Poulou y el resto de mi familia, de Camille Vannier

Hablábamos ayer de Budapest de Chema Peral, y hoy quiero hacerlo de la obra más reciente de una autora que comparte varias cosas con él: Camille Vannier. Vannier nació en 1984, un año antes que Peral, de modo que lo primero que comparten es una generación. Pero también publicaron en la misma época en Apa-Apa: en concreto Vannier publicó un interesante cómic, Tuerca y tornillo que apareció en un cuadernillo junto a Nacatamal, de Arnau Sanz, en 2014. También tienen en común trabajar intensamente en la ilustración, y tener un acercamiento al cómic bastante atípico. Más Vannier, como veremos.

Su último libro es también su obra más ambiciosa y lograda: Poulou y el resto de mi familia. Publicada por Sapristi —que se une así al grupo de editoriales fuertes que apuestan por este nuevo cómic hecho en España, e introduzco este matiz en lugar de decir «cómic español» porque Vannier es de origen francés, aunque lleve década y media viviendo en Barcelona—, esta novela gráfica podría insertarse sin dificultad en una de las corrientes centrales de dicha tendencia: la de la memoria familiar. Sin embargo, a pesar de que sea cierto que la autora se sumerge en las historias de su familia durante todo el siglo XX —Poulou era su abuelo—, como escribió Roser Messa en la introducción de la interesante entrevista que le hizo a la autora, «cualquiera podría pensar que se trata de una ficción».

Los aspectos más interesantes del libro emergen cuando se intenta averiguar por qué a Messa le surgió esa pregunta. Es cierto que la historia de la familia de Vannier está trufada de sucesos sorprendentes y casualidades forzadas, pero creo que si Poulou sugiere esa sensación de estar leyendo una ficción es, sobre todo, por la forma en la que Vannier escoge narrar todo ello. Si dibujara de un modo más convencional, con viñetas regulares y fondos trabajados, no se situaría la duda sobre la verosimilitud en la primera línea de análisis. Respondiendo, quizás, a la naturaleza fragmentaria de la transmisión oral que fue la fuente principal para su trabajo, la autora configura una narración con elipsis pronunciadas, y que mezcla lo anecdótico y lo capital, niveles que se igualan al ser representados exactamente de la misma manera: mediante un dibujo que prescinde de las líneas y se centra en una paleta de colores limitada como fundamental elemento representativo y expresivo. También prescinde de viñetas y de fondos, lo que, sumado a un dibujo netamente antinaturalista, confiere al resultado final un componente etéreo e irreal. Con herramientas un tanto distintas, consigue un efecto muy parecido al que lograba el ya citado Arnau Sanz en Tibirís (Trilita, 2017): como en ésta, en Poulou no se trata de reconstruir el pasado minuciosamente, sino de transmitir la inmediatez y espontaneidad del recuerdo que se ha transmitido oralmente de madre a hija. Pero, al contrario que en la obra de Sanz, Vannier sí se interesa por introducir marcadores de época específicos y muy claros, como, por ejemplo, revistas, empaquetados de comida, botellas de licor y, sobre todo, la vestimenta de los personajes, que, filtrada por el peculiar estilo de la dibujante, resulta el elemento más minuciosamente reproducido.

Todos esos elementos se combinan en unas páginas que huyen de la secuencia convencional salvo si es para ilustrar algo especialmente dinámico —como un accidente de esquí de Poulou—, y en las que prefiere, más bien, representar personajes, acciones mínimas y objetos de todo tipo. Así, la narración se vuelve muy variada y el ritmo muy ligero: hay, quizás por influencia de la ilustración, un interesante tratamiento de la organización de los elementos en la página. A pesar de no tener viñetas —ni bocadillos— hay un perfecto equilibro entre los dibujos y los textos, a lo que hay que sumar la brillantez del uso de diferentes tipografías y tamaños de letra, que añaden al conjunto una expresividad muy característica. Si tomamos una página al azar, podemos ver, sobre el espacio en blanco, una panorámica de la playa de La Ponche, un retrato de la escritora Françoise Sagan, una sandalia, un brioche y dos chicas tomando el sol desnudas. Allí donde no hay imagen, el texto llena el espacio y se modula en tres colores —de la misma paleta que los empleados en los dibujos—; el talento de Vannier está en ser capaz de aparentar espontaneidad y casi indolencia en su composición, pero, al mismo tiempo, demostrar una gran inteligencia gráfica cuando uno se detiene un instante a observar. En la página antes mencionada, los elementos forman primero dos líneas paralelas inclinadas sobre el plano de la página, para después lanzar otra recta en dirección contraria desde el extremo de la segunda: el resultado es una página donde la legibilidad y la dirección del ojo del lector son los valores más importantes, como en todas las demás.

La historia narrada por su madre a Camille Vannier a través del correo electrónico —como explica en la entrevista antes citada— abarca, sobre todo, la segunda mitad del siglo XX, aunque en las primeras páginas indique algunos datos de su familia anteriores a las guerras mundiales. Se trata de una crónica incompleta —Vannier ha tenido que lidiar con los inevitables agujeros, imposibles de rellenar por haber fallecido ya prácticamente todos los protagonistas— de una familia burguesa rica, con casa en la zona de vacaciones más lujosa de la región, servicio en casa y un tren de vida más que acomodada. La personalidad de Poulou y su poca habilidad para los negocios, así como su tendencia a engañar a su esposa Claude son los ejes de esta historia llena de esperpento, pero también de amor familiar. De nuevo, en el fondo esto tiene que ver más con las maneras de contar que con aquello que se está contando: Camille Vannier mantiene siempre una distancia irónica, incluso sarcástica, con todo lo que está explicando, y su mirada ácida —que tiene algo de lo que llamamos humor francés pero, creo, va mucho más allá, porque no es nada condescendiente— es lo que transforma el culebrón familiar en una tragicomedia donde se mira a la enfermedad y la muerte con una irreverencia muy refrescante. Tanto como la voz narradora de Vannier, que dista mucho de ser neutra: se permite opinar de lo que está contando, y no sólo de los sucesos importantes, sino también del sentido de la moda de sus familiares, por ejemplo. Las expresiones actuales y coloquiales —«el súper fail combo»— se intercalan con naturalidad, y eso termina de apuntalar un discurso original y personal que se lee siempre con una sonrisa, incluso cuando está contando cosas que, narradas de otra forma, serían duras.

No sé si se debe a la falta de demasiados referentes del cómic o a otros motivos, pero la verdad es que Camille Vannier ha logrado hacer una obra muy diferente a lo habitual, en la que se aprecia una personalidad artística ya plenamente desarrollada, a pesar de que sólo hay dos obras previas a ésta. Poulou y el resto de mi familia ha supuesto una significativa innovación en la manera de afrontar el cómic de memoria familiar y, más allá de eso, supone la confirmación de una autora interesantísima.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s