Budapest, de Chema Peral

Tras superar una época con una carga de trabajo considerable, voy a intentar recuperar la regularidad en las publicaciones de este blog, y recuperar así un buen puñado de títulos publicados desde finales de 2017 de los que me apetece mucho escribir y que, creo, merecen reconocimiento. Está siendo un buen año en cuanto a cómics, y me parece oportuno dejar constancia aquí de ello a través de mis textos.

A Chema Peral lo conocí a través de sus fanzines y de su primer cómic publicado con una editorial, Esperando a Jean-Michel (Apa Apa, 2013). Formaba parte de un grupo de autores en la órbita de la editorial barcelonesa, junto con Alexis Nolla, Camille Vanier, Arnau Sanz, Ana Galvañ y otros, dibujantes de la penúltima generación de cómic español, que compartían, dentro de su radical heterogeneidad estilística, una serie de rasgos comunes en cuanto a su visión del medio y su aproximación a la profesión. Por ello llegué a elaborar una entrevista coral con todos ellos, allá por 2013. Desde entonces, los caminos que han seguido han sido muy dispares. Chema Peral ha sido uno de los más intermitentes y, aparentemente, despreocupados por publicar profesionalmente. Fundó su sello microeditor, Lupa y Sombrero, en el que además de publicar más fanzines propios, ha dado a conocer a jóvenes autoras como Nadia Hafid.

Pero esa tendencia a permanecer en los márgenes no ha impedido que publicara, a finales de 2017, su primer libro largo: Budapest. De la mano de La Cúpula —editorial que en los últimos años está apostando decididamente por estas nuevas generaciones— y, significativamente, al mismo tiempo que otros autores de aquel grupo, Peral salta a la edición comercial con el formato más extendido en el cómic español contemporáneo, y lo hace con una obra que, lejos de adaptarse a una narrativa más convencional y comercial —y lo pongo en cursiva porque, a estas alturas, si algo ha quedado claro es que nadie sabe, a priori, qué puede ser o no comercial—, responde a todos sus rasgos estilísticos previos y profundiza en una manera de entender el relato genuinamente personal. En un primer nivel de lectura, lo que tenemos es una aventura más o menos clásica: Roúl anda perdido por el mundo, tras participar en una guerra, y va en busca de un lugar que promete la felicidad absoluta: Budapest. Por supuesto, el nombre no corresponde a nuestra Budapest, sino que es más bien un lugar mítico, una Samarkanda, aunque, como se verá, exista realmente. El contexto de un mundo en guerra, con sus terroristas suicidas y sus fanatismos, contrasta fuertemente con el tono amable de la narración y del dibujo de Peral: por momentos incluso naif, su dibujo puede retratar incluso al soldado más cruel como una personilla adorable. Hay ciertos elementos de slapstick que recuerdan al cine mudo, pero, sobre todo, lo que predomina es una sensación de ligereza que no llega a frivolidad porque, al fin y al cabo, existe también un aspecto existencial en la búsqueda de Roúl. De hecho, su periplo no es otra cosa que un viaje interior, una búsqueda de sí mismo y de un lugar en el mundo que encuentra no en la violencia, sino en la música y la diversión: es un mensaje que cuadra perfectamente no sólo con el contexto de Budapest, sino también con la personalidad artística de Chema Peral, que en todos sus trabajos mantiene esa contagiosa alegría: viendo sus cómics, uno casi puedo imaginarlo mientras lo dibuja tirado en una hamaca con una camisa hawaiana y una sonrisa en la boca. Es de esos dibujantes que parece que dibujan sin esfuerzo y sin dolor, y a los que las obras les salen solas. Desconozco si esto es así realmente, por supuesto; pero es lo que logra transmitir con sus obras.

Esa frescura también se traduce en decisiones artísticas sorprendentes de un autor que es un excelente e imaginativo dibujante. Budapest está lleno de eventos que no guardan una lógica física, como los saltos que son capaces de dar algunos personajes o el momento en el que, sin explicación mediante, a Roúl le nace un par de piernas extra. La lógica de estas situaciones, en realidad, no es otra que la del dibujo puro, y esto es algo que a mí me interesa mucho últimamente: después de una etapa en la que era importante que el cómic demostrara que podía contar historias con la misma densidad y coherencia narrativa que el cine o la literatura, estas nuevas generaciones de autores están mucho más interesados en contar historias como sólo el cómic puede. El dibujo no le debe servidumbre a la realidad, ni tiene por qué ceñirse a su representación estricta. En Budapest no hay racord, y los personajes cambian de formas y tamaños con la fluidez que sólo puede dar el lápiz sobre el papel. Tampoco observa Peral una tridimensionalidad convencional, sino que, más bien, recurre a trucos del cubismo, pero también a otros autores de cómic: se aprecian trazas de un Javier Olivares o de un Pep Brocal; también en el tratamiento de los personajes y los temas: irreal, con calado psicológico que va más allá de la descripción de acciones y con trazas oníricas.

Aligerar el tratamiento de los temas puede hacer parecer, en ciertos puntos, que se cae en cierta indolencia o, incluso en la improvisación de algunas secuencias. Sin embargo, una lectura atenta revela dos cosas: una, que la estructura de viaje del héroe en realidad es bastante sólida —con la sucesión de encuentros con personajes que ayudan o aportan enseñanzas necesarias a Roúl para conocerse a sí mismo—, y que lo que aparentemente está poco meditado esconde significados menos evidentes; de alguna forma, Peral tiene aquí que pugnar con su propia voz narrativa, poco dada a la trascendencia. Quizás es por eso que, para compensar esta cuestión, en momentos muy concretos, puede ser excesivamente explicativo en cuanto al significado de la búsqueda de Roúl o sus sentimientos. Prefiero los símbolos más esquivos, como la trompeta de madera que le regalan, a los subrayados textuales expositivos a los que me refiero.

Pero también tengo claro que prefiero obras distintas, arriesgadas y novedosas como Budapest a la enésima aventura realizada con plantilla. La sensación de que puede suceder cualquier cosa —y no sólo en el nivel narrativo, sino también, y sobre todo, en el gráfico— es algo raro y maravilloso. La lectura de este cómic se disfruta con esa alegría y con un sentido lúdico que no debería esconder el poso emocional que lo sustenta, rasgos todos ellos que comparte con otras obras recientes del cómic español de las que espero poder escribir en los próximos días.

BOLA EXTRA: Si después de la lectura de Budapest os quedáis con ganas de más obras de Chema Peral, recomiendo buscar uno de sus fanzines más recientes, Some Present Moments of the Future, una historia muy interesante con una ambientación más costumbrista pero una premisa desconcertante, y que finaliza con un sugerente «continuará».

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