demolición del centro comercial en cuya pista de hilo entrenó durante unos años (p. 186), o la mejor secuencia que el patinaje da a la obra: la última actuación que se nos muestra, en la que Tillie tiene una caída (p. 337 a 340), que se nos relata con un brío sobresaliente, en el que una voz inmediata y cruda se intercala con pequeñas viñetas en las que, casi como en un esquema, vemos la evolución de la pieza. Hay que ser muy buena para plasmar algo así.

En Piruetas hay mucho más; parece, de hecho, que Walden incluye todos los sucesos de su vida que cree que le han influido en su carácter introspectivo, más dado a la soledad y a la contención que a la vida social ajetreada. La inmediatez del pasado que nos cuenta hace que esa adolescencia esté ya inmersa en referentes que siguen siendo actuales, tanto culturales como tecnológicos: Walden ha vivido toda su vida con internet, y gran parte de esta con smartphone y ordenador portátil. Es otro elemento de interés de la obra, porque su proyección hacia el pasado no requiere de una adaptación a un mundo diferente. Es el mismo, pero, simultáneamente, en Austin, Texas, se enfrenta a prejuicios que a veces podríamos pensar que están superados.

En su crítica, María Pérez Recio destacaba como conclusión la sinceridad y la honestidad «a la hora de mostrar algo tan íntimo al lector». Sabemos que, en el arte, la sinceridad es indistinguible de la apariencia de sinceridad, pero es cierto que en Piruetas se intuye que no hay demasiada distancia entre los hechos tal y como los recuerda Walden y lo que escoge contarnos, más allá de una lógica selección —donde ya actúa la subjetividad de la autora, evidentemente—. No se aprecian juegos metaficcionales ni las reflexiones sobre la identidad real y la proyectada en el papel que sí podemos encontrar en otras figuras del cómic autobiográfico, y eso nos habla de una autora más directa, y, quizás consciente de que acaba de empezar en esto. En cualquier caso, aunque Piruetas no alcance —como es lógico— el nivel de otras obras que se benefician de la reflexión que da la madurez, gana a casi todas ellas en frescura, y en su relato tierno y recientísimo, que acaba no con un punto y aparte, sino con un recuerdo feliz de lo que ha dejado atrás, me ha ganado definitivamente. Walden está llamada a ser una voz de referencia para su generación.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s