Siete sitios sin ti, de Juan Berrio

Hace varios años, en el transcurso de una larga entrevista que mantuve con Juan Berrio, me habló de una «historia triste», aún sin título, en la que estaba trabajando y que pretendía publicar en el futuro. Al final, entre ese momento y la aparición en las librerías de aquella «historia triste», ha publicado otro puñado de libros, porque a veces las cosas no pueden preverse y los caminos de la creación son inescrutables. Pero esta «historia triste», que en realidad creo que no lo es tanto, ha acabado materializándose en Siete sitios sin ti (Dibbuks, 2018), un libro que contiene la historia más larga y más narrativamente convencional desde Miércoles (Sins Entido, 2012) del autor, aunque su título remita a los juegos de palabras y los recursos fónicos que le son tan queridos.

Las obras de Berrio se entienden enseguida cuando se conversa un rato con él: sus cómics tienen su misma calma, su misma sutileza. Son historias sobre personas reales, pero no exactamente realistas, porque hay siempre una pátina amable, optimista, que puede recordar a cierto cine y cómic francés, pero que es genuina: leyendo los libros de Juan Berrio, puede creerse de verdad en la bondad del ser humano, y en el calor de la vida en comunidad en una ciudad que no es exactamente ninguna; o, lo que es lo mismo, que es cualquier ciudad. Ni siquiera hay marcas especialmente claras de que estemos en una ciudad española, más allá de los nombres de los protagonistas y de algunos lugares. En Siete sitios sin ti, Berrio renuncia en buena medida a los juegos narrativos que suele emplear, y que siempre resultan interesantes —por escasos—: palíndromos de todo tipo, tropos fonéticos, simetrías y experimentos con los formatos que han ido construyendo una obra única en el panorama español. Sin embargo, eso no significa que este nuevo libre carezca de interés, sino más bien lo contrario: por ser su obra más corriente en lo formal constituye una excepción en su carrera que llama de inmediato la atención.

En Siete sitios sin ti se cuenta el final de una historia de amor. Elena toma la decisión de abandonar a Jorge y marcharse de la casa de sus padres, donde había ido a vivir, suponemos que poco antes. Todo está contando con la delicadeza habitual de Berrio, con ese dibujo sencillo y sutil de trazo fino y colores apagados, con los tonos sepia que tienen los recuerdos. La situación de Elena —trabajo precario, que hace mala combinación con un alquiler alto— nos parece muy actual; sin embargo, la historia está ambientada en los años noventa, según el propio Berrio, lo cual envía un mensaje implícito: la crisis actual, en realidad, se viene cocinando a fuego lento desde hace bastante tiempo. En cualquier caso, al estar tan centrada la historia en las sensaciones y decisiones de Elena, la contextualización temporal es secundaria, y sólo influye en determinados detalles que sí tienen que ver con las relaciones humanas: nos recuerda el tiempo en el que una persona podía desaparecer y tener verdadera intimidad sin que la llamaran al móvil, le enviaran un mensaje privado de Facebook o un Whatsapp.

Hay dos estrategias que pone en juego Berrio que me resultan especialmente interesantes y notables: la elipsis y el silencio. Gracias a eso nos movemos en un terreno ambiguo, con pocas certezas; ni siquiera sabemos la verdadera razón por la que Elena deja al que, tal vez, haya sido su primera pareja seria. Nunca lo explica ni nunca lo piensa, en lo que a nosotros, lectores, respecta, ya que Berrio no emplea nunca globos de pensamiento. Elena, simplemente, quiere pasar página y está decidida a dejar a Jorge. Durante toda la historia sobrevuela la sensación de que está aislada, de que nadie puede entender su decisión. Pero, por otro lado, tampoco podemos saber si antes de la ruptura la protagonista también era una chica callada con una actitud más bien distante hacia su familia y amigos. Pero creo que en esa necesidad de estar sola, de pasear sin nadie a su lado o de lidiar con lo que le pasa sin llorar en el regazo de nadie se atisban rasgos de una persona entera… y muy real, porque por mucho que estemos acostumbrados al drama exagerado en las ficciones, también hay gente de emociones más contenidas en el mundo real.

No es en lo único en lo que Berrio parece alejarse deliberadamente de los clichés. Siete sitios sin ti nos lleva a través de sus siete capítulos —cada uno, efectivamente, ambientado en un sitio diferente—, con un ritmo medidísimo, como es costumbre en el autor, y nos descubre a una Elena que no está pasando por su mejor momento, pero tampoco está hundida. No necesita que un nuevo interés romántico la salve de la ruptura. El amigo pesado que intenta tirarle la caña se lleva un corte tras otro, y en ningún momento da la sensación de que pueda ceder a los intentos de reconciliación de Jorge —incluso tras su última noche juntos, un capítulo contado con una sensibilidad extrema por parte de Berrio—. No, no encontramos la típica historia en la que el amor verdadero cura el desamor, sino que, más bien, si existe algún mensaje es que no es ningún drama romper, al final. La vida sigue y no pasa nada porque Elena esté sola: superar su ruptura no pasa por encontrar a otro hombre, sino por conocerse mejor a sí misma. Al menos, es la interpretación que hago yo: la obra, en realidad, se sitúa siempre en un terreno poético y ambiguo, en el que Berrio se mueve muy a gusto y deja mucho espacio para el lector.

Cada trabajo de Berrio suele ser diferente al anterior, pero siempre supone una buena noticia. Tras Kiosco (Dibbuks, 2014), Piso el barro, barro el piso (Autoedición, 2015) y Te quiero (Impedimenta, 2017), Siete sitios sin ti confirma que Juan Berrio está en el mejor momento de su carrera.

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